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Mostrando las entradas etiquetadas como Nivel B1

El abuelo - Mario Vargas Llosa

Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida hacía rato, y bajo ellas sombras imprecisas que se deslizaban de un lado a otro, con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos. Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban ...

Malva - Silvina Ocampo

Era preciosa, pero de improviso se volvía fea. Sus enormes ojos, sin perder el brillo afiebrado, podían achicarse; su boca sin labios también. La recuerdo en un casamiento rodeada de flores el día que la conocí. ¡Pobre Malva López! Como en las cabinas de transmisiones, en las paredes de su dormitorio había corcho; como en las ciudades muy frías, géneros rellenos de guata; como en los cuartos de juguetes para niños, colores celestes por todas partes. De igual modo, los picaflores instintivamente hacen sus nidos con el algodón del palo borracho, que aísla los ruidos, con flores de tilo que son sedantes, con pétalos de jazmines del cielo que son celestes. Yo sé que tomaba en lugar de té agua de azahar y en lugar de aspirina, Sedobrol, que ya pasó de moda. No parecía, sin embargo, nerviosa. Cuando pienso en esta historia, creo que soñé, pero la prueba de que no sueño está en los comentarios y chismes que oí a mi alrededor. La primera vez que Malva mostró su desmedido grado de impaciencia f...

Memoria - Jazmina Barrera

Ulises es un chipe cabeza negra, un pájaro amarillo con las alas ralladas, y, como bien indica el nombre, cabeza obscura. Cada año, cuando llega el otoño, Ulises visita mi jardín y me tiene como tonta hasta la llegada de la primavera, buscándolo en todos los árboles, intentando inútilmente sacarle fotos con mi pésima cámara y mis pies de elefante que al final siempre lo asustan. Pocos temas hay tan anticuados como el de las aves migratorias, metáfora del paso de las estaciones, del eterno retorno. El del canto de las aves (me sé de memoria la voz de Ulises y siempre descubro antes su llegada por su timbre, siguiendo el chip chip chip —por eso se llama chipe— entre las ramas) y el efecto casi mágico que ejerce sobre el alma humana son seguramente algunos de los temas preferidos del siglo XIX. Sé que Ulises es ante todo sólo un pájaro, pero cuando llega la primavera y es momento de que parta siento la sutil tristeza de pensar que nunca más va a regresar. ¿Por qué habría de hacerlo? La hi...

Las voladoras - Mónica Ojeda

¿Bajar la voz? ¿Por qué tendría que hacerlo? Si uno murmura es porque teme o porque se avergüenza, pero yo no temo. Yo no me avergüenzo. Son otros los que sienten que tengo que bajar la voz, achicarla, convertirla en un topo que desciende, que avanza hacia abajo cuando lo que quiero es ir hacia arriba, ¿sabe?, como una nube. O un globo. O las voladoras. ¿A usted le gustan los globos? A mí me encantan, sobre todo los que mamá ata a los árboles para espantar a los animales del bosque. A las voladoras no les gustan los globos y siempre los revientan. Hacen ¡bam!, y con eso yo ya sé que son ellas. Mamá les grita mucho: les lanza zapatos, les lanza tenedores. Pero las voladoras son rápidas y lo esquivan todo. Esquivan los cascos de los caballos de papá. Esquivan los balidos de las cabras. Yo he llorado mucho por esto, y si ya no lo hago es porque me dan miedo las abejas que se prenden de mis pestañas. Si quiere que se lo explique bien, míreme. En mi cara está toda la verdad, la que no tiene...

Nada de carne sobre nosotras - Mariana Enriquez

La vi cuando estaba a punto de cruzar la avenida. Estaba entre un montón de basura, abandonada sobre las raíces de un árbol. Los estudiantes de Odontología, pensé, esa gente desalmada y estúpida, esa gente que sólo piensa en el dinero, empapada de mal gusto y sadismo. La levanté con las dos manos por si se desarmaba. A la calavera le faltaban la mandíbula y la totalidad de los dientes, mutilación que me confirmó el accionar de los protodontólogos. Revisé alrededor del árbol, entre los residuos. No encontré la dentadura. Qué pena, pensé, y fui hasta mi departamento, apenas a doscientos metros, con la calavera entre las manos, como si caminara hacia una ceremonia pagana del bosque. La puse sobre la mesa del living . Era pequeña. ¿La calavera de un niño? Lo ignoro todo sobre anatomía y temas óseos. Por ejemplo: no entiendo por qué las calaveras no tienen nariz. Cuando me toco la cara, siento la nariz pegada a mi calavera. ¿Acaso la nariz es cartílago? No creo, aunque es verdad que dicen q...

Hicieron de mí - Laia Jufresa

A mis nueve años, dos posesiones hacían de mí una persona especial. Lo primero era el caballo. Me lo habían regalado dos veranos atrás, con la advertencia de que sólo podría montarlo al cumplir los diez. Pero era mío. Desde el primer día era mío y de nadie más. De haber querido, yo mismo lo hubiera nombrado, sólo que nunca encontré cómo ponerle y cada quien lo llamó como le vino en gana. Mis hermanas le decían “el burro”, obviando su envidia, y mis padres, en homenaje a su amor por lo tautológico, le decían "el negro". Sólo Roberto respetó mi decisión llamando siempre al caballo por su nombre inexistente.Entre otras muchas tareas, Roberto tenía a su cargo el aseo y cuidado del caballo. Era un experto. El día que llegó el animal él, temerario, le abrió la boca y echó un vistazo. Concluyó: no tiene ni dos años. ¿Cómo sabes?, pregunté. Le faltan dientes de leche, me dijo. Roberto era albino y por eso no trabajaba en el campo como sus hermanos. Más allá del tono de su pelo y piel...

El fantasma - Elisa Mújica

Todos debían hallarse dormidos en la casa, menos María Fernanda, que velaba, aunque se había acostado temprano con la intención de descansar un poco antes de que él llegara. Cuando él iba a visitarla tenía la costumbre de hacerlo al filo de la medianoche. Antes de ese momento ella habría podido, pues, dormir una o dos horas. Pero no había pegado los ojos a causa de su inquietud. Siempre le ocurría igual. Deseaba que él entrara, saltara rápidamente por la ventana que ella le acababa de abrir y se arrojara en sus brazos; pero, al mismo tiempo, nada en el mundo era más temible que eso. Cuando él se hallaba en la habitación, el aspecto de las cosas cambiaba. Parecía que su presencia encendía una gran luz y que ella veía claramente lo que debía hacer. Luego se marchaba y ella quedaba ofuscada, débil y entontecida, como una persona que ha sido encandilada. En la habitación permanecían los muebles que conocía tan bien: la lámpara con sus tres brazos, las sillas desordenadas, los pomos del...

La viajera- Elisa Mújica

Los domingos por la mañana Catalina salía a dar una caminata. Hacía poco que había llegado a la ciudad y no conocía casi a nadie, por lo que tenía que pasear sola. Además, de las personas se sentía lejos. Hablaban de sucesos en los que ella no había tomado parte e ignoraban los protagonizados por Catalina. No les podía decir simplemente: «Magdalena se casó la semana pasada», porque enseguida preguntaban: «¿cuál Magdalena?», «¿quién es esa Magdalena?». Y aunque les explicara que era una amiga suya que esperó durante diez años que su novio, un violinista de la sinfónica, se casara con ella, no se interesaban realmente porque nunca habían visto a Magdalena, ni compartido la sensación de angustia de aquellos diez años. Verdad que después de oír el relato se aproximaban a Catalina, como si les hubiera hecho una señal; pero resultaba demasiado lento y ambas partes carecían de la confianza de quienes han crecido juntos y no dudan en entregarse. En cambio, las calles no ofrecían resistenci...

Mujeres desesperadas - Samanta Schweblin

Al asomarse a la ruta, Felicidad comprende su destino. Él no la ha esperado y, como si el pasado fuese tangible, ella cree ver en el horizonte el débil reflejo rojizo de las luces traseras del auto. En la oscuridad llana del campo sólo hay desilusión y un vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no debió haber demorado tanto, que quizá las cosas debieron haber sucedido más rápido. Le resulta extraño encontrarse allí, quitando del bordado del vestido granitos de arroz, sin nada más que el campo, la ruta y, junto a la ruta, un baño de mujeres. Pasa un tiempo en el que Felicidad logra desprenderse de todos los granitos de arroz. No llora todavía, sino que, absorta en un shock de abandono, corrige los pliegues del vestido, analiza sus uñas, y contempla, como quien espera el regreso, la ruta por la que él se ha alejado. —No vuelven —dice Nené, y Felicidad grita espantada por el susto como si esa mujer que ahora la mira fuese un espectro maligno. —La...