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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuba

Con los ojos cerrados - Reinaldo Arenas

A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero oír ningún consejo ni advertencia. Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano —cuando el primeo que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces— porque la escuela está bastante lejos. A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta. Pero ayer fue diferente y...

El papagayo - Humberto Arenal

Antes, Maggie tuvo una secreta debilidad por Tony Restrepo. Hasta le perdonó que se casara con su hija Peggy, que entonces tenía 17 años, y que la hiciera abandonar sus estudios en la Universidad. Le gustaba, a pesar de su piel oscura, su cara de indio y su acento latino al hablar, que ella tanto odiaba en los otros estudiantes latinoamericanos que venían a la casa. Pero Tony era alto y tenía los hombros anchos y unos ojos muy negros y fríos que a ella la hacían sentir una rara ansiedad en las manos, que se le agitaban, y una comezón en el vientre y un temblor en la voz. Aunque algunas veces había sentido un gran odio por él: por ejemplo, el día que se enteró de que se llevaba a Peggy al Perú. Y después cuando supo lo triste que se sentía ella en aquella casona de Lima, con toda la familia de él criticándola y vigilándola. La madre y las tías de Tony instándola a que fuera a misa todas las mañanas, a que se vistiera con más recato, a que no hablara fraternalmente con los hombres, espec...

La recompensa - Félix Pita Rodríguez

Los ojos de Marta se clavaron en el cuerpecito arrugado y empequeñecido por la fiebre. ¿Dónde estaría aquella bolita que corría por dentro y era el mal? Nicolasa había vuelto a ponerle en el costado la mano grande y obscura, como quemada. —Cuando el mal se encarama por encima de en la enjundia de las costillas, ya una no tiene fuerzas para atajarlo, Marta. Eso es lo que pasa. —¿Y ya le va por ahí? —Tócale aquí y lo sentirás. —¿Dónde? —Aquí, por el filo de las costillas. Es como una bolita que se mueve. —Yo no la siento. Pero debe ser la ignorancia, Nicolasa. —Eso debe ser. Volvió a apoyar el índice, levantándolo un poco para que la uña sucia no se le hundiera en la piel de la niña, pero la bolita del mal se deslizaba, negándosele. —No, no la siento. —No importa. Ahí está subiendo. Se agarra a las costillas para llegar al corazón. —¿Eso quiere decir que se va a morir? —Pudiera ser… A veces se para antes de llegar y se hace un grano empuja la piel y revienta. Pero a veces… Si me hubieras...

En lo alto de un hilo - Humberto Arenal

Creo que en parte yo lo sabía, pero no hubiera querido que aquello sucediera. Por lo menos en la forma en que sucedió. No sé. Cuando uno es niño tiene sus amores y sus ilusiones que hay que cuidar porque si no las cosas después no van bien en la vida. Mi madre aquel día se había levantado como siempre con sueño a hacer el desayuno, con sus ojos tristes y sus movimientos lentos. Por entonces yo soñaba con ser trapecista  — esto creo que fue después que renuncié dramáticamente a ser aviador a ruegos de mi hermana menor — y me la pasaba descolgado de un trapecio todo el día mirando el mundo al revés, que después he descubierto no es una mala manera de ver lo que nos rodea. Allí estaba oyendo a la vecina de al lado peleando con su hijo, mi amigo Tito, porque se había levantado demasiado temprano a tocar la trompeta y el tambor, y se negaba a lavarse la cara. Igual que todos los días. Mi madre se acercó con una moneda en la mano y me dijo que trajera media libra de falda para la sopa, q...

Caballito blanco - Onelio Jorge Cardoso

Era, primero un carrusel, o un niño primero y un carrusel después. Nunca se sabrá. La cosa es que el niño estaba enfermo de un mal de pie o de pierna que lo tenía impedido de caminar. Así pues, se pasaba el tiempo mirando por la ventana abierta dar vueltas al carrusel y oyendo su música alegre del otro lado de la calle. Veía los corcelitos pasar corriendo, desbocados, las bocas rojas de grandes dientes blancos y las crines de madera sueltas al viento. De modo tal que le fue tomando tanta simpatía al caballito, que no hubo tarde que no lo mirara ni noche que no soñara con él. Y, precisamente, una de esas noches en que estaba soñando, sintió un fuerte resoplido junto a la ventana, ¡brrrrr!, y despertó sorprendido por los ojos del caballito que lo miraban. —Oye, ¿qué te parece si damos una vueltecita por el campo? —dijo, y el niño se sintió tan contento que le saltó el corazón de alegría. —¡Ahora mismo! —dijo. —Pues monta —respondió el caballito. Pero de repente el niño se contuvo: —Es qu...

La carne - Virgilio Piñera

Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y pronto se vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales. Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras haberlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo pasó –como se dice– por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran sartén de las tortillas del domingo. Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era el vecino que venía a desahogarse… Pero Ansaldo, con elegante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino pregun...

Francisca y la muerte - Onelio Jorge Cardoso

—Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo. —Si no molesto —dijo—, quisiera saber dónde vive la señora Francisca. —Pues mire —le respondieron, y asomándose a la puerta, un hombre señaló con su dedo rudo de labrador:  Allá por los matorrales que bate el viento, ¿ve?, hay un camino que sube la colina. Arriba hallará la casa. “Cumplida está”, pensó la muerte, y dando las gracias echó a andar por el camino aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul resplandecía de luz. Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señora Francisca. “Menos mal, poco trabajo; un solo caso”, se dijo satisfecha de no fatigarse la muerte y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo y rocío.  Efecti...