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Nadie encendía las lámparas - Felisberto Hernández

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la v...
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El parque hondo - José Emilio Pacheco

Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil. De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda. De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque. —Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador. La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños. En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florenc...

La cita - Claudia Guillén

Los pasos rápidos y continuos de María Elena parecían intercalarse con sus pensamientos cortos y contundentes. La calle, casi solitaria, le daba la oportunidad para no observar nada con detenimiento y así concentrarse aún más en su dolor de muela y esas angustias que atormentaban su mente con la fuerza de un puñetazo repetido. Sólo por un instante hizo a un lado las ideas que la afligían, para dirigir la vista a un camión recolector de basura donde unos hombres vaciaban cajas de cartón que despedían olores pútridos. Después de que las dejaron en el piso, una banda de perros callejeros las olisquearon indiscriminadamente, deseosos de encontrar en ellas algo con qué alimentar sus cuerpos famélicos. Así se sentía María Elena: desesperada, hurgando en sus imágenes mentales alguna que le trajera algo de sosiego. Fue inútil. No hallaba un resquicio de paz. Tenía un recuerdo difuso de cuándo había empezado a coleccionar sus fobias, y trató de ordenarlo. De niña no temía a los juegos rudos; er...