A mis nueve años, dos posesiones hacían de mí una persona especial. Lo primero era el caballo. Me lo habían regalado dos veranos atrás, con la advertencia de que sólo podría montarlo al cumplir los diez. Pero era mío. Desde el primer día era mío y de nadie más. De haber querido, yo mismo lo hubiera nombrado, sólo que nunca encontré cómo ponerle y cada quien lo llamó como le vino en gana. Mis hermanas le decían “el burro”, obviando su envidia, y mis padres, en homenaje a su amor por lo tautológico, le decían "el negro". Sólo Roberto respetó mi decisión llamando siempre al caballo por su nombre inexistente.Entre otras muchas tareas, Roberto tenía a su cargo el aseo y cuidado del caballo. Era un experto. El día que llegó el animal él, temerario, le abrió la boca y echó un vistazo. Concluyó: no tiene ni dos años. ¿Cómo sabes?, pregunté. Le faltan dientes de leche, me dijo. Roberto era albino y por eso no trabajaba en el campo como sus hermanos. Más allá del tono de su pelo y piel, había algo fantasmagórico en su presencia blancuzca, en su tono de voz sin variaciones. Era bueno para la jardinería y mi madre lo empleó en la construcción de su invernadero. Roberto terminó viviendo en una covacha detrás de la casa, bastante lejos de las barracas donde habitaba su familia. Yo era el único varón entre mis seis hermanas y a ratos creía entender de veras cómo se sentía él por aislado, por distinto. Incluso me convencí de que éramos una especie de equipo, lo más parecido a la camaradería de los libros ilustrados que me traían los reyes y que él no hubiera sabido leer.
Me gustaban del caballo su andar pausado, su pelaje y el modo en que me miraba. Era el único ser vivo que dependía –y dependía poquísimo- de mí. Al mismo tiempo era el que menos me exigía. No pedía por favor, no daba las gracias. Cuando le entraba polvo en la nariz estornudaba y seguía mascando. Me agradaba verlo comer. Tranquilo, resoplando de vez en vez, comiendo sólo cuando tenía hambre, sin darle demasiada importancia, pero disfrutando los bocados. En contraste con mi especie, siempre tensos por el aperitivo, el cubierto correcto y la plática de sobremesa, el caballo resultaba relajante y propagaba la ilusión de que comer era una necesidad física, no social.
Cada tercer día, Roberto me despertaba muy temprano con una pedrada en mi ventana. Mi madre a veces me oía levantarme y cuando yo iba atravesando el patio se me aparecía en camisón, con el pelo suelto, como nunca lo usaba de día. Tápate, decía cubriéndome con algo. Sé de sobra que a cualquiera de mis hermanas les hubiera cerrado el paso.
Nuestra casa era el ombligo del vasto rancho que habitábamos. Madera pintada de blanco: un lunar entre las hectáreas de pastizales y sembradíos. Mi mamá nos educó en casa y el mundo era una cosa en los libros que nos mostraba; otra distinta en la vida diaria. Los libros de mi mamá giraban todos en torno al sagrado: otro ombligo, El Libro entre los libros. Así, mi mundo tenía por confines La Biblia y los bordes de la propiedad paterna. Mis años se organizaban alrededor de las ceremonias religiosas, la siembra y la cosecha. Tenía bastante más de nueve años cuando entendí el tamaño de la burbuja en que me habían tenido.
Conservo de la burbuja algunas fotografías mentales. Quién sabe por qué, en ese alto contraste de la memoria visual, sobresalen las cosas claras. La casa, antes que nada. Pero también la luna y, mirado de frente con la espalda en el pasto: el sol. Las sábanas tendidas. El fondo satinado bajo las faldas de mis hermanas. El rocío en las telarañas, los huevos frescos, los almendros de la huerta en flor. Y Roberto. Roberto descolorido y con esas pecas deformes moteándole la cara. Roberto a medio día, cubriéndose con sombreros gigantes, o al amanecer, recargado en la verja tras haber lanzado una piedra en mi ventana. Cuando mi madre me había envuelto en una manta y yo salía, Roberto echaba andar y yo tras él, hasta el establo.
El establo era una improvisación: un viejo granero venido a establo en virtud del caballo que albergaba. Allí Roberto me daba clases casi en completo silencio. Lavábamos, peinábamos y ensillábamos al caballo, o le dábamos paseos. Ambos sabíamos que Roberto lo montaba, pero nunca en mi presencia. Luego yo volvía a casa. A menos de que se le hubiera caído un diente al caballo, en cuyo caso tenía permiso para faltar a las clases de mi mamá y pasar el día en el establo. Roberto me mostraba el asunto abriéndole la boca al animal como quien se asoma a un diccionario. Luego yo iba a una enciclopedia y le enseñaba a él los nombres de los dientes. Del que se iba o del que había llegado o de los que me acordaba. Roberto repetía los nombres lento, como si fueran comestibles.
Mi madre había establecido la norma de los dientes desde el principio: celebraríamos la caída de los dientes de leche y no, aunque en principio parecía mejor noticia, la llegada de nuevos dientes. Era un trato razonable: es imposible adquirir un diente de la noche a la mañana, puede perdérsele en un parpadeo.
La segunda posesión que me distinguía del resto era un pedazo de tela. Una mascada, una frazada, no sé, un metro cuadrado de tela algodonosa, ligera y color hueso. Era más agujero que tela, pero era mi tela. Había atravesado un desierto atada al cuello o al cráneo de Jaime. Una tela muy vieja, que él había heredado. ¿De quién? No puedo recordarlo y en verdad que no tiene sentido, puesto que era huérfano. Pero así me dijo al regalármela: la tela era antigua, la había heredado y con ella había cruzado algún desierto.
Jaime apareció en el río que había a algunos kilómetros de mi casa. Yo estaba allí solo, sentado en la orilla haciendo patitos con piedras cuando me saludó. Tuve miedo, al principio, ésa era mi tierra y en ella nunca se veían desconocidos. Pero tenía una buena sonrisa y se presentó como un caballero. Me hizo plática y muy pronto me relajé: le conté de mi caballo y él me contó de los caballos de Mongolia, que eran los únicos caballos salvajes que quedaban en el planeta. Jaime me parecía muy viejo y sabio- Sólo con los años su imagen fue virando en mi recuerdo a la de un joven embustero. Tuve enojo pero ya no. Ahora elijo recordarlo como lo veía entonces. Era mi genio, salido del río para contarme cuentos. Estaba lleno de invenciones que yo veía como valiosos datos, difíciles de obtener. A veces bastaba un gesto, un juntar las manos, un silencio; otras veces, para sacarle algo lo único que servía era no esperar. Pasé semanas llevándole provisiones. Nuestra amistad era mi más valioso secreto. Lo sentía así: valiosísimo y secretísimo. Ni siquiera a Roberto le conté.
Jaime tenía un mechón de canas, un humor bastante impredecible y una navaja suiza. A cambio de la comida me contaba buenas historias que fragmentaba y suspendía estratégicamente, para que yo volviera con algo al día siguiente. En verdad yo sentía el trueque casi injusto: sus historias eran invaluables junto a las cosas materiales que yo robaba de casa sin esfuerzo. Pero a él lo hacían feliz el pan, el agua y el tabaco. Sólo algunas veces me hizo encargos específicos: un mapa, hilo y aguja, cerillos, alcohol.
Cuando yo traía noticias sobre mi caballo (un diente menos, una silla nueva, ya sólo cuatro meses para mi cumpleaños y poderlo montar), Jaime se ponía raro. Al principio pensé que era envidia pero luego entendí que era interés. Se ponía a ver para todas partes como yo cuando mis hermanas hablaban de novios. Y me dio orgullo, porque con excepción de algunos detalles sobre mi padre y las plantaciones, el caballo y el establo parecían los únicos temas con los que yo lograba interesarlo. En retribución a los muchos cuentos y datos que el me daba, yo me esforzaba con mi única historia interesante. Le di todos los detalles sobre el caballo y el establo, sobre su ubicación, sus horarios y los de Roberto. Y cuando ya no había más detalles inventé cosas. Dije que el caballo saltaba obstáculos y ganaba carreras. Jaime me dio una explicación científica sobre el albinismo pero yo nunca se la compartí a Roberto. Las palabras no iban a curarle la piel. O quizás era avaricia nomás, no compartir nada de lo que Jaime me daba. Cuando años más tarde me mudé a la ciudad para estudiar, comencé a encontrar pedazos de las historias que Jaime me contó. No estaban escondidas, sino bastante a la mano en los clásicos. Pero de la emoción que me habían provocado antes, narradas al filo del agua y de la tarde, sólo encontré migajas.
El día que mi caballo perdió su último diente de leche, Roberto me despertó con pedradas. Pasamos el día en el establo y estábamos tan contentos que me olvidé de ir a ver a Jaime. Cuando al día siguiente bajé al río y le conté la buena nueva, él me regaló su tela. Es de verdad curioso que no recuerde casi nada sobre la historia de la tela y el desierto, debo haberla indagado en su momento, pero ya no sé. Seguramente me contestó, porque lo que no he olvidado jamás son sus no-respuestas, lo incontestado, los huecos que cavaba su silencio y que solían encharcarme el orgullo. Jaime podía extenderse horas en una anécdota, contestando aquí y allá preguntas minuciosas -¿qué comían en el desierto?, ¿no hace daño eso?-, pero llegaba un momento en que la pregunta le parecía comprometedora, quizás ofensiva y bajaba la cabeza. Después de un rato miraba hacia algún punto fuera de mi curiosidad y resoplaba: Algún día entenderás. Ése final de tarde siempre me dolía.
Ahora que tengo bastantes más años de los que tenía él entonces, siento que esa frase lo ayudaba con su cansancio, mucho mayor que lo que correspondía a su edad. Convenciéndose de que no sólo sabía, sino, sobre todo, entendía más que los otros, Jaime se daba combustible. Así funcionan las causas.
Cuando conocí a Jaime yo tenía claro qué clase de juego podía jugarse en mi casa, entre mis hermanas y todo ese orden de porcelana. No éramos dueños de nuestro futuro ni mucho menos de nuestros ideales. Ni siquiera yo. Una cosa era que me dieran libertades mayores que a mis hermanas, otra distinta si se me hubiera metido en la cabeza lo de luchar por una causa. A Jaime en cambio, seguramente nadie lo lloró si peleaba, ni probablemente lo lloraron sus compañeros cuando se les alejó. ¿Estaba haciendo una pausa? ¿Estaba perdido? Nunca sabré. Lo que sí es que a mis nueve años las piezas que yo me hacía parecían embonar perfectamente: Jaime era huérfano, naturalmente entonces, se había convertido en guerrillero. Poseía una tela como única pertenencia sentimental y la llevaba a todos sitios. Me la regaló con alevosía y ventaja, sólo para que, llegado el momento, yo me sintiera en deuda. Pero no fue la tela, sino las historias, la semilla de un mundo allá afuera, lo que yo pagué demasiado caro. Yo era entonces como esas larvas que esperan comida y cuya forma y color del futuro dependerá del alimento que hoy reciben. La mente atiborrada de Jaime y la soledad complaciente de Roberto ocuparon en mí vastos terrenos, moldearon mi curiosidad, mis modos, y no es absurdo pensar que a la larga me modificaron para siempre. Cuando a los quince años decidí irme a la ciudad y mi padre amenazó con desheredarme, yo ya tenía una noción distinta a la de él sobre el valor de las pertenencias. Ahora, a mi manera, soy también huérfano. Enterré el rancho en mis libros, borré mis lazos con adjetivos acusatorios. Soy un poco albino, también, y es por protección que me alejo de lo brillante.
Dos semanas antes de que cumpliera diez años, en medio de la noche, hubo una pedrada en mi ventana. Algo le pasó a Roberto, fue lo único que pensé. Pero al asomarme vi a Jaime y, quién sabe cómo, en seguida supe que venía por el caballo. Era muy extraño verlo allí, se veía mucho más delgado que cuando entre las piedras de río se arremangaba la camisa y le saltaban las venas de los brazos. Yo era todo preguntas mientras atravesaba el patio. A dónde iba y por qué. ¿Había a caso algún sitio más agradable, hospitalario y recóndito que nuestro río? ¿De qué huía? Por suerte, buena o mala no lo sé, mi madre no escuchó nada. Salí solo y descubierto, excepto por mi tela fielmente anudada al cuello.
Jaime se veía más triste de lo que lo hubiera imaginado capaz. De una tristeza infantil, que yo creía sólo mía. Pero eso no le quitaba lo rígido, ni la mueca afectada de estar cumpliendo una condena, un Destino con mayúscula, algo mucho más exacto e importante que mis sentimientos. Y yo odié su claridad de miras. Resolví no dirigirle la palabra pero darle lo que quería, un regalo como un castigo. Eché a andar y él me siguió en la breve caminata. Continuó cabizbajo al ensillar y al montar. Me enojaba que prolongara pacíficamente mi silencio, arrebatándole su carácter punitivo. Sé que fue para lastimarlo que me desanudé la tela y se la tendí junto con la rienda. Titubeó pero al final la aceptó con el mismo gesto dolorido. Entonces fui hacia la puerta. Levanté la tranca como solía hacer Roberto y abrí de par en par las hojas de madera pesada. Jaime guió al caballo hacia afuera y éste se puso a pastar. Lo miramos inmóviles, aplastados por el silencio ruidoso de la madrugada. Jaime le clavó un talonazo al caballo y como por efecto de ese mismo golpe yo giré 180 grados. Los escuché alejarse durante mucho más tiempo del que deben haber sonado los cascos. Frente a mí, con el alba, el establo se convirtió en un granero.
Me gustaban del caballo su andar pausado, su pelaje y el modo en que me miraba. Era el único ser vivo que dependía –y dependía poquísimo- de mí. Al mismo tiempo era el que menos me exigía. No pedía por favor, no daba las gracias. Cuando le entraba polvo en la nariz estornudaba y seguía mascando. Me agradaba verlo comer. Tranquilo, resoplando de vez en vez, comiendo sólo cuando tenía hambre, sin darle demasiada importancia, pero disfrutando los bocados. En contraste con mi especie, siempre tensos por el aperitivo, el cubierto correcto y la plática de sobremesa, el caballo resultaba relajante y propagaba la ilusión de que comer era una necesidad física, no social.
Cada tercer día, Roberto me despertaba muy temprano con una pedrada en mi ventana. Mi madre a veces me oía levantarme y cuando yo iba atravesando el patio se me aparecía en camisón, con el pelo suelto, como nunca lo usaba de día. Tápate, decía cubriéndome con algo. Sé de sobra que a cualquiera de mis hermanas les hubiera cerrado el paso.
Nuestra casa era el ombligo del vasto rancho que habitábamos. Madera pintada de blanco: un lunar entre las hectáreas de pastizales y sembradíos. Mi mamá nos educó en casa y el mundo era una cosa en los libros que nos mostraba; otra distinta en la vida diaria. Los libros de mi mamá giraban todos en torno al sagrado: otro ombligo, El Libro entre los libros. Así, mi mundo tenía por confines La Biblia y los bordes de la propiedad paterna. Mis años se organizaban alrededor de las ceremonias religiosas, la siembra y la cosecha. Tenía bastante más de nueve años cuando entendí el tamaño de la burbuja en que me habían tenido.
Conservo de la burbuja algunas fotografías mentales. Quién sabe por qué, en ese alto contraste de la memoria visual, sobresalen las cosas claras. La casa, antes que nada. Pero también la luna y, mirado de frente con la espalda en el pasto: el sol. Las sábanas tendidas. El fondo satinado bajo las faldas de mis hermanas. El rocío en las telarañas, los huevos frescos, los almendros de la huerta en flor. Y Roberto. Roberto descolorido y con esas pecas deformes moteándole la cara. Roberto a medio día, cubriéndose con sombreros gigantes, o al amanecer, recargado en la verja tras haber lanzado una piedra en mi ventana. Cuando mi madre me había envuelto en una manta y yo salía, Roberto echaba andar y yo tras él, hasta el establo.
El establo era una improvisación: un viejo granero venido a establo en virtud del caballo que albergaba. Allí Roberto me daba clases casi en completo silencio. Lavábamos, peinábamos y ensillábamos al caballo, o le dábamos paseos. Ambos sabíamos que Roberto lo montaba, pero nunca en mi presencia. Luego yo volvía a casa. A menos de que se le hubiera caído un diente al caballo, en cuyo caso tenía permiso para faltar a las clases de mi mamá y pasar el día en el establo. Roberto me mostraba el asunto abriéndole la boca al animal como quien se asoma a un diccionario. Luego yo iba a una enciclopedia y le enseñaba a él los nombres de los dientes. Del que se iba o del que había llegado o de los que me acordaba. Roberto repetía los nombres lento, como si fueran comestibles.
Mi madre había establecido la norma de los dientes desde el principio: celebraríamos la caída de los dientes de leche y no, aunque en principio parecía mejor noticia, la llegada de nuevos dientes. Era un trato razonable: es imposible adquirir un diente de la noche a la mañana, puede perdérsele en un parpadeo.
La segunda posesión que me distinguía del resto era un pedazo de tela. Una mascada, una frazada, no sé, un metro cuadrado de tela algodonosa, ligera y color hueso. Era más agujero que tela, pero era mi tela. Había atravesado un desierto atada al cuello o al cráneo de Jaime. Una tela muy vieja, que él había heredado. ¿De quién? No puedo recordarlo y en verdad que no tiene sentido, puesto que era huérfano. Pero así me dijo al regalármela: la tela era antigua, la había heredado y con ella había cruzado algún desierto.
Jaime apareció en el río que había a algunos kilómetros de mi casa. Yo estaba allí solo, sentado en la orilla haciendo patitos con piedras cuando me saludó. Tuve miedo, al principio, ésa era mi tierra y en ella nunca se veían desconocidos. Pero tenía una buena sonrisa y se presentó como un caballero. Me hizo plática y muy pronto me relajé: le conté de mi caballo y él me contó de los caballos de Mongolia, que eran los únicos caballos salvajes que quedaban en el planeta. Jaime me parecía muy viejo y sabio- Sólo con los años su imagen fue virando en mi recuerdo a la de un joven embustero. Tuve enojo pero ya no. Ahora elijo recordarlo como lo veía entonces. Era mi genio, salido del río para contarme cuentos. Estaba lleno de invenciones que yo veía como valiosos datos, difíciles de obtener. A veces bastaba un gesto, un juntar las manos, un silencio; otras veces, para sacarle algo lo único que servía era no esperar. Pasé semanas llevándole provisiones. Nuestra amistad era mi más valioso secreto. Lo sentía así: valiosísimo y secretísimo. Ni siquiera a Roberto le conté.
Jaime tenía un mechón de canas, un humor bastante impredecible y una navaja suiza. A cambio de la comida me contaba buenas historias que fragmentaba y suspendía estratégicamente, para que yo volviera con algo al día siguiente. En verdad yo sentía el trueque casi injusto: sus historias eran invaluables junto a las cosas materiales que yo robaba de casa sin esfuerzo. Pero a él lo hacían feliz el pan, el agua y el tabaco. Sólo algunas veces me hizo encargos específicos: un mapa, hilo y aguja, cerillos, alcohol.
Cuando yo traía noticias sobre mi caballo (un diente menos, una silla nueva, ya sólo cuatro meses para mi cumpleaños y poderlo montar), Jaime se ponía raro. Al principio pensé que era envidia pero luego entendí que era interés. Se ponía a ver para todas partes como yo cuando mis hermanas hablaban de novios. Y me dio orgullo, porque con excepción de algunos detalles sobre mi padre y las plantaciones, el caballo y el establo parecían los únicos temas con los que yo lograba interesarlo. En retribución a los muchos cuentos y datos que el me daba, yo me esforzaba con mi única historia interesante. Le di todos los detalles sobre el caballo y el establo, sobre su ubicación, sus horarios y los de Roberto. Y cuando ya no había más detalles inventé cosas. Dije que el caballo saltaba obstáculos y ganaba carreras. Jaime me dio una explicación científica sobre el albinismo pero yo nunca se la compartí a Roberto. Las palabras no iban a curarle la piel. O quizás era avaricia nomás, no compartir nada de lo que Jaime me daba. Cuando años más tarde me mudé a la ciudad para estudiar, comencé a encontrar pedazos de las historias que Jaime me contó. No estaban escondidas, sino bastante a la mano en los clásicos. Pero de la emoción que me habían provocado antes, narradas al filo del agua y de la tarde, sólo encontré migajas.
El día que mi caballo perdió su último diente de leche, Roberto me despertó con pedradas. Pasamos el día en el establo y estábamos tan contentos que me olvidé de ir a ver a Jaime. Cuando al día siguiente bajé al río y le conté la buena nueva, él me regaló su tela. Es de verdad curioso que no recuerde casi nada sobre la historia de la tela y el desierto, debo haberla indagado en su momento, pero ya no sé. Seguramente me contestó, porque lo que no he olvidado jamás son sus no-respuestas, lo incontestado, los huecos que cavaba su silencio y que solían encharcarme el orgullo. Jaime podía extenderse horas en una anécdota, contestando aquí y allá preguntas minuciosas -¿qué comían en el desierto?, ¿no hace daño eso?-, pero llegaba un momento en que la pregunta le parecía comprometedora, quizás ofensiva y bajaba la cabeza. Después de un rato miraba hacia algún punto fuera de mi curiosidad y resoplaba: Algún día entenderás. Ése final de tarde siempre me dolía.
Ahora que tengo bastantes más años de los que tenía él entonces, siento que esa frase lo ayudaba con su cansancio, mucho mayor que lo que correspondía a su edad. Convenciéndose de que no sólo sabía, sino, sobre todo, entendía más que los otros, Jaime se daba combustible. Así funcionan las causas.
Cuando conocí a Jaime yo tenía claro qué clase de juego podía jugarse en mi casa, entre mis hermanas y todo ese orden de porcelana. No éramos dueños de nuestro futuro ni mucho menos de nuestros ideales. Ni siquiera yo. Una cosa era que me dieran libertades mayores que a mis hermanas, otra distinta si se me hubiera metido en la cabeza lo de luchar por una causa. A Jaime en cambio, seguramente nadie lo lloró si peleaba, ni probablemente lo lloraron sus compañeros cuando se les alejó. ¿Estaba haciendo una pausa? ¿Estaba perdido? Nunca sabré. Lo que sí es que a mis nueve años las piezas que yo me hacía parecían embonar perfectamente: Jaime era huérfano, naturalmente entonces, se había convertido en guerrillero. Poseía una tela como única pertenencia sentimental y la llevaba a todos sitios. Me la regaló con alevosía y ventaja, sólo para que, llegado el momento, yo me sintiera en deuda. Pero no fue la tela, sino las historias, la semilla de un mundo allá afuera, lo que yo pagué demasiado caro. Yo era entonces como esas larvas que esperan comida y cuya forma y color del futuro dependerá del alimento que hoy reciben. La mente atiborrada de Jaime y la soledad complaciente de Roberto ocuparon en mí vastos terrenos, moldearon mi curiosidad, mis modos, y no es absurdo pensar que a la larga me modificaron para siempre. Cuando a los quince años decidí irme a la ciudad y mi padre amenazó con desheredarme, yo ya tenía una noción distinta a la de él sobre el valor de las pertenencias. Ahora, a mi manera, soy también huérfano. Enterré el rancho en mis libros, borré mis lazos con adjetivos acusatorios. Soy un poco albino, también, y es por protección que me alejo de lo brillante.
Dos semanas antes de que cumpliera diez años, en medio de la noche, hubo una pedrada en mi ventana. Algo le pasó a Roberto, fue lo único que pensé. Pero al asomarme vi a Jaime y, quién sabe cómo, en seguida supe que venía por el caballo. Era muy extraño verlo allí, se veía mucho más delgado que cuando entre las piedras de río se arremangaba la camisa y le saltaban las venas de los brazos. Yo era todo preguntas mientras atravesaba el patio. A dónde iba y por qué. ¿Había a caso algún sitio más agradable, hospitalario y recóndito que nuestro río? ¿De qué huía? Por suerte, buena o mala no lo sé, mi madre no escuchó nada. Salí solo y descubierto, excepto por mi tela fielmente anudada al cuello.
Jaime se veía más triste de lo que lo hubiera imaginado capaz. De una tristeza infantil, que yo creía sólo mía. Pero eso no le quitaba lo rígido, ni la mueca afectada de estar cumpliendo una condena, un Destino con mayúscula, algo mucho más exacto e importante que mis sentimientos. Y yo odié su claridad de miras. Resolví no dirigirle la palabra pero darle lo que quería, un regalo como un castigo. Eché a andar y él me siguió en la breve caminata. Continuó cabizbajo al ensillar y al montar. Me enojaba que prolongara pacíficamente mi silencio, arrebatándole su carácter punitivo. Sé que fue para lastimarlo que me desanudé la tela y se la tendí junto con la rienda. Titubeó pero al final la aceptó con el mismo gesto dolorido. Entonces fui hacia la puerta. Levanté la tranca como solía hacer Roberto y abrí de par en par las hojas de madera pesada. Jaime guió al caballo hacia afuera y éste se puso a pastar. Lo miramos inmóviles, aplastados por el silencio ruidoso de la madrugada. Jaime le clavó un talonazo al caballo y como por efecto de ese mismo golpe yo giré 180 grados. Los escuché alejarse durante mucho más tiempo del que deben haber sonado los cascos. Frente a mí, con el alba, el establo se convirtió en un granero.
En El Esquinista, 2014
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