Ulises es un chipe cabeza negra, un pájaro amarillo con las alas ralladas, y, como bien indica el nombre, cabeza obscura. Cada año, cuando llega el otoño, Ulises visita mi jardín y me tiene como tonta hasta la llegada de la primavera, buscándolo en todos los árboles, intentando inútilmente sacarle fotos con mi pésima cámara y mis pies de elefante que al final siempre lo asustan. Pocos temas hay tan anticuados como el de las aves migratorias, metáfora del paso de las estaciones, del eterno retorno.
El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La higuera de mi casa está cada vez más seca, la ciudad cada vez más contaminada y el clima más impredecible. Yo no volvería. Ante este razonamiento, su aparición el próximo otoño me resulta una especie de milagro, un motivo de fiesta.
Más que su arduo trayecto; más que imaginar los campos, bosques y desiertos que sobrevuela; más que especular sobre el jardín y el árbol en la primavera estadounidense al que se marcha, en dónde anidará y reposará, y quizás hasta será objeto de las cursis reflexiones de alguna otra mujer en Óregon o California (eso quiero creer, pero es igual de probable que el pobre llegue a algún lugar horrible, a un rastro de vacas en Texas, por ejemplo); me es necesario escribir de Ulises porque hoy, mirándolo a los ojos, mejor dicho a su ojo (Ulises tiene uno a cada lado de la cara y no puede verme con los dos al mismo tiempo), a ese ojo negro que me mira fijamente, sin parpadear, hoy me asaltó una duda enorme, casi existencial; la de si Ulises es en realidad Ulises. Tras apelar a la biología y buscar en libros sobre la migración de las aves, decidí que, por desgracia, lo más probable es que Ulises ya no sea él, sino alguno de sus hijos migrantes que ha encontrado su camino de regreso a mi higuera.
Al comprender mi error sentí la realidad desdoblarse. Así es que un ser que yo consideraba único e irrepetible no lo es. Quizás me está viendo por primera vez en su vida, cuando yo lo veo y siento que lo conozco desde hace años. ¿Cómo saber si es el mismo o es distinto? Todos los Ulises que he visto desde mi ventana son idénticos, seguramente a causa de los genes. Dicen que en nuestro ADN hay genes antiquísimos, más viejos que nuestra especie, de nuestra época reptiliana o quizás hasta acuática. La vida es la perseverancia de los genes, no les importa el reino, la raza ni la especie, mucho menos el individuo. Ulises, por lo tanto, es y no es los Ulises anteriores. Sus genes son los mismos, sus genes de ojos negros, de pico gris y cara amarilla. En su cuerpo porta la memoria del camino de ida y de regreso. Su cuerpo entero es memoria. Yo no puedo distinguir un Ulises de otro y probablemente él no me pueda distinguir de mi madre, ni a ésta de mi abuela, quien quizás lo vio alguna vez en este mismo jardín. Nosotros también estamos hechos de memoria genética y de recuerdos adquiridos, nuestros y ajenos.
Intento adentrarme en la mente de Ulises, pensar como chipe de cabeza negra, y tras un breve instante me surge un nuevo dilema. Es cierto que los genes le dicen a Ulises que viaje hacia el sur al término del verano, es cierto que los campos magnéticos le indican parte de la ruta pero, ¿cómo pueden éstos decirle que viaje precisamente a mi jardín porque allí hay una higuera, sembrada hace no más de cien años, de la que se puede alimentar? Ulises no es de las aves que viaja en parvada, con algún otro Ulises que le indique el camino. Decido que no, que debe de haberse enterado de la higuera, de mi casa y de mi ciudad de otra manera. Quizás alguien se lo contó. Lo supo de otro chipe de cabeza negra, de su madre o sus hermanos. Quizás heredó ese recuerdo, hizo suya la memoria ajena y la albergó en todo su cuerpo, sus alas ahora recuerdan el camino, sus ojos recuerdan las nubes y sus patas recuerdan las ramas que lo llevan finalmente a mi casa. Así como mi cuerpo recuerda el nado sin pasar por la razón ni la memoria de imágenes.
Hace no mucho llegué a la conclusión de que la mitad de mis recuerdos no son míos. Por ejemplo, tengo la vívida memoria de estar en el cine, sentadita con mis 3 años de edad, por primera vez frente a una pantalla enorme en donde de pronto apareció un gato. Mi historia con los gatos es una de frustraciones, amores pasionales y desamores que debería escribir en otro momento y que comienza aquí. Jazmina de tres años quiere acariciar a ese gato. Le han dicho que para llamarlos hay que decir “bishito, bishito” hasta que se acerque, pero éste no responde y en vez se va con la niña de la pantalla.
Jazmina, desolada, se echa a llorar y la tienen que sacar del cine. Veo con claridad las imágenes de toda la historia en mi mente y casi nunca reparo en que son falsas. El primer indicio es que me observo desde fuera, como si mi memoria se pudiera desdoblar y me viera a mí misma en tercera persona. El segundo es que en ese entonces tenía tres años y es muy poco probable que recuerde la pantalla como tal, si nunca había estado antes frente a una, si no tenía conciencia de su definición. El tercero es que la historia la narra a menudo mi tía, la que me llevó ese día al cine. Concluyo, pues, que en realidad mi tía me contó esa historia y yo la he asimilado y transformado en un recuerdo propio, el recuerdo de la imágen que formé cuando mi tía me narró esa historia y que se volvió poco a poco más importante que el propio marco narrativo. Tiene todas las características de un recuerdo: esa neblina y esas visiones aisladas. Es imposible determinar cuánto de lo que sé de mí misma, de lo que constituye mi identidad, proviene de otros.
Reparé para colmo en un tipo más de falsos recuerdos que guarda mi mente, memorias de otras personas en las que yo ni siquiera estoy presente. Me acuerdo, por ejemplo, de mi abuela, como a los cuatro años, vestida de blanco, llorando porque la había castigado injustamente la señorita Concepción Villafranca, la horrible directora del Colegio José María Morelos al que ella asistía, en el grado entonces llamado Párvulos. Era su amigo Jaime el que había lanzado la bola de papel y, como mi abuela siempre era la más latosa de la clase, la señorita Villafranca la inculpó inmediatamente. Por supuesto yo no pude haber sido testigo de la infancia de mi abuela y sin embargo recuerdo esa experiencia, que seguramente me contó, con la misma nitidez con la que recuerdo mi primer viaje al extranjero o la primera vez que abrí los ojos bajo el agua. Los recuerdos de los otros, mis recuerdos y los sueños están todos mezclados en una solución ya inseparable: son parte de mi mente y de mi cuerpo, quizás ya incluso de mis genes. Me guían, así como la memoria de Ulises, y de todos los ulises, los conduce de nuevo a mi jardín.
El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La higuera de mi casa está cada vez más seca, la ciudad cada vez más contaminada y el clima más impredecible. Yo no volvería. Ante este razonamiento, su aparición el próximo otoño me resulta una especie de milagro, un motivo de fiesta.
Más que su arduo trayecto; más que imaginar los campos, bosques y desiertos que sobrevuela; más que especular sobre el jardín y el árbol en la primavera estadounidense al que se marcha, en dónde anidará y reposará, y quizás hasta será objeto de las cursis reflexiones de alguna otra mujer en Óregon o California (eso quiero creer, pero es igual de probable que el pobre llegue a algún lugar horrible, a un rastro de vacas en Texas, por ejemplo); me es necesario escribir de Ulises porque hoy, mirándolo a los ojos, mejor dicho a su ojo (Ulises tiene uno a cada lado de la cara y no puede verme con los dos al mismo tiempo), a ese ojo negro que me mira fijamente, sin parpadear, hoy me asaltó una duda enorme, casi existencial; la de si Ulises es en realidad Ulises. Tras apelar a la biología y buscar en libros sobre la migración de las aves, decidí que, por desgracia, lo más probable es que Ulises ya no sea él, sino alguno de sus hijos migrantes que ha encontrado su camino de regreso a mi higuera.
Al comprender mi error sentí la realidad desdoblarse. Así es que un ser que yo consideraba único e irrepetible no lo es. Quizás me está viendo por primera vez en su vida, cuando yo lo veo y siento que lo conozco desde hace años. ¿Cómo saber si es el mismo o es distinto? Todos los Ulises que he visto desde mi ventana son idénticos, seguramente a causa de los genes. Dicen que en nuestro ADN hay genes antiquísimos, más viejos que nuestra especie, de nuestra época reptiliana o quizás hasta acuática. La vida es la perseverancia de los genes, no les importa el reino, la raza ni la especie, mucho menos el individuo. Ulises, por lo tanto, es y no es los Ulises anteriores. Sus genes son los mismos, sus genes de ojos negros, de pico gris y cara amarilla. En su cuerpo porta la memoria del camino de ida y de regreso. Su cuerpo entero es memoria. Yo no puedo distinguir un Ulises de otro y probablemente él no me pueda distinguir de mi madre, ni a ésta de mi abuela, quien quizás lo vio alguna vez en este mismo jardín. Nosotros también estamos hechos de memoria genética y de recuerdos adquiridos, nuestros y ajenos.
Intento adentrarme en la mente de Ulises, pensar como chipe de cabeza negra, y tras un breve instante me surge un nuevo dilema. Es cierto que los genes le dicen a Ulises que viaje hacia el sur al término del verano, es cierto que los campos magnéticos le indican parte de la ruta pero, ¿cómo pueden éstos decirle que viaje precisamente a mi jardín porque allí hay una higuera, sembrada hace no más de cien años, de la que se puede alimentar? Ulises no es de las aves que viaja en parvada, con algún otro Ulises que le indique el camino. Decido que no, que debe de haberse enterado de la higuera, de mi casa y de mi ciudad de otra manera. Quizás alguien se lo contó. Lo supo de otro chipe de cabeza negra, de su madre o sus hermanos. Quizás heredó ese recuerdo, hizo suya la memoria ajena y la albergó en todo su cuerpo, sus alas ahora recuerdan el camino, sus ojos recuerdan las nubes y sus patas recuerdan las ramas que lo llevan finalmente a mi casa. Así como mi cuerpo recuerda el nado sin pasar por la razón ni la memoria de imágenes.
Hace no mucho llegué a la conclusión de que la mitad de mis recuerdos no son míos. Por ejemplo, tengo la vívida memoria de estar en el cine, sentadita con mis 3 años de edad, por primera vez frente a una pantalla enorme en donde de pronto apareció un gato. Mi historia con los gatos es una de frustraciones, amores pasionales y desamores que debería escribir en otro momento y que comienza aquí. Jazmina de tres años quiere acariciar a ese gato. Le han dicho que para llamarlos hay que decir “bishito, bishito” hasta que se acerque, pero éste no responde y en vez se va con la niña de la pantalla.
Jazmina, desolada, se echa a llorar y la tienen que sacar del cine. Veo con claridad las imágenes de toda la historia en mi mente y casi nunca reparo en que son falsas. El primer indicio es que me observo desde fuera, como si mi memoria se pudiera desdoblar y me viera a mí misma en tercera persona. El segundo es que en ese entonces tenía tres años y es muy poco probable que recuerde la pantalla como tal, si nunca había estado antes frente a una, si no tenía conciencia de su definición. El tercero es que la historia la narra a menudo mi tía, la que me llevó ese día al cine. Concluyo, pues, que en realidad mi tía me contó esa historia y yo la he asimilado y transformado en un recuerdo propio, el recuerdo de la imágen que formé cuando mi tía me narró esa historia y que se volvió poco a poco más importante que el propio marco narrativo. Tiene todas las características de un recuerdo: esa neblina y esas visiones aisladas. Es imposible determinar cuánto de lo que sé de mí misma, de lo que constituye mi identidad, proviene de otros.
Reparé para colmo en un tipo más de falsos recuerdos que guarda mi mente, memorias de otras personas en las que yo ni siquiera estoy presente. Me acuerdo, por ejemplo, de mi abuela, como a los cuatro años, vestida de blanco, llorando porque la había castigado injustamente la señorita Concepción Villafranca, la horrible directora del Colegio José María Morelos al que ella asistía, en el grado entonces llamado Párvulos. Era su amigo Jaime el que había lanzado la bola de papel y, como mi abuela siempre era la más latosa de la clase, la señorita Villafranca la inculpó inmediatamente. Por supuesto yo no pude haber sido testigo de la infancia de mi abuela y sin embargo recuerdo esa experiencia, que seguramente me contó, con la misma nitidez con la que recuerdo mi primer viaje al extranjero o la primera vez que abrí los ojos bajo el agua. Los recuerdos de los otros, mis recuerdos y los sueños están todos mezclados en una solución ya inseparable: son parte de mi mente y de mi cuerpo, quizás ya incluso de mis genes. Me guían, así como la memoria de Ulises, y de todos los ulises, los conduce de nuevo a mi jardín.
Para Aurelia
En Cuerpo extraño, 2013
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