Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá. Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la cas...
A veces nos detenemos en la orilla de la eternidad sin saberlo. A mí me sucedió una madrugada lluviosa en una cafetería. Debían ser más de las tres de la mañana. Había llegado ahí por casualidad, ya que nunca acudía a esos deprimentes restaurantes que permanecían abiertos durante toda la noche, de muebles tapizados en colores exaltados y potentes luces dispuestas ahí para espantar vampiros y turbias intenciones. Esos lugares, frecuentados por ancianas que padecen insomnio, empleados que tratan de bajarse la borrachera a golpes de café, grupos de Alcohólicos Anónimos o muchachos que comienzan a descubrir los misterios de la noche, siempre me habían provocado una sensación de soledad sórdida y sin escapatoria. Sin embargo, aquella noche llovía estrepitosamente sobre la ciudad y venía llegando de un viaje largo y muy cansado, así que resolví detenerme a tomar algo caliente antes de llegar a casa. Al cabo de unos minutos, mientras escuchaba el tintineo de las cucharas, las voces de los com...