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Mostrando las entradas etiquetadas como México

Memoria - Jazmina Barrera

Ulises es un chipe cabeza negra, un pájaro amarillo con las alas ralladas, y, como bien indica el nombre, cabeza obscura. Cada año, cuando llega el otoño, Ulises visita mi jardín y me tiene como tonta hasta la llegada de la primavera, buscándolo en todos los árboles, intentando inútilmente sacarle fotos con mi pésima cámara y mis pies de elefante que al final siempre lo asustan. Pocos temas hay tan anticuados como el de las aves migratorias, metáfora del paso de las estaciones, del eterno retorno. El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La hi...

Hicieron de mí - Laia Jufresa

A mis nueve años, dos posesiones hacían de mí una persona especial. Lo primero era el caballo. Me lo habían regalado dos veranos atrás, con la advertencia de que sólo podría montarlo al cumplir los diez. Pero era mío. Desde el primer día era mío y de nadie más. De haber querido, yo mismo lo hubiera nombrado, sólo que nunca encontré cómo ponerle y cada quien lo llamó como le vino en gana. Mis hermanas le decían “el burro”, obviando su envidia, y mis padres, en homenaje a su amor por lo tautológico, le decían "el negro". Sólo Roberto respetó mi decisión llamando siempre al caballo por su nombre inexistente.Entre otras muchas tareas, Roberto tenía a su cargo el aseo y cuidado del caballo. Era un experto. El día que llegó el animal él, temerario, le abrió la boca y echó un vistazo. Concluyó: no tiene ni dos años. ¿Cómo sabes?, pregunté. Le faltan dientes de leche, me dijo. Roberto era albino y por eso no trabajaba en el campo como sus hermanos. Más allá del tono de su pelo y piel...

Un clavito en el aire - Efrén Hernández

Lo barato cuesta caro —no de pronto, sino andando el tiempo. Y la puerta es de palo barato. Con las lluvias se hinchaba, y cuando pasó el tiempo de aguas, al día siguiente de la postrera lluvia, el calor, cortés, estuvo a despedirse de nosotros. La temperatura, semejante al amigo que parte, y que al partir, con un abrazo nos quiebra una costilla, apretó mucho y quebró nuestro espíritu, rajó la puerta y reventó el termómetro. Otrosí dejó encargado al gallo que nos desease buenas noches. Este se trepó a la barda y con una voz clara nos lo dio a conocer. Luego enfriaron los aires —ya de noche— y corroborose nuestro espíritu; mas la puerta quedó con su rendija y va ser necesario comprar otro termómetro. Lo barato, Severo mío, lo barato cuesta caro. Piénsalo detenidamente. ¿Me oyes?, detenidamente. No se trata de una paradoja bizantina, de una discusión santotomista, de aquellas que para desarrollar nuestras incipientes vocaciones dialécticas solían proponemos en el seminario: Lo barato...

El parque hondo - José Emilio Pacheco

Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil. De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda. De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque. —Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador. La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños. En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florenc...

La cita - Claudia Guillén

Los pasos rápidos y continuos de María Elena parecían intercalarse con sus pensamientos cortos y contundentes. La calle, casi solitaria, le daba la oportunidad para no observar nada con detenimiento y así concentrarse aún más en su dolor de muela y esas angustias que atormentaban su mente con la fuerza de un puñetazo repetido. Sólo por un instante hizo a un lado las ideas que la afligían, para dirigir la vista a un camión recolector de basura donde unos hombres vaciaban cajas de cartón que despedían olores pútridos. Después de que las dejaron en el piso, una banda de perros callejeros las olisquearon indiscriminadamente, deseosos de encontrar en ellas algo con qué alimentar sus cuerpos famélicos. Así se sentía María Elena: desesperada, hurgando en sus imágenes mentales alguna que le trajera algo de sosiego. Fue inútil. No hallaba un resquicio de paz. Tenía un recuerdo difuso de cuándo había empezado a coleccionar sus fobias, y trató de ordenarlo. De niña no temía a los juegos rudos; er...

Canastitas en serie - Bruno Traven

En calidad de turista en viaje de recreo y descanso, llegó a estas tierras de México Mr. E. L. Winthrop. Abandonó las conocidas y trilladas rutas anunciadas y recomendadas a los visitantes extranjeros por las agencias de turismo y se aventuró a conocer otras regiones. Como hacen tantos otros viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos ya tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no había sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a gente como él. Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oaxaca. Caminando por la polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en cuclillas a la entrada de su jacal. El indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en los campos tropicales que rodean el pueblo. El material que empleaba no sólo estaba bien preparado, sino ricamente...

La extranjera - Inés Arredondo

Todos la llamaban Minou y nadie se ocupó de averiguar su verdadero nombre, seguramente Ilse o Ingeborg. El padre era un hombre alto y muy callado que le acariciaba torpemente los cabellos al pasar y nunca le habló de sí mismo. Habían llegado una tarde en medio de un revuelo de baúles, cajas, paquetes y gritos, un remolino en medio del cual Minou y su padre parecían ausentes, hasta un poco borrosos. Era madame Henriette la que braceaba alegremente para sobrenadar en la confusión. Se instalaron en una casa de dos pisos cercana a la toma de agua, recientemente encalada y con todas las puerta-persianas pintadas al aceite de color verde hoja. El padre era un ingeniero que venía a dirigir la nueva instalación para la refinería de azúcar, pero después se quedó como jefe de máquinas. Para entonces su esposa francesa ocupaba ya un lugar destacado en la pequeña sociedad del ingenio y estaba encantada con su prestigio de dama elegante. Desde el principio coqueteó con una supuesta dificultad para ...

El silencio de Dios - Juan José Arreola

Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas sobre la mesa para que Dios las lea. Perseguido por días veloces, acosado por ideas tenaces, he venido a parar en esta noche como a una punta de callejón sombrío. Noche puesta a mis espaldas como un muro y abierta frente a mí como una pregunta inagotable. Las circunstancias me piden un acto desesperado y pongo esta carta delante de los ojos que lo ven todo. He retrocedido desde la infancia, aplazando siempre esta hora en que caigo por fin. No trato de aparecer ante nadie como el más atribulado de los hombres. Nada de eso. Cerca o lejos debe haber otros que también han sido acorralados en noches como esta. Pero yo pregunto: ¿cómo han hecho para seguir viviendo? ¿Han salido siquiera con vida de la travesía? Necesito hablar y confiarme; no tengo destinatario para mi mensaje de náufrago. Quiero creer que alguien va a recogerlo, que mi carta no flotará en el vacío, abierta y sola, como sobre un mar inexorable. ¿Es poco un alma que se pie...