¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía. No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es ...
Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá. Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la cas...