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Mostrando entradas de septiembre, 2026

Elio - Leonardo Gutiérrez Arellano

Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá. Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la cas...

Déjà Vu - Mauricio Molina

A veces nos detenemos en la orilla de la eternidad sin saberlo. A mí me sucedió una madrugada lluviosa en una cafetería. Debían ser más de las tres de la mañana. Había llegado ahí por casualidad, ya que nunca acudía a esos deprimentes restaurantes que permanecían abiertos durante toda la noche, de muebles tapizados en colores exaltados y potentes luces dispuestas ahí para espantar vampiros y turbias intenciones. Esos lugares, frecuentados por ancianas que padecen insomnio, empleados que tratan de bajarse la borrachera a golpes de café, grupos de Alcohólicos Anónimos o muchachos que comienzan a descubrir los misterios de la noche, siempre me habían provocado una sensación de soledad sórdida y sin escapatoria. Sin embargo, aquella noche llovía estrepitosamente sobre la ciudad y venía llegando de un viaje largo y muy cansado, así que resolví detenerme a tomar algo caliente antes de llegar a casa. Al cabo de unos minutos, mientras escuchaba el tintineo de las cucharas, las voces de los com...

El otro - Jorge Luis Borges

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ...

Causa ganada - Bernardo Couto Castillo

El acusado conservaba toda su tranquilidad. Las gentes sencillas encontraban una prueba de su inocencia; los jurados la actitud de un criminal consumado. La causa promovía ese interés novelesco de los asesinatos cuyo origen es el amor. Las gradas estaban casi llenas, los debates duraban desde días antes y en realidad nada claro ni definitivo podía concluirse. El agente del Ministerio Público, un señor grueso, rojo, sudando a cada momento, hablaba, y con su voz fuerte llenaba la sala de un tono declamatorio, rehacía los hechos, pintaba lóbregamente lo negro de la historia, atraía las simpatías sobre la víctima y el odio sobre el acusado. —Un joven —decía— que a la edad de las ambiciones nobles y los ideales hermosos sepulta un puñal en el pecho de la mujer amada, no puede vivir en el seno de una sociedad culta; el ánimo se subleva al pensar en el porvenir de esta mil veces infame alma; si a los veinticuatro años asesina a la amada, ¿qué no hará, qué no será capaz de hacer más tarde, señ...

Retorno de la noche - Julio Cortázar

Uno se duerme; eso es todo. Nadie dirá jamás el instante en que las puertas se abren a los sueños. Aquella noche me dormí como siempre, y tuve como siempre un sueño. Sólo que… [1]. Aquella noche soñé que me sentía muy mal. Que me moría despacio, con cada fibra. Un horrible dolor en el pecho; y cuando respiraba, la cama se convertía en espadas y vidrios. Estaba cubierto de sudor frío, sentía ese espantoso temblor de las piernas que ya una vez, años atrás… Quise gritar, para que me oyeran. Tenía sed, miedo, fiebre; una fiebre de serpiente, viscosa y helada. A lo lejos se oía el canto de un gallo y alguien, desgarradoramente, silbaba en el camino. Debí soñar mucho tiempo, pero sé que mis ideas se tornaron súbitamente claras y que me incorporé en la oscuridad, temblando todavía bajo la pesadilla. Es inexplicable cómo la vigilia y el ensueño siguen entrelazados en los primeros momentos de un despertar, negándose a separar sus aguas. Me sentía muy mal; no estaba seguro de que aquello me hubi...

El Josco - Abelardo Díaz Alfaro

Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrilluda en sombras, el andar lento y rítmico. La baba gelatinosa le caía de los belfos negros y gomosos, dejando en el verde enjoyado estela plateada de caracol. Era hosco por el color y por su carácter reconcentrado, huraño, fobioso, de peleador incansable. Cuando sobre el lomo negro del cerro Farallón las estrellas clavaban sus banderillas de luz, lo veía descender la loma, majestuoso, doblar la recia cerviz, resoplar su aliento de toro macho sobre la tierra virgen y tirar un mugido largo y potente para las rejoyas del San Lorenzo. —Toro macho, padrote como ése, denguno; no nació pa yugo —me decía el jincho Marcelo, quien una noche negra y hosca le parteó a la luz temblona de un jacho. Lo había criado y lo quería como a un hijo. Su único hijo. Hombre solitario, hecho a la reyerta de la alborad...

En la estepa - Samanta Schweblin

No es fácil la vida en la estepa, cualquier sitio se encuentra a horas de distancia, y no hay otra cosa más para ver que esta gran mata de arbustos secos. Nuestra casa está a varios kilómetros del pueblo, pero está bien: es cómoda y tiene todo lo que necesitamos. Pol va al pueblo tres veces por semana, envía a las revistas de agro sus notas sobre insectos e insecticidas y hace las compras siguiendo las listas que preparo. En esas horas en las que él no está, llevo adelante una serie de actividades que prefiero hacer sola. Creo que a Pol no le gustaría saber sobre eso, pero cuando uno está desesperado, cuando se ha llegado al límite, como nosotros, entonces las soluciones más simples, como las velas, los inciensos y cualquier consejo de revista parecen opciones razonables. Como hay muchas recetas para la fertilidad, y no todas parecen confiables, yo apuesto a las más verosímiles y sigo rigurosamente sus métodos. Anoto en el cuaderno cualquier detalle pertinente, pequeños cambios en Pol ...