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Entradas

Licantropía - Enrique Anderson Imbert

Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. Sólo entonces advertí que tenía al frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada menos que al banquero que vive en el departamento contiguo al mío. Me sonrió (“¡qué dientes!”, diría Caperucita Roja) y supongo que yo también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez, después de felicitarme por el cuento fantástico que publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una tarjeta: Rómulo Genovesi, doctor en ciencias económicas y me ofreció sus servicios en caso de que y...
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Mujeres desesperadas - Samanta Schweblin

Al asomarse a la ruta, Felicidad comprende su destino. Él no la ha esperado y, como si el pasado fuese tangible, ella cree ver en el horizonte el débil reflejo rojizo de las luces traseras del auto. En la oscuridad llana del campo sólo hay desilusión y un vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no debió haber demorado tanto, que quizá las cosas debieron haber sucedido más rápido. Le resulta extraño encontrarse allí, quitando del bordado del vestido granitos de arroz, sin nada más que el campo, la ruta y, junto a la ruta, un baño de mujeres. Pasa un tiempo en el que Felicidad logra desprenderse de todos los granitos de arroz. No llora todavía, sino que, absorta en un shock de abandono, corrige los pliegues del vestido, analiza sus uñas, y contempla, como quien espera el regreso, la ruta por la que él se ha alejado. —No vuelven —dice Nené, y Felicidad grita espantada por el susto como si esa mujer que ahora la mira fuese un espectro maligno. —La...

Un clavito en el aire - Efrén Hernández

Lo barato cuesta caro —no de pronto, sino andando el tiempo. Y la puerta es de palo barato. Con las lluvias se hinchaba, y cuando pasó el tiempo de aguas, al día siguiente de la postrera lluvia, el calor, cortés, estuvo a despedirse de nosotros. La temperatura, semejante al amigo que parte, y que al partir, con un abrazo nos quiebra una costilla, apretó mucho y quebró nuestro espíritu, rajó la puerta y reventó el termómetro. Otrosí dejó encargado al gallo que nos desease buenas noches. Este se trepó a la barda y con una voz clara nos lo dio a conocer. Luego enfriaron los aires —ya de noche— y corroborose nuestro espíritu; mas la puerta quedó con su rendija y va ser necesario comprar otro termómetro. Lo barato, Severo mío, lo barato cuesta caro. Piénsalo detenidamente. ¿Me oyes?, detenidamente. No se trata de una paradoja bizantina, de una discusión santotomista, de aquellas que para desarrollar nuestras incipientes vocaciones dialécticas solían proponemos en el seminario: Lo barato...