Lisandro Pozo y el campo han sido amigos de siempre. Existe una profunda y clara compenetración entre ellos, que no precisa de palabras para manifestarse. Lisandro “siente” la tierra. La besa con los ojos y con los pies. Cada surco, cada repliegue, cada yuyito humilde que crece condecorando el seno pardo con su crucecilla de oro, le son familiares y constituyen el alfabeto de su devoción. El hombre tiene cuidados maternales para esta hija grandota que se despierta por las mañanas arrebujada en su pañuelo gris de neblina y que por las tardes precisa de un tintineo de grillos para dormir en paz. A Lisandro la tierra le parece una amante a la que guarda fidelidad. Siente un placer callado y hondo en abrir las represas del canal, para que el agua, cantando, extienda su amorosa lengua por sobre los terrones resecos. Y en los atardeceres, cuando el cielo es un gran zafiro pálido, él mira con no sabe qué íntimo gozo el temblor de la estrella primera en los espejos frágiles que hay diseminados...
Beatriz decidió morir. Compraría —eran sus últimos trescientos pesos— un boleto de avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima. Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia. Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexi...