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Las voladoras - Mónica Ojeda

¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo? Si uno murmura es porque teme o porque se avergüenza, pero yo no temo. Yo no me avergüenzo. Son otros los que sienten que tengo que bajar la voz, achicarla, convertirla en un topo que desciende, que avanza hacia abajo cuando lo que quiero es ir hacia arriba, ¿sabe?, como una nube. O un globo. O las voladoras. ¿A usted le gustan los globos? A mí me encantan, sobre todo los que mamá ata a los árboles para espantar a los animales del bosque. A las voladoras no les gustan los globos y siempre los revientan. Hacen ¡bam!, y con eso yo ya sé que son ellas. Mamá les grita mucho: les lanza zapatos, les lanza tenedores. Pero las voladoras son rápidas y lo esquivan todo. Esquivan los cascos de los caballos de papá. Esquivan los balidos de las cabras. Yo he llorado mucho por esto, y si ya no lo hago es porque me dan miedo las abejas que se prenden de mis pestañas. Si quiere que se lo explique bien, míreme. En mi cara está toda la verdad, la que no tiene...
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Nada de carne sobre nosotras - Mariana Enriquez

La vi cuando estaba a punto de cruzar la avenida. Estaba entre un montón de basura, abandonada sobre las raíces de un árbol. Los estudiantes de Odontología, pensé, esa gente desalmada y estúpida, esa gente que sólo piensa en el dinero, empapada de mal gusto y sadismo. La levanté con las dos manos por si se desarmaba. A la calavera le faltaban la mandíbula y la totalidad de los dientes, mutilación que me confirmó el accionar de los protodontólogos. Revisé alrededor del árbol, entre los residuos. No encontré la dentadura. Qué pena, pensé, y fui hasta mi departamento, apenas a doscientos metros, con la calavera entre las manos, como si caminara hacia una ceremonia pagana del bosque. La puse sobre la mesa del living . Era pequeña. ¿La calavera de un niño? Lo ignoro todo sobre anatomía y temas óseos. Por ejemplo: no entiendo por qué las calaveras no tienen nariz. Cuando me toco la cara, siento la nariz pegada a mi calavera. ¿Acaso la nariz es cartílago? No creo, aunque es verdad que dicen q...

Hicieron de mí - Laia Jufresa

A mis nueve años, dos posesiones hacían de mí una persona especial. Lo primero era el caballo. Me lo habían regalado dos veranos atrás, con la advertencia de que sólo podría montarlo al cumplir los diez. Pero era mío. Desde el primer día era mío y de nadie más. De haber querido, yo mismo lo hubiera nombrado, sólo que nunca encontré cómo ponerle y cada quien lo llamó como le vino en gana. Mis hermanas le decían “el burro”, obviando su envidia, y mis padres, en homenaje a su amor por lo tautológico, le decían "el negro". Sólo Roberto respetó mi decisión llamando siempre al caballo por su nombre inexistente.Entre otras muchas tareas, Roberto tenía a su cargo el aseo y cuidado del caballo. Era un experto. El día que llegó el animal él, temerario, le abrió la boca y echó un vistazo. Concluyó: no tiene ni dos años. ¿Cómo sabes?, pregunté. Le faltan dientes de leche, me dijo. Roberto era albino y por eso no trabajaba en el campo como sus hermanos. Más allá del tono de su pelo y piel...