En su departamento, Sora desatiende por un instante la pantalla del computador, vuelve los ojos hacia él y le dedica una mirada bondadosa, maternal; calada de paciencia experta. Solo es un ser indefenso, piensa. Ese pensamiento disipa su contrariedad. Se levanta. Da unos pasos para acercarse. No se explica qué le sucede hoy, qué reclama. ¿A quién preguntarle? Ya cambió su pañal, le dio papilla de manzana y descorrió la persiana para que le diera el sol. Pero él aún gimotea como tratando de articular alguna palabra. A punto de lágrimas, aquellos ojos empequeñecidos suplican, demandan. Sora desconoce si son cólicos, sueño, ansiedad o algún dolor… “Sé bueno y trágate la pastilla, toma un poco más de agua. Shhh…tranquilo.” Si bien su jefe espera que ella envíe con urgencia el informe, Sora no vuelve a su tarea; el instinto está primero: la sangre tira. Inhala profundo procurando no angustiarse. ¡Si tan solo pudiera acudir a su madre por ayuda! Imposible, ella murió hace pocos meses y ya no...