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Un clavito en el aire - Efrén Hernández

Lo barato cuesta caro —no de pronto, sino andando el tiempo. Y la puerta es de palo barato. Con las lluvias se hinchaba, y cuando pasó el tiempo de aguas, al día siguiente de la postrera lluvia, el calor, cortés, estuvo a despedirse de nosotros. La temperatura, semejante al amigo que parte, y que al partir, con un abrazo nos quiebra una costilla, apretó mucho y quebró nuestro espíritu, rajó la puerta y reventó el termómetro. Otrosí dejó encargado al gallo que nos desease buenas noches. Este se trepó a la barda y con una voz clara nos lo dio a conocer. Luego enfriaron los aires —ya de noche— y corroborose nuestro espíritu; mas la puerta quedó con su rendija y va ser necesario comprar otro termómetro. Lo barato, Severo mío, lo barato cuesta caro. Piénsalo detenidamente. ¿Me oyes?, detenidamente. No se trata de una paradoja bizantina, de una discusión santotomista, de aquellas que para desarrollar nuestras incipientes vocaciones dialécticas solían proponemos en el seminario: Lo barato...
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Nadie encendía las lámparas - Felisberto Hernández

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la v...

El parque hondo - José Emilio Pacheco

Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil. De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda. De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque. —Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador. La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños. En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florenc...