Todo un mundo de estrellas constelaba mi cabeza en los momentos en que comencé a penetrar en mi pobre barrio. Mi pobre y admirable barrio. Caserío sin buenas luces, pero desde cuyo corazón podía mirarse mejor el cielo que parecía apuntalado por la veterana gallardía de algunos álamos y eucaliptos. —¡Tan tarde que vienes, m’hijo! Mi madre estaba en la puerta de la casa, y me besó la frente. —Don Tito quiso que trabajara un poco más —dije simplemente. —Vienes helado… m’hijo… —Sí… Hace un poco de frío. —¡Tan avanzado que está el invierno, y todavía no tienes abrigo! —se dolió mi madre. No dije nada. Me encaminé al fondo del patio a mojarme las manos. Me ardían como si me las hubiesen desollado. Saltó de la llave del agua el chorro benefactor. Mi madre habíame seguido. —¡Otra vez con las manos deshechas, Enrique, por Dios! —Si no es nada, mamá… —¿Cómo nada, Enrique? … ¿A ver? Me cogió de un brazo para llevarme al comedorcillo, alumbrado ya por la escasa luz de la lámpara a parafina. Me esc...