Ir al contenido principal

Entradas

La compasión - Horacio Quiroga

Cuando Enriqueta se desmayó, mi madre y hermanas se asustaron más de lo preciso. Yo entraba poco después, y al sentir mis pasos en el patio, corrieron demudadas a mí. Costóme algo enterarme cumplidamente de lo que había pasado, pues todas hablaban a la vez, iniciando entre exclamaciones bruscas carreras de un lado a otro. Al fin, supe que momentos antes habían sentido un ruido sordo en la sala, mientras el piano cesaba de golpe. Corrieron allá, encontrando a Enriqueta desvanecida sobre la alfombra.  La llevamos a su cama y le desprendimos el corsé, sin que recobrara el conocimiento. Para calmar a mamá, tuve que correr yo mismo en busca del médico. Cuando llegamos, Enriqueta acababa de volver en sí y estaba llorando entre dos almohadas. Como preveía, no era nada serio: un simple desmayo provocado por las digestiones anormales a que la someten los absurdos regímenes que se crea. Diez minutos después no sentía ya nada.  Mientras se preparaba el café, pues por lo menos merecía est...
Entradas recientes

La cautiva - José Emilio Pacheco

A las seis de la mañana un sacudimiento pareció arrancar de cuajo al pueblo entero. Salimos a la calle con miedo de que los techos se desplomaran sobre nosotros. Luego temimos que el suelo se abriera para devorarnos. Calmado el temblor, nuestras madres seguían rezando. Algunos juraban que el sismo iba a repetirse con mayor fuerza. Bajo tanta zozobra, creímos, no iban a enviarnos a la escuela. Entramos dos horas tarde y en realidad no hubo clases: nos limitamos a intercambiar experiencias. —En pleno 1934 —dijo el profesor— ustedes no pueden creer en las supersticiones que atemorizan a sus mayores. Lo que pasó esta mañana no es un castigo divino. Se trata de un fenómeno natural, un acomodo de las capas terrestres. El terremoto nos ha permitido apreciar la superioridad de lo moderno sobre lo antiguo. Como pueden ver, los más dañados son los edificios coloniales. En cambio los modernos resistieron la prueba. Repetimos su explicación ante nuestros padres. La consideraron una...

Ojos que no ven - Camila González Giovinazzo

Éstas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles. Rodolfo Walsh Sé que los días pasan gracias a la luz que se cuela por la ventanita que está en lo alto de la pared, al borde del techo. Observar el juego de la luz al ingresar se ha vuelto una tarea casi hipnótica para mí. Llevo una nota mental de cómo la traspasa, de sus pigmentaciones y de sus sombras. Nunca antes le había prestado demasiada atención, pero ahora ya soy toda una experta. He medido cómo varía, un poco todos los días, y sé que mañana será diferente. Ésa es mi única certeza, pero certeza al fin. Sucede que allá afuera la vida sigue, a pesar de todo, y la variación de la claridad es una prueba de ello. Por la mañana ingresa tenue, apenas sombrea mi catre. Hacia el mediodía comienza a ca...