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El llamado - Horacio Quiroga

Yo estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe. —Vale la pena —me dijo el médico a quien había ido a visitar— que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual. La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando. No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en m...
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Tierra ajena - Óscar Castro

Lisandro Pozo y el campo han sido amigos de siempre. Existe una profunda y clara compenetración entre ellos, que no precisa de palabras para manifestarse. Lisandro “siente” la tierra. La besa con los ojos y con los pies. Cada surco, cada repliegue, cada yuyito humilde que crece condecorando el seno pardo con su crucecilla de oro, le son familiares y constituyen el alfabeto de su devoción. El hombre tiene cuidados maternales para esta hija grandota que se despierta por las mañanas arrebujada en su pañuelo gris de neblina y que por las tardes precisa de un tintineo de grillos para dormir en paz. A Lisandro la tierra le parece una amante a la que guarda fidelidad. Siente un placer callado y hondo en abrir las represas del canal, para que el agua, cantando, extienda su amorosa lengua por sobre los terrones resecos. Y en los atardeceres, cuando el cielo es un gran zafiro pálido, él mira con no sabe qué íntimo gozo el temblor de la estrella primera en los espejos frágiles que hay diseminados...

No moriré del todo - Guadalupe Dueñas

Beatriz decidió morir. Compraría —eran sus últimos trescientos pesos— un boleto de avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima. Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia. Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexi...