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Entradas

El parque hondo - José Emilio Pacheco

Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil. De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda. De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque. —Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador. La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños. En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florenci...
Entradas recientes

La cita - Claudia Guillén

Los pasos rápidos y continuos de María Elena parecían intercalarse con sus pensamientos cortos y contundentes. La calle, casi solitaria, le daba la oportunidad para no observar nada con detenimiento y así concentrarse aún más en su dolor de muela y esas angustias que atormentaban su mente con la fuerza de un puñetazo repetido. Sólo por un instante hizo a un lado las ideas que la afligían, para dirigir la vista a un camión recolector de basura donde unos hombres vaciaban cajas de cartón que despedían olores pútridos. Después de que las dejaron en el piso, una banda de perros callejeros las olisquearon indiscriminadamente, deseosos de encontrar en ellas algo con qué alimentar sus cuerpos famélicos. Así se sentía María Elena: desesperada, hurgando en sus imágenes mentales alguna que le trajera algo de sosiego. Fue inútil. No hallaba un resquicio de paz. Tenía un recuerdo difuso de cuándo había empezado a coleccionar sus fobias, y trató de ordenarlo. De niña no temía a los juegos rudos; er...

La muerte de los Arango - José María Arguedas

Contaron que habían visto al tifus, vadeando el río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros. A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños puentes. Soldados enviados porla Subprefectura incendiaron el pueblo de Sayla, vacío ya, y con algunos cadáveres descomponiéndose en las casas abandonadas. Sayla fue un pueblo de cabreros y sus tierras secas sólo producían calabazas y arbustos de flores y hojas amargas. Entonces yo era un párvulo y aprendía a leer en la escuela. Los pequeños deletreábamos a gritos en el corredor soleado y alegre que daba a la plaza. Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el día en el salón oscuro y frío de la escuela. Los indios cargaban a los muertos en unos féretros toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobre...