—¿Hace tiempo que trabaja usted como bolero? —pregunto distraída al tipo que da vertiginoso lustre a mis zapatos. Responde una voz venida de un cántaro: —¡Oh, no! Llevo apenas dos años. Durante veinte fui velador en el Panteón de Dolores, era yo quien copiaba las actas de defunción. Aquí donde usted me ve, cursé la secundaria y tengo muy buena letra. ¡Veinte años!…, miro al hombrecillo de edad tan indefinible. A golpe de vista era un muchacho. Flaco, lampiño y borroso. Con un ojo encogido bordeado de azul que guiña sin su voluntad; la pupila triste naufraga en un caldo sanguinolento que le rebasa el párpado. El ojo izquierdo es diferente; puede pensarse que pertenece a otro dueño. Su labio superior cae lo mismo que el volante de una blusa vieja. El cráneo, dividido por una vena oscura que baja rodeándole la cara, parece un bulto sujeto con un cable. Despide vaho de orines de caballo y un persistente olor a niebla que inquieta a los propios árboles. Las manos pequeñas recuerdan el vien...