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Mostrando las entradas etiquetadas como Reinaldo Bernal Cárdenas

Con instinto de primeriza - Reinaldo Bernal Cárdenas

En su departamento, Sora desatiende por un instante la pantalla del computador, vuelve los ojos hacia él y le dedica una mirada bondadosa, maternal; calada de paciencia experta. Solo es un ser indefenso, piensa. Ese pensamiento disipa su contrariedad. Se levanta. Da unos pasos para acercarse. No se explica qué le sucede hoy, qué reclama. ¿A quién preguntarle? Ya cambió su pañal, le dio papilla de manzana y descorrió la persiana para que le diera el sol. Pero él aún gimotea como tratando de articular alguna palabra. A punto de lágrimas, aquellos ojos empequeñecidos suplican, demandan. Sora desconoce si son cólicos, sueño, ansiedad o algún dolor… “Sé bueno y trágate la pastilla, toma un poco más de agua. Shhh…tranquilo.” Si bien su jefe espera que ella envíe con urgencia el informe, Sora no vuelve a su tarea; el instinto está primero: la sangre tira. Inhala profundo procurando no angustiarse. ¡Si tan solo pudiera acudir a su madre por ayuda! Imposible, ella murió hace pocos meses y ya no...

Insomnio - Reinaldo Bernal Cárdenas

Viuda y sola, se habituó a deambular por los recodos más sombríos de su vieja mansión. Sospechaba, no sin razón, que, en las horas altas de su insomnio, y obedeciendo a un orden sobrenatural, los cuartos y pasadizos se llenaban de ojos tras las cerraduras, de bocas enervantes y sudores que atravesaban las paredes que espiaban. Eso le producía cierta contrariedad, pero sobre todo la aterraba; de modo que recorría la casona una y otra vez profiriendo primitivas conjuras de expulsión aprendidas de la madre, y luego, sobrecogida, terminaba guareciéndose en la franja de luna que se colaba por el cortinaje, hasta que el día despertaba y las alondras marcaban el tiempo sobre los tejados, entonces sí volvía al descanso en su lecho frío. En la negritud crepuscular de aquella lejanía, y al amparo de los enormes muros derruidos, la anciana Madame de Tremouillac buscaba disipar la inquietud que le impedía entregarse a un dormitar pacífico e imperioso. Con temblor de sábana, y aferrada al espejismo...