Ulises es un chipe cabeza negra, un pájaro amarillo con las alas ralladas, y, como bien indica el nombre, cabeza obscura. Cada año, cuando llega el otoño, Ulises visita mi jardín y me tiene como tonta hasta la llegada de la primavera, buscándolo en todos los árboles, intentando inútilmente sacarle fotos con mi pésima cámara y mis pies de elefante que al final siempre lo asustan. Pocos temas hay tan anticuados como el de las aves migratorias, metáfora del paso de las estaciones, del eterno retorno. El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La hi...
¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo? Si uno murmura es porque teme o porque se avergüenza, pero yo no temo. Yo no me avergüenzo. Son otros los que sienten que tengo que bajar la voz, achicarla, convertirla en un topo que desciende, que avanza hacia abajo cuando lo que quiero es ir hacia arriba, ¿sabe?, como una nube. O un globo. O las voladoras. ¿A usted le gustan los globos? A mí me encantan, sobre todo los que mamá ata a los árboles para espantar a los animales del bosque. A las voladoras no les gustan los globos y siempre los revientan. Hacen ¡bam!, y con eso yo ya sé que son ellas. Mamá les grita mucho: les lanza zapatos, les lanza tenedores. Pero las voladoras son rápidas y lo esquivan todo. Esquivan los cascos de los caballos de papá. Esquivan los balidos de las cabras. Yo he llorado mucho por esto, y si ya no lo hago es porque me dan miedo las abejas que se prenden de mis pestañas. Si quiere que se lo explique bien, míreme. En mi cara está toda la verdad, la que no tiene...