Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil. De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda. De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque. —Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador. La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños. En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florenc...