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Mostrando las entradas etiquetadas como Chile

Trenzas - María Luisa Bombal

Porque día a día los orgullosos humanos que ahora somos, tendemos a desprendernos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas. Positivas, ignoran al desprenderse de estas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la tierra. Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso; desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera. ¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado! ¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacia su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterránea...

¿Quién eres? - Teresa Wilms Montt

Una noche de esas noches cálidas de verano, en que todo el cuerpo se vuelve pulmón para respirar, buscando fresco, con la dificultad del que busca oro, me dirigí con paso lento a las afueras de la ciudad. Después de mucho caminar y maldije la temperatura, di con un rincón a mi gusto. Era éste una hondonada en medio de un rústico jardín. Verde abajo, blando musgo, azul arriba, incendio de astros, y como orquesta, una fuente deslizante entre las piedras. Libre de inquietudes, suspirando de bienestar, despojeme de mis atavíos, —ridículos atavíos de moderno peregrino— y tendida de cara a los espacios, me dispuse a soñar, dormir o espantar los mosquitos, que es la diversión obligada de todo paseo campestre. No lejos ranas, sapos, y otros molestos animaluchos, oficiaban sabatinas en el saxófono de sus gargantas, cobijados bajo la espesura de las plantas enanas. Pardos murciélagos dibujaban misteriosos círculos en el aire, y las luciérnagas chisporroteaban en la sombra, zafiros y esmeraldas. ...

Incendiario - Joaquín Díaz Garcés

Don Serafín Espinosa tenía su tiendecita de trapos en la calle de San Diego, centro del pequeño comercio, que, ya que no puede tentar por el lujo de sus instalaciones ni por el surtido de la mercadería, atrae por la baratura inverosímil de sus artículos. Se llamaba la tienda «La bola de oro», y mostraba en el pequeño escaparate tiras bordadas, calcetines de algodón, hilo en ovillos y carretillas, broches, horquillas, jabón de olor, polvos, botines, tejido al crochet y loros de trapo. Los géneros se reducían al lienzo común para ropa interior de pobre, al tocuyo tosco y amarillento, al percal barato y de colores vivos, y a una que otra variedad de velo de monja para mantos de poco precio. Don Serafín era el alma más candorosa de la tierra. Se arruinaba lentamente tras del mesón; pero sin perder su encantadora sonrisa, modales amabilísimos, su generosidad innata y su fina cortesía. Si alguna mujer le pedía la llapa, al meter la tijera en el lienzo, corría como media vara más el corte...

Una señora - José Donoso

No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular. Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles. No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre un...

Entre todas las cosas primero es el mar - Antonio Skármeta

—Entre todas las cosas lo primero es el mar —dijo mi primo—. Y después el sol, y después la noche. Si es eso lo que querías saber, estás despachado. Alcánzame el martillo. Encontré la herramienta bajo los tapabarros del coche. Se la alcancé con prontitud. La cogió y empezó a machacar con golpes breves y violentos un tubo; seguramente el tubo de escape; no entiendo acerca de automóviles. —Es necesario enderezarlo —dijo mientras golpeaba. —No es eso lo que quería saber —repuse. —¿Qué es lo que no querías saber? —Bueno… lo del mar, y después el sol y después el viento —dije. —El viento no. Después del sol, la noche. —Entendido. Pues no era eso. —Veamos —dijo mi primo. —Tú estudiabas literatura. —Bien. Sigue. —Eras el novio de Angélica —agregué. —¿Cómo dijiste? —No me puedes oír si estás golpeando ese tubo todo el tiempo —grité. Sin interrumpir su tarea, se dio vuelta un segundo y me miró. Lu...

El pan bajo la bota - Nicomedes Guzmán

Todo un mundo de estrellas constelaba mi cabeza en los momentos en que comencé a penetrar en mi pobre barrio. Mi pobre y admirable barrio. Caserío sin buenas luces, pero desde cuyo corazón podía mirarse mejor el cielo que parecía apuntalado por la veterana gallardía de algunos álamos y eucaliptos. —¡Tan tarde que vienes, m’hijo! Mi madre estaba en la puerta de la casa, y me besó la frente. —Don Tito quiso que trabajara un poco más —dije simplemente. —Vienes helado… m’hijo… —Sí… Hace un poco de frío. —¡Tan avanzado que está el invierno, y todavía no tienes abrigo! —se dolió mi madre. No dije nada. Me encaminé al fondo del patio a mojarme las manos. Me ardían como si me las hubiesen desollado. Saltó de la llave del agua el chorro benefactor. Mi madre habíame seguido. —¡Otra vez con las manos deshechas, Enrique, por Dios! —Si no es nada, mamá… —¿Cómo nada, Enrique? … ¿A ver? Me cogió de un brazo para llevarme al comedorcillo, alumbrado ya por la escasa luz de la lámpara a parafina. Me esc...

El árbol - María Luisa Bombal

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa. "Mozart, tal vez" —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. "Mozart, tal vez, o Scarlatti..." ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella... Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. "No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol". ¡La indignaci...

Caperucita roja - Teresa Wilms Montt

¡Caperucita Roja! ¡Pobre muñeca rubia, cuya historia tanto hemos escuchado sin penetrar nunca la tragedia de su alma de flor! Como ustedes saben, Caperucita era buena, pero curiosa. Amó demasiado la plática del lobo en la soledad del bosque, olvidando los buenos consejos de su madre. ¡Era tan melifluo el ladino lobo! Sabía mirar tan hondo con sus ojos encendidos como ascuas. Caperucita no pudo escapar de esa red hábilmente entretejida de sutiles encantos, y murió, triturado el corazón entre los dientes de aguja… ¡Pobre Caperucita Roja, frágil cosita de sueño! ¡Con qué pena debemos llorar la muerte de tu alma de flor! En un país cuyo nombre no recuerdo —de esto hace mucho tiempo— vivía una señora viuda que poseía, como inmenso y único tesoro, una hija. Era la niña tan linda, tan blanca, tan rubia, tan suave, cual rayo de sol, cual copo de nieve; era ángel humano cuya carne fuese hecha de raso y pétalos. La viuda adoraba a su hijita; ella correspondía a ese cariño con beata sumisión. Cap...