Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado. En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos. Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aún el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el ...
Todos debían hallarse dormidos en la casa, menos María Fernanda, que velaba, aunque se había acostado temprano con la intención de descansar un poco antes de que él llegara. Cuando él iba a visitarla tenía la costumbre de hacerlo al filo de la medianoche. Antes de ese momento ella habría podido, pues, dormir una o dos horas. Pero no había pegado los ojos a causa de su inquietud. Siempre le ocurría igual. Deseaba que él entrara, saltara rápidamente por la ventana que ella le acababa de abrir y se arrojara en sus brazos; pero, al mismo tiempo, nada en el mundo era más temible que eso. Cuando él se hallaba en la habitación, el aspecto de las cosas cambiaba. Parecía que su presencia encendía una gran luz y que ella veía claramente lo que debía hacer. Luego se marchaba y ella quedaba ofuscada, débil y entontecida, como una persona que ha sido encandilada. En la habitación permanecían los muebles que conocía tan bien: la lámpara con sus tres brazos, las sillas desordenadas, los pomos del...