Lo barato cuesta caro —no de pronto, sino andando el tiempo. Y la puerta es de palo barato. Con las lluvias se hinchaba, y cuando pasó el tiempo de aguas, al día siguiente de la postrera lluvia, el calor, cortés, estuvo a despedirse de nosotros. La temperatura, semejante al amigo que parte, y que al partir, con un abrazo nos quiebra una costilla, apretó mucho y quebró nuestro espíritu, rajó la puerta y reventó el termómetro. Otrosí dejó encargado al gallo que nos desease buenas noches. Este se trepó a la barda y con una voz clara nos lo dio a conocer. Luego enfriaron los aires —ya de noche— y corroborose nuestro espíritu; mas la puerta quedó con su rendija y va ser necesario comprar otro termómetro. Lo barato, Severo mío, lo barato cuesta caro. Piénsalo detenidamente. ¿Me oyes?, detenidamente. No se trata de una paradoja bizantina, de una discusión santotomista, de aquellas que para desarrollar nuestras incipientes vocaciones dialécticas solían proponemos en el seminario: Lo barato...