Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá. Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la cas...