El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ...
El acusado conservaba toda su tranquilidad. Las gentes sencillas encontraban una prueba de su inocencia; los jurados la actitud de un criminal consumado. La causa promovía ese interés novelesco de los asesinatos cuyo origen es el amor. Las gradas estaban casi llenas, los debates duraban desde días antes y en realidad nada claro ni definitivo podía concluirse. El agente del Ministerio Público, un señor grueso, rojo, sudando a cada momento, hablaba, y con su voz fuerte llenaba la sala de un tono declamatorio, rehacía los hechos, pintaba lóbregamente lo negro de la historia, atraía las simpatías sobre la víctima y el odio sobre el acusado. —Un joven —decía— que a la edad de las ambiciones nobles y los ideales hermosos sepulta un puñal en el pecho de la mujer amada, no puede vivir en el seno de una sociedad culta; el ánimo se subleva al pensar en el porvenir de esta mil veces infame alma; si a los veinticuatro años asesina a la amada, ¿qué no hará, qué no será capaz de hacer más tarde, señ...