Pasó su décimo cumpleaños en el pueblo de su madre. Todas las vacaciones volvían a ese pueblo de la selva donde no había autos sino motos que daban vueltas alrededor de la plaza e insectos gigantes que se achicharraban en los postes de luz. Su padre compraba mara para llevar a la ciudad y hacer con ella muebles laqueados: con el tiempo había más madereros en la selva y menos árboles de mara, y más muebles laqueados con cabezas de cisne en las casas elegantes. A Ofelia le gustaba el pueblo porque la dejaban jugar con los niños del barrio hasta pasada la medianoche. Casi todos los niños andaban también en moto, como una pandilla de pequeños repartidores de pizza. En el único cine proyectaban películas de samuráis, y en la plaza había una heladería donde compraban helados de frutas de nombres misteriosos y sonoros: motojobobo, cacharana, pitanga, ocoró, asaí… El día de su cumpleaños sus padres la llevaron a comer a El Palacio del Dragón, el único restaurante chino de la zona. Del techo co...
Ulises es un chipe cabeza negra, un pájaro amarillo con las alas ralladas, y, como bien indica el nombre, cabeza obscura. Cada año, cuando llega el otoño, Ulises visita mi jardín y me tiene como tonta hasta la llegada de la primavera, buscándolo en todos los árboles, intentando inútilmente sacarle fotos con mi pésima cámara y mis pies de elefante que al final siempre lo asustan. Pocos temas hay tan anticuados como el de las aves migratorias, metáfora del paso de las estaciones, del eterno retorno. El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La hi...