La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte solo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba. Su método era aud...
¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía. No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es ...