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La acusación - José Revueltas

Un mismo ruido como el de hoy, con rabia, resignado y seco, que no quería dejarse advertir, silencioso y con la misma fragancia hiriente de yerba, de veneno vegetal y animal, de atmósfera limitada entre la vida absoluta y difícil, y la ausencia y la muerte increíbles. Tan así que a veinte pasos, o desde la loma o la casa última, no era nada, ni movimiento, ni espectáculo, ni suceder, sino quietud, silencio mudo, inaudible existencia. Más tomado desde el solitario corazón terrenal, desde el corazón final de uno, era todo eso lleno de espanto y maravilla, todo eso ruidosamente sordo, clarividente y negro. Quiso rezar, como ocurre, pero la presencia de la muerte impidió la llegada de sus pensamientos y que estos desenvolviéranse en busca de Dios. Entonces se abandonó a sí mismo, sin fuerzas ya para el combate. —¡Cristo —le habían dicho—, vente a tomar una copa! —¡Cómo no! —repuso Cristóbal a los dos hombres que el pueblo había comisionado para que le dieran muerte. El mismo ruido siniestr...
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El llamado - Horacio Quiroga

Yo estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe. —Vale la pena —me dijo el médico a quien había ido a visitar— que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual. La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando. No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en m...

Tierra ajena - Óscar Castro

Lisandro Pozo y el campo han sido amigos de siempre. Existe una profunda y clara compenetración entre ellos, que no precisa de palabras para manifestarse. Lisandro “siente” la tierra. La besa con los ojos y con los pies. Cada surco, cada repliegue, cada yuyito humilde que crece condecorando el seno pardo con su crucecilla de oro, le son familiares y constituyen el alfabeto de su devoción. El hombre tiene cuidados maternales para esta hija grandota que se despierta por las mañanas arrebujada en su pañuelo gris de neblina y que por las tardes precisa de un tintineo de grillos para dormir en paz. A Lisandro la tierra le parece una amante a la que guarda fidelidad. Siente un placer callado y hondo en abrir las represas del canal, para que el agua, cantando, extienda su amorosa lengua por sobre los terrones resecos. Y en los atardeceres, cuando el cielo es un gran zafiro pálido, él mira con no sabe qué íntimo gozo el temblor de la estrella primera en los espejos frágiles que hay diseminados...