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Mostrando las entradas etiquetadas como Teresa Wilms Montt

¿Quién eres? - Teresa Wilms Montt

Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad. Después de mucho caminar y maldije la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las piedras. Libre de inquietudes, suspirando de bienestar, despojeme de mis atavíos, —ridículos atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo paseo campestre. No lejos ranas, sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en la sombra, zafiros y esmeraldas. ...

Caperucita roja - Teresa Wilms Montt

¡Caperucita Roja! ¡Pobre muñeca rubia, cuya historia tanto hemos escuchado sin penetrar nunca la tragedia de su alma de flor! Como ustedes saben, Caperucita era buena, pero curiosa. Amó demasiado la plática del lobo en la soledad del bosque, olvidando los buenos consejos de su madre. ¡Era tan melifluo el ladino lobo! Sabía mirar tan hondo con sus ojos encendidos como ascuas. Caperucita no pudo escapar de esa red hábilmente entretejida de sutiles encantos, y murió, triturado el corazón entre los dientes de aguja… ¡Pobre Caperucita Roja, frágil cosita de sueño! ¡Con qué pena debemos llorar la muerte de tu alma de flor! En un país cuyo nombre no recuerdo —de esto hace mucho tiempo— vivía una señora viuda que poseía, como inmenso y único tesoro, una hija. Era la niña tan linda, tan blanca, tan rubia, tan suave, cual rayo de sol, cual copo de nieve; era ángel humano cuya carne fuese hecha de raso y pétalos. La viuda adoraba a su hijita; ella correspondía a ese cariño con beata sumisión. Cap...