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El parque hondo - José Emilio Pacheco

Todas las tardes, al salir del colegio, miraba el parque hundido entre los árboles, la gran extensión verde que crecía al lado de la calle. Y aquella vez bajó las escaleras, atravesó los claros solitarios hasta el estanque de agua verde e inmóvil.

De pie en la orilla del depósito (que los días cubrieron de limo y de pequeños peces y de ranas) alzó los ojos para ver el cielo: denso, oscuro atrás de la última arboleda.

De pronto, se sintió solo; puso sus libros bajo el brazo y ascendió por la suave ladera. Y nuevamente corrió, silbó, atravesó el asfalto, sin advertir la noche que iba cubriendo todo el parque.

—Si no te gusta, no lo comas. Pero después, en la noche, te prohíbo que saques algo del refrigerador.

La tía Florencia retiró el plato, y Arturo dio algunos sorbos a la leche helada. Luego, con la mano, dispersó las migajas que cubrían el mantel. Era costumbre aceptar siempre los regaños.

En junio, cumplió Arturo nueve años. De algún tiempo a esa parte, sólo recordaba a Tía Florencia, a la casa de un piso en que vivían ellos dos y la gata (la gata gris y suave que no se deja acariciar y que devora a sus gatitos en los rincones o en el patio), a la escuela Juan A. Mateos y a Rafael Molina, su compañero de banca en el colegio, su acompañante en las funciones de cine y en la pesca de ranas en el estanque del parque hondo. (Dos días antes, Arturo llegó a casa con un sapito que palpitaba en una manta húmeda. Florencia le pegó en las manos y arrojó al sapo por el desagüe. Atrás, no recordaba cuándo, la gata se comió a la ratita blanca que Arturo había comprado a la salida de la escuela.)

Volvió a la sala. Tomó el cuaderno de aritmética y se puso a resolver los quebrados. Al terminar, dejó su lápiz junto al retrato de aquel hombre que cada sábado venía a visitarlo; lo besaba, le daba un poco de dinero. El hombre a quien Arturo no quiso llamar “papá”, como él se lo exigía suavemente.

Una noche, al través de la puerta, oyó algunas palabras de su tía. Estaba a punto de dormirse, y Florencia, en la mesa, extendía las barajas frente a una de las mujeres que pagaban para que adivinase su futuro.

—Hace siete años que ella no lo ve. ¡Claro! Nosotros no lo permitiríamos. Ricardo tiene una nueva familia y lo otro ya está borrado. El niño no es ningún problema. Está conmigo desde entonces y, ya ve usted, lo estoy educando como formé a mi hermano. Lo terrible, Luisita, es que el dinero que me pasa Ricardo no alcanza para nada. No puedo exigirle; él tiene muchos gastos con sus niñas. Pero yo tengo que buscar por todas partes para ayudarme un poco… Baraje siete veces; pártame en dos las cartas. Luego, tóquelas…

—¿Dijiste ya tus oraciones? —Florencia se acercaba con la gata en los brazos, frotándola contra el seno, contra el rostro.

—No, todavía no.
—Híncate y reza. Anda, vamos los dos.

Se arrodillaron al lado de la cama. La gata saltó al lecho, se acomodó entre los cojines. Un solo foco bañaba el cuarto de luz áspera, apenas mitigada por la pantalla de cartón.

Florencia dijo “Amén”, besó a Arturo, y, antes de salir, recobró dulcemente a la gata. El niño sintió asco, miedo de que los pelos —grises, brillantes en la blancura de la sábana— se introdujeran en su boca y caminaran hacia los pulmones. (Es horrible la gata. No sé cómo la quiere Tía Florencia.)

—¿Le diste alguna cosa? —preguntó Rafael.
—No, ¿cómo crees? Sola se puso mala. Tiene tres días sin comer y está chillando todo el tiempo. Mi tía cree que la atropelló algún coche o que le dio veneno la señora de al lado.

Sentados en el parque, miraban crecer la oscuridad. Con una rama, Arturo trazaba signos en la tierra. Rafael exclamó, abriendo la mano:

—¡Mira, un trébol de cuatro hojas!
—No es verdad: tiene cinco.
—Lástima; parecía buena suerte.
—Oye, acompáñame a la casa. Quiero enseñarte el álbum de banderas.
—¿No se enoja tu tía?
—Ni se da cuenta. Está muy triste por lo de la gata.

Desde la esquina, los niños vieron a Florencia que esperaba en la puerta, los ojos arrasados de lágrimas. Sacó el pañuelo y se limpió los orificios de la nariz. Se acercó a Arturo; puso la mano en su cabeza y revolvió el cabello negro.

—Vas a hacerme un favor —dijo (lloraba)—. La gatita ya no tiene remedio. Le hablé a un doctor que va a inyectarla, para que ya no siga sufriendo. Aquí tienes la dirección de la clínica. Di que vas de mi parte y entrega al animalito junto con estos veinte pesos. Procura no tardarte. No veas cómo la inyectan.

La gata estaba inmóvil. Después de besarla y de cubrirla de caricias y lágrimas, Florencia la colocó, entre algodones, en una bolsa de henequén. Sin contener su llanto, miró a los niños que se alejaban.

—¿Cuánto te dio?
—Veinte pesos, ¿no oíste?
—¡Ya! ¿Tanto por matar a un gato?
—Creo que es lo que cuesta la inyección.
—¿Sabes qué se me ocurre?
—No, dime qué es.
—Que dejemos en algún lado a la gata y nos quedemos con dinero.
—Pero, Rafael, ¿te imaginas si revive y si vuelve, lo que me va a decir mi tía? Ya estuvo perdida mucho tiempo y después regresó. A lo mejor lo hace de nuevo.
—Entonces mátala.
—No, me da miedo.
—¿Miedo? ¿Por qué? ¿A poco es muy difícil?
—Si mi tía se da cuenta…
—No va a saber nada. No seas tonto. Son veinte pesos, ¡veinte pesos!

Caminaban por la avenida donde debían esperar el camión. Arturo palpó el cuerpo frágil que respiraba bajo el tejido de henequén. (La gata… los gatitos muertos recién nacidos… la piel, la sangre de aquella rata blanca… Mi tía la quiere más que a mí…)

—¿Y qué hacemos con todo ese dinero?
—Miles de cosas. ¿No te gusta armar aviones?
—Nunca he armado ninguno.
—Bueno, también puede servir para el cine o para alquilar bicicletas, comer dulces o comprar anzuelos o ir a remar al lago.
—Sí, pero ¿cómo la matamos?
—Aquí pasan muchos coches. Cierra la bolsa, déjala en medio de la calle, y nadie se da cuenta.
—Pero va a sufrir mucho. Un día vi un perro…
—Tienes razón. Busca otra cosa.
—¿Dársela a alguien?
—¿Para qué va a quererla? Pero, oye, ¿tirarla al agua?
—Creo que los gatos saben nadar.
—Mira, vamos al parque. A esta hora no hay nadie y ahí vemos qué se hace.

(No, no puede ser —pensó Arturo—. Rafael no siente nada; no puede tener miedo.)

La hondonada del parque estaba vacía. Descendieron hasta la gran vereda. La humedad brotaba del estanque. Propagada a la hierba, cubría el pequeño bosque de una marea de vaho.

Rafael saltó para alcanzar las ramas bajas; imitó una furiosa cabalgata.

—Vamos a ahorcarla —dijo.
—Nunca. Va a sufrir mucho —repitió Arturo.

Quiso estrechar al animal entre los hilos de la bolsa. Salió el maullido de la gata.

—Se va a escapar —previno Rafael.
—No, ¿te imaginas si se escapa?
—Bueno, ya es hora de hacer algo.

Arturo chasqueó los dedos, se estremeció de frío. En medio de los árboles, la luna daba a la espesura un contorno de piedra.

Rafael descubrió un trozo de concreto, casi cubierto por la maleza. Se aproximó y consiguió levantarlo.

—Sostén a la gata y yo le doy con esta piedra.
—¿No hay otra forma?
—No queda más remedio.

Arturo sacó a la gata de la bolsa. Aferró el cuerpo laxo y lo ciñó con las dos manos. Lento, terriblemente lento, se fue acercando a Rafael.

—Date prisa. Esto pesa muchísimo.
—Ya. No me vayas a dar.

Rafael alzó el fragmento, lo sostuvo por encima de su cabeza.

—Cuento hasta tres y se la tiro. Ahí va. Uno… dos…

La gata sintió el peligro, de algún modo. Su cuerpo se hizo nuevamente flexible, y, de pronto, saltó, se arrancó de las manos de Arturo, cayó dos metros adelante y se perdió en un matorral.

—¡Qué bruto eres! No la agarraste.
—No pude. Se soltó.

Rafael dejó caer el trozo y se sentó en la tierra. Arturo ya no supo qué hacer. Un minuto después, reflexionó:

—Hay que buscarla. Está viva, va a regresar a casa.
—Ahora sí la amolamos. Llámala a ver si viene.
—¿Tú crees que va a venir?

No supo cuánto tiempo buscaron, llamaron, abrieron cada mata; rastrearon cada rincón del parque. Buscaron, llamaron, abrieron, rastrearon sólo escuchados por los grillos, las ramas, los pájaros… todos los ruidos de la noche que reverberaba, que ocultaba a la gata.

Deshecho, fatigado, se despidió de Rafael; volvió a su casa con el temor de encontrar a la gata en el sillón de siempre.

Florencia jugaba con las cartas cuando vio entrar a Arturo. El niño le explicó que había mucha gente con el veterinario, que esperó el último turno. Florencia atribuyó la consternación de Arturo a la dureza de la misión.

Contadas en el reloj de la pared, las horas lo hallan despierto, insomne, asfixiado en la transpiración, entre las sábanas revueltas. A cada instante de esas horas cree escuchar el regreso, los pasos de la gata. Todo pequeño ruido le recuerda su andar o su silencio.

Se levanta, toma los veinte pesos y los rompe, los devuelve a la noche que respira fuera de la ventana; al viento de la noche que dispersa cuatro fragmentos de papel y no deshace el miedo.

Sentado en el borde de la cama quisiera hallar el sueño o despertar de un sueño… Florencia, en otro cuarto, abre los ojos y busca al lado de su cuerpo la huella de otro peso, del cuerpo blando y recio que pulían sus caricias; lentas, inútiles caricias con que Florencia se gastaba, se iba olvidando de los días.

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