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El fantasma - Elisa Mújica

Todos debían hallarse dormidos en la casa, menos María Fernanda, que velaba, aunque se había acostado temprano con la intención de descansar un poco antes de que él llegara. Cuando él iba a visitarla tenía la costumbre de hacerlo al filo de la medianoche. Antes de ese momento ella habría podido, pues, dormir una o dos horas. Pero no había pegado los ojos a causa de su inquietud. Siempre le ocurría igual. Deseaba que él entrara, saltara rápidamente por la ventana que ella le acababa de abrir y se arrojara en sus brazos; pero, al mismo tiempo, nada en el mundo era más temible que eso.

Cuando él se hallaba en la habitación, el aspecto de las cosas cambiaba. Parecía que su presencia encendía una gran luz y que ella veía claramente lo que debía hacer. Luego se marchaba y ella quedaba ofuscada, débil y entontecida, como una persona que ha sido encandilada. En la habitación permanecían los muebles que conocía tan bien: la lámpara con sus tres brazos, las sillas desordenadas, los pomos del tocador y los libros de la biblioteca, sobre la cual se encontraba un busto en mármol de Dante, que miraba desolado bajo su corona de laurel. Pero antes estaba él allí y cada cosa parecía vivir porque la miraba.

Si María Fernanda quería volver atrás la imaginación para recordar cómo ese hombre, al que conocía desde mucho tiempo antes y con el que no la había unido durante años más que una tranquila amistad, empezó a introducirse de noche en su casa, convirtiéndose en su amante, tenía que reconocer que ella misma era la culpable. Un día, cuando se hallaba con él y otros amigos, dijo en voz alta que aquella ventana de su habitación se encontraba casi a nivel del piso y que era muy fácil penetrar el jardín del chalet por la puerta de la verja, que no ofrecía resistencia a un simple empujón. Su voz sonaba inocente y sin doble intención, pero María Fernanda estaba segura de que él comprendía lo que insinuaba. Que lo hiciera, formaba parte de un pacto que nunca habían celebrado, pero que existía entre los dos y los convertía en aliados, pendiente cada uno de los movimientos del otro para armonizarse con ellos y presentar un frente común. Esa tarde él no le contestó nada, pero, a la noche, ella lo esperó por la primera vez. Cuando iban a dar las doce oyó en el vidrio de la ventana tres toques breves, rápidos, imperiosos. Y enseguida se levantó y abrió.

¿Por qué obraba en esa forma, ella, que era una hija de familia, de buenas costumbres? En su caso le inculcaron nociones muy claras sobre la virtud. Nunca había visto ningún mal ejemplo. Si su padre o su hermano le preguntaran el motivo que la inducía a abrir la ventana por la noche, María Fernanda seguramente tendría que permanecer muda y mordiéndose los labios. Tres meses antes le habían propuesto matrimonio. Se trataba de un hombre joven y de buena posición económica, quien le habló de marchar con él a vivir a otro país, donde había uvas y jardines que unas veces se hallaban cubiertos de hojas y pintados de colores, y otras, desnudos y con las ramas quemadas, porque era un país de estaciones. Allí vivirían sin lujo, que María Fernanda no deseaba porque lo consideraba incómodo, pero con orden y limpieza, y ella, al levantarse cada mañana, encontraría una mano que estrecharía la suya para comunicarle calor durante el resto del día. Pero María Fernanda sabía que si se casaba con él, lo vería siempre dando vueltas ávidas en torno suyo, porque necesitaba de la aprobación de otro para sentirse fuerte. Cuando iba de visita y se quedaban solos, se producían largos silencios. Ningún tema de conversación surgía espontáneamente entre ambos. María Fernanda debía escoger cada uno escrupulosamente en el fondo de su cabeza y aderezarlo con cuidado antes de exponerlo. Luego languidecía porque resultaba insípido. Cuando él le preguntó de nuevo si sería su esposa, ella le contestó que no se casaría nunca.

En cambio, con el amigo que se deslizaba dentro de su habitación como un fantasma, ¡cuánto le gustaba conversar! ¡Cuánto hablarían ambos si no fuera por el miedo de que los escucharan! Al revés de lo que sucedía con el otro, junto a este era ella la que tenía miedo, y necesitaba que él lo disipara con el sonido de su voz. La carga del miedo la oprimía constantemente. Temía perderlo, y por eso, delante de él frenaba sus deseos y nunca podía mostrarse exactamente como era. Para librarse, había llegado hasta querer que él no volviera a verla. Sin embargo, cuando lo decía con más vehemencia, se hallaba segura de que acudiría sin falta a la cita. Si tardaba, se arrojaba sobre la cama y se sentía desgraciada.

La lucha entre su miedo y su deseo terminaba por darle al último la victoria completa. Todo lo hacía para él, para el momento en que se hallaban juntos. Cuando se iba y ella se miraba al espejo, se alegraba del cuidado que había puesto en arreglarse, conservando una apariencia de desaliño. ¿Qué importaba que se tratara de un amor sin porvenir, que perdiera el tiempo, que después ni ella misma entendiera por qué lo había hecho? Antes de que empezara todo, ya sabían los dos qué ocurriría. En esos días no eran más que amigos de veras, pero, cuando estaban juntos, sentían el juego de sus manos que pugnaban solas por acercarse. Desde entonces no hicieron sino esperar que ese momento llegara.

Hacía mucho que el reloj de la iglesia había dado las doce y no se escuchaba el menor ruido en el jardín. Nunca había tardado tanto tiempo. Si no llegaba en ese momento, no iría. De la casa de María Fernanda a la de él existía un largo trecho que le llevaba bastante tiempo recorrer. Por eso escogieron las doce como la hora más conveniente para sus citas. Después se hacía demasiado tarde.

Debía habérsele presentado algún inconveniente. La culpa no sería de él y así se lo explicaría al otro día. ¿O sería su incumplimiento el primer síntoma de que empezaba a cansarse de ella? Siempre era lo mismo. Las mujeres debían estar preparadas para que eso ocurriera. Pero ¿si le hubiera pasado algo realmente, si hubiera sufrido un accidente? María Fernanda imaginó lo que sucedería si él muriera. De repente la vida perdería su razón y giraría en vueltas locas. Antes que eso deseaba morir ella. Entonces él, cuando estuviera con un libro en la mano, cerraría los ojos y la recordaría. Creería que la vería de nuevo y reconocería que era gentil. Aunque después se enamorara de otras, su universo interior empezaría a poblarse de sombras y se daría cuenta de que se hacía viejo.

Tenía, decididamente, una imaginación absurda. Por pensar en lo que le ocurriría a él cuando envejeciera, no había dormido ni se daba cuenta de que era la una. Quizá la una y media, porque acababa de sonar solamente una campanada, que lo mismo podría ser de la hora que de la media. ¡Cuánto sentía que no hubiera ido a visitarla esa noche! A veces, cuando la abrazaba, le parecía que subía a una litera brillante. Se imaginaba que volvía a ser una niña pequeña. Oía golpear en la puerta de la pensión de familia barata donde vivía entonces, y un mensajero le entregaba una gran caja de la que salía una muñeca. Los bracitos de pasta se tendían hacia ella. Era una muñeca muy cara, con traje de fiesta y pelo dorado y suave, que se hallaba exhibida en un escaparate grande como un salón, donde todos los objetos parecían hechos exclusivamente para sentir el roce de manos blancas y cuidadas. Cuando María Fernanda se hizo mujer, no le fue posible olvidar a la muñeca que no pudo ser suya, y le quedó una carga de tristeza en los ojos, que se hacía más visible cuando parpadeaba y casi los ocultaba la sombra de sus largas pestañas. Había cumplido quince años y la empezaban a invitar a reuniones con muchachos y muchachas de su edad. Pero ella no tenía nunca el traje que soñaba, de encaje color de coral. En cambio, llevaba uno verde, de falda estrecha y pasado de moda, y se escondía detrás de sus amigas, deseando que ninguno la viera para invitarla a bailar.

Todo lo que le había hecho falta en la vida a María Fernanda, como la muñeca y el vestido de encaje, creía que él se lo daba cuando la abrazaba. Era solo durante un momento. Pero era por ese momento por el que ella le abría la ventana.

¡Si al menos no pensara más y se durmiera! Había sido una idiota al sacar esa mañana de su pieza el frasco con las gotas narcóticas y pasarlo al botiquín del cuarto de baño. Ahora no quería ir a buscarlo para no correr el riesgo de despertar a toda la casa. Se hallaba segura de que no pegaría los ojos en el resto de la noche. Se levantaría por la mañana pálida, demacrada, con grandes ojeras. Cuando se encontrara con él, la miraría compasivamente. Estaba persuadido de que ella lo esperaba siempre. Habría deseado hacer cualquier cosa para demostrarle que no era así.

Pero ¿no se oía un ruido que venía de la ventana? Sí. No podía caber duda de que acababa de escuchar en ese mismo segundo los tres golpecitos de costumbre. Habían sido unos golpes suaves, casi imperceptibles, y, no obstante, nítidos, enérgicos, precisos. Parecía que se quedaban resonando en el aire. María Fernanda saltó de la cama y se puso la bata. Se movía rápidamente y, mientras se acercaba a la ventana, imaginó al hombre que la esperaba del otro lado, impaciente, como siempre que ella tardaba. Corrió suavemente la falleba y abrió el postigo. La noche la esperaba allí, llena de ruidos como una selva, pero él permanecía mudo, no la saludaba siquiera. María Fernanda pensó que no hablaba por precaución. De todos modos, era un exceso. Podía decirle dos palabras en voz baja.

Lo asombroso consistía en que tampoco hacía ningún movimiento para entrar. María Fernanda percibía únicamente su respiración anhelante y cálida, que caía sobre ella mientras se inclinaba para abrir por completo las hojas de la ventana.

De repente creyó que la noche se había inmovilizado para mirarla en la ventana, y tuvo miedo. Le pareció que su amigo escapaba, que escapaba para siempre, y extendió las manos a fin de retenerlo. Pero no había nadie en la ventana. Las manos de María Fernanda solo tocaron el viento.

En Ángela y el diablo, 1953

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