Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Argentina

Ojos que no ven - Camila González Giovinazzo

Éstas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles. Rodolfo Walsh Sé que los días pasan gracias a la luz que se cuela por la ventanita que está en lo alto de la pared, al borde del techo. Observar el juego de la luz al ingresar se ha vuelto una tarea casi hipnótica para mí. Llevo una nota mental de cómo la traspasa, de sus pigmentaciones y de sus sombras. Nunca antes le había prestado demasiada atención, pero ahora ya soy toda una experta. He medido cómo varía, un poco todos los días, y sé que mañana será diferente. Ésa es mi única certeza, pero certeza al fin. Sucede que allá afuera la vida sigue, a pesar de todo, y la variación de la claridad es una prueba de ello. Por la mañana ingresa tenue, apenas sombrea mi catre. Hacia el mediodía comienza a ca...

Malva - Silvina Ocampo

Era preciosa, pero de improviso se volvía fea. Sus enormes ojos, sin perder el brillo afiebrado, podían achicarse; su boca sin labios también. La recuerdo en un casamiento rodeada de flores el día que la conocí. ¡Pobre Malva López! Como en las cabinas de transmisiones, en las paredes de su dormitorio había corcho; como en las ciudades muy frías, géneros rellenos de guata; como en los cuartos de juguetes para niños, colores celestes por todas partes. De igual modo, los picaflores instintivamente hacen sus nidos con el algodón del palo borracho, que aísla los ruidos, con flores de tilo que son sedantes, con pétalos de jazmines del cielo que son celestes. Yo sé que tomaba en lugar de té agua de azahar y en lugar de aspirina, Sedobrol, que ya pasó de moda. No parecía, sin embargo, nerviosa. Cuando pienso en esta historia, creo que soñé, pero la prueba de que no sueño está en los comentarios y chismes que oí a mi alrededor. La primera vez que Malva mostró su desmedido grado de impaciencia f...

Nada de carne sobre nosotras - Mariana Enriquez

La vi cuando estaba a punto de cruzar la avenida. Estaba entre un montón de basura, abandonada sobre las raíces de un árbol. Los estudiantes de Odontología, pensé, esa gente desalmada y estúpida, esa gente que sólo piensa en el dinero, empapada de mal gusto y sadismo. La levanté con las dos manos por si se desarmaba. A la calavera le faltaban la mandíbula y la totalidad de los dientes, mutilación que me confirmó el accionar de los protodontólogos. Revisé alrededor del árbol, entre los residuos. No encontré la dentadura. Qué pena, pensé, y fui hasta mi departamento, apenas a doscientos metros, con la calavera entre las manos, como si caminara hacia una ceremonia pagana del bosque. La puse sobre la mesa del living . Era pequeña. ¿La calavera de un niño? Lo ignoro todo sobre anatomía y temas óseos. Por ejemplo: no entiendo por qué las calaveras no tienen nariz. Cuando me toco la cara, siento la nariz pegada a mi calavera. ¿Acaso la nariz es cartílago? No creo, aunque es verdad que dicen q...

El vendedor de estatuas - Silvina Ocampo

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado. En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos. Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aún el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el ...

Licantropía - Enrique Anderson Imbert

Me trepé al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches. ¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer sobre el asiento. Sólo entonces advertí que tenía al frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada menos que al banquero que vive en el departamento contiguo al mío. Me sonrió (“¡qué dientes!”, diría Caperucita Roja) y supongo que yo también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez, después de felicitarme por el cuento fantástico que publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una tarjeta: Rómulo Genovesi, doctor en ciencias económicas y me ofreció sus servicios en caso de que y...

Mujeres desesperadas - Samanta Schweblin

Al asomarse a la ruta, Felicidad comprende su destino. Él no la ha esperado y, como si el pasado fuese tangible, ella cree ver en el horizonte el débil reflejo rojizo de las luces traseras del auto. En la oscuridad llana del campo sólo hay desilusión y un vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no debió haber demorado tanto, que quizá las cosas debieron haber sucedido más rápido. Le resulta extraño encontrarse allí, quitando del bordado del vestido granitos de arroz, sin nada más que el campo, la ruta y, junto a la ruta, un baño de mujeres. Pasa un tiempo en el que Felicidad logra desprenderse de todos los granitos de arroz. No llora todavía, sino que, absorta en un shock de abandono, corrige los pliegues del vestido, analiza sus uñas, y contempla, como quien espera el regreso, la ruta por la que él se ha alejado. —No vuelven —dice Nené, y Felicidad grita espantada por el susto como si esa mujer que ahora la mira fuese un espectro maligno. —La...

El desentierro de la angelita - Mariana Enríquez

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hasta tapar el ruido de las gotas y el viento —el techo de su casa era de chapa—; y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quien pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow. Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía excavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. ...

La medida de las cosas - Samanta Schweblin

De Enrique Duvel sabía que era rico por herencia y que, aunque a veces se lo veía con alguna mujer, todavía vivía con la madre. Los domingos daba vueltas a la plaza en su auto descapotable, concentrado en sí mismo, sin mirar ni saludar a ningún vecino, y así desaparecía hasta el fin de semana siguiente. Yo tenía la juguetería que había heredado de mi padre, y un día lo sorprendí en la calle, mirando con recelo la vidriera de mi negocio. Se lo comenté a Mirta, mi mujer, que dijo que quizá yo lo había confundido con otra persona. Pero después ella misma lo vio. Se detenía algunas tardes frente a la juguetería y miraba la vidriera un rato. La primera vez que entró lo hizo sin la menor convicción, como avergonzado y no muy seguro de lo que buscaba. Se acercó hasta el mostrador y revisó desde ahí las estanterías. Esperé a que hablara. Jugó un momento con el llavero del auto y al fin pidió el modelo de un avión a escala para armar. Le pregunté si quería que se lo envolviera para regalo, pero...

El escuerzo - Leopoldo Lugones

Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, me di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas. Tenía horror a los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así es que el pequeño y entonado batracio no tardó en sucumbir a los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semicampestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Además, la casa está situada cerca de un arroyo que cruza por la ciudad, lo cual contribuía a aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales reptiles. Entro en estos detalles, para que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fui a preguntar por ella a la vieja criada, confidente mía en las primeras empresas de cazador. Tenía yo ocho años y ella...