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Entradas

A imagen y semejanza - Mario Benedetti

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. L...
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El hombre que aprendió a ladrar - Mario Benedetti

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse? Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan ...

La acusación - José Revueltas

Un mismo ruido como el de hoy, con rabia, resignado y seco, que no quería dejarse advertir, silencioso y con la misma fragancia hiriente de yerba, de veneno vegetal y animal, de atmósfera limitada entre la vida absoluta y difícil, y la ausencia y la muerte increíbles. Tan así que a veinte pasos, o desde la loma o la casa última, no era nada, ni movimiento, ni espectáculo, ni suceder, sino quietud, silencio mudo, inaudible existencia. Más tomado desde el solitario corazón terrenal, desde el corazón final de uno, era todo eso lleno de espanto y maravilla, todo eso ruidosamente sordo, clarividente y negro. Quiso rezar, como ocurre, pero la presencia de la muerte impidió la llegada de sus pensamientos y que estos desenvolviéranse en busca de Dios. Entonces se abandonó a sí mismo, sin fuerzas ya para el combate. —¡Cristo —le habían dicho—, vente a tomar una copa! —¡Cómo no! —repuso Cristóbal a los dos hombres que el pueblo había comisionado para que le dieran muerte. El mismo ruido siniestr...