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Hicieron de mí - Laia Jufresa

A mis nueve años, dos posesiones hacían de mí una persona especial. Lo primero era el caballo. Me lo habían regalado dos veranos atrás, con la advertencia de que sólo podría montarlo al cumplir los diez. Pero era mío. Desde el primer día era mío y de nadie más. De haber querido, yo mismo lo hubiera nombrado, sólo que nunca encontré cómo ponerle y cada quien lo llamó como le vino en gana. Mis hermanas le decían “el burro”, obviando su envidia, y mis padres, en homenaje a su amor por lo tautológico, le decían "el negro". Sólo Roberto respetó mi decisión llamando siempre al caballo por su nombre inexistente.Entre otras muchas tareas, Roberto tenía a su cargo el aseo y cuidado del caballo. Era un experto. El día que llegó el animal él, temerario, le abrió la boca y echó un vistazo. Concluyó: no tiene ni dos años. ¿Cómo sabes?, pregunté. Le faltan dientes de leche, me dijo. Roberto era albino y por eso no trabajaba en el campo como sus hermanos. Más allá del tono de su pelo y piel...
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La muerta - Carmen Laforet

El señor Paco no era un sentimental. Era un buen hombre al que le gustaba beber, en compañía de amigos, algunos traguitos de vino al salir del trabajo y que solo se emborrachaba en las fiestas grandes, cuando había motivo para ello. Era alegre, con una cara fea y simpática. Debajo de la boina le asomaban unos cabellos blancos, y sobre la bufanda una nariz redonda y colorada. Al entrar en la casa esta nariz quedó un momento en suspenso, en actitud de olfatear, mientras el señor Paco, que se acababa de quitar la bufanda, abría la boca, con cierto asombro. Luego reaccionó. Se quitó el abrigo viejo, en una de las mangas le habían cosido sus hijas una tira negra de luto, y lo colgó en el perchero que adornaba el pasillo desde hacía treinta años. El señor Paco se frotó las manos, y luego hizo algo totalmente fuera de sus costumbres. Suspiró profundamente. Había sentido a su muerta. La había sentido, allí, en el calado corredor de la casa, en el rayo de sol que por el ventanuco se colaba hast...

El vendedor de estatuas - Silvina Ocampo

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado. En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos. Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aún el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el ...