Si trato de recordarlo todo desde el principio, me miro entrar en el cuarto de Gabriela con aquel traje café, holgado y que ahora resulta tan ridículo, como se mira entrar un actor en escena; pero la irritante seguridad de que en aquel cuarto, en medio de las nubes de vapor oloroso a resina estaba secuestrado, obligado a vivir en un extramundo odioso y enajenado, la respiro tan vivamente que ahora mismo me oprime el pecho. Gabriela no cumplía entonces dos años de edad y hacía mes y medio que un asma insistente y peligrosa, agravada por infecciones bronquiales, nos mantenía angustiados, girando alrededor de su cuarto lleno de vapor de eucalipto, casi enfermos ya de cansancio y desesperación. Luisa hubiera podido decir que yo tenía algún descanso en mi trabajo, en las calles, en los rostros diferentes, y que ella en cambio… pero no lo dijo, y así, cuando le anuncié que Ángela vendría a conocerla y a cenar con nosotros lo aceptó sin comentario, pero yo sentí que lo admitía como una ofrend...