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Mostrando entradas de agosto, 2026

A imagen y semejanza - Mario Benedetti

Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos, fuera del papel, cerca del zócalo. L...

El hombre que aprendió a ladrar - Mario Benedetti

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse? Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan ...

La acusación - José Revueltas

Un mismo ruido como el de hoy, con rabia, resignado y seco, que no quería dejarse advertir, silencioso y con la misma fragancia hiriente de yerba, de veneno vegetal y animal, de atmósfera limitada entre la vida absoluta y difícil, y la ausencia y la muerte increíbles. Tan así que a veinte pasos, o desde la loma o la casa última, no era nada, ni movimiento, ni espectáculo, ni suceder, sino quietud, silencio mudo, inaudible existencia. Más tomado desde el solitario corazón terrenal, desde el corazón final de uno, era todo eso lleno de espanto y maravilla, todo eso ruidosamente sordo, clarividente y negro. Quiso rezar, como ocurre, pero la presencia de la muerte impidió la llegada de sus pensamientos y que estos desenvolviéranse en busca de Dios. Entonces se abandonó a sí mismo, sin fuerzas ya para el combate. —¡Cristo —le habían dicho—, vente a tomar una copa! —¡Cómo no! —repuso Cristóbal a los dos hombres que el pueblo había comisionado para que le dieran muerte. El mismo ruido siniestr...

El llamado - Horacio Quiroga

Yo estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe. —Vale la pena —me dijo el médico a quien había ido a visitar— que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual. La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando. No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en m...

Tierra ajena - Óscar Castro

Lisandro Pozo y el campo han sido amigos de siempre. Existe una profunda y clara compenetración entre ellos, que no precisa de palabras para manifestarse. Lisandro “siente” la tierra. La besa con los ojos y con los pies. Cada surco, cada repliegue, cada yuyito humilde que crece condecorando el seno pardo con su crucecilla de oro, le son familiares y constituyen el alfabeto de su devoción. El hombre tiene cuidados maternales para esta hija grandota que se despierta por las mañanas arrebujada en su pañuelo gris de neblina y que por las tardes precisa de un tintineo de grillos para dormir en paz. A Lisandro la tierra le parece una amante a la que guarda fidelidad. Siente un placer callado y hondo en abrir las represas del canal, para que el agua, cantando, extienda su amorosa lengua por sobre los terrones resecos. Y en los atardeceres, cuando el cielo es un gran zafiro pálido, él mira con no sabe qué íntimo gozo el temblor de la estrella primera en los espejos frágiles que hay diseminados...

No moriré del todo - Guadalupe Dueñas

Beatriz decidió morir. Compraría —eran sus últimos trescientos pesos— un boleto de avión y la póliza contra riesgos de viaje. Imaginó con halago la satisfacción de sus deudos: dos sobrinos y una prima lejanísima. Lo corriente es que un cadáver solo pese y mortifique; pero esta vez, fallecer significaría una fortuna. Beatriz se felicitó de poseer un cuerpo: ¡qué desperdicio si hubiera nacido camaleón o golondrina! Meditó en la torpeza de consumirse entre las sábanas y en el egoísmo con que se escamotea una justa ganancia. Los sobrinos besaron conmovidos a la tía cuando discutió con ellos el plan. La prima derramó una lágrima y todos muy cariñosos infundiéronle ánimo, explicando que ese tipo de muerte es rápido y sin molestias. Por lo general, estallan los motores en pleno vuelo. Si el aparato se estrella, el choque es tan eficaz que el aturdimiento impide apreciar las consecuencias; pero de cualquier manera, el mal rato no pasa de milésimos de segundo. Además, le hicieron reflexi...

La compasión - Horacio Quiroga

Cuando Enriqueta se desmayó, mi madre y hermanas se asustaron más de lo preciso. Yo entraba poco después, y al sentir mis pasos en el patio, corrieron demudadas a mí. Costóme algo enterarme cumplidamente de lo que había pasado, pues todas hablaban a la vez, iniciando entre exclamaciones bruscas carreras de un lado a otro. Al fin, supe que momentos antes habían sentido un ruido sordo en la sala, mientras el piano cesaba de golpe. Corrieron allá, encontrando a Enriqueta desvanecida sobre la alfombra.  La llevamos a su cama y le desprendimos el corsé, sin que recobrara el conocimiento. Para calmar a mamá, tuve que correr yo mismo en busca del médico. Cuando llegamos, Enriqueta acababa de volver en sí y estaba llorando entre dos almohadas. Como preveía, no era nada serio: un simple desmayo provocado por las digestiones anormales a que la someten los absurdos regímenes que se crea. Diez minutos después no sentía ya nada.  Mientras se preparaba el café, pues por lo menos merecía est...

La cautiva - José Emilio Pacheco

A las seis de la mañana un sacudimiento pareció arrancar de cuajo al pueblo entero. Salimos a la calle con miedo de que los techos se desplomaran sobre nosotros. Luego temimos que el suelo se abriera para devorarnos. Calmado el temblor, nuestras madres seguían rezando. Algunos juraban que el sismo iba a repetirse con mayor fuerza. Bajo tanta zozobra, creímos, no iban a enviarnos a la escuela. Entramos dos horas tarde y en realidad no hubo clases: nos limitamos a intercambiar experiencias. —En pleno 1934 —dijo el profesor— ustedes no pueden creer en las supersticiones que atemorizan a sus mayores. Lo que pasó esta mañana no es un castigo divino. Se trata de un fenómeno natural, un acomodo de las capas terrestres. El terremoto nos ha permitido apreciar la superioridad de lo moderno sobre lo antiguo. Como pueden ver, los más dañados son los edificios coloniales. En cambio los modernos resistieron la prueba. Repetimos su explicación ante nuestros padres. La consideraron una...

Ojos que no ven - Camila González Giovinazzo

Éstas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles. Rodolfo Walsh Sé que los días pasan gracias a la luz que se cuela por la ventanita que está en lo alto de la pared, al borde del techo. Observar el juego de la luz al ingresar se ha vuelto una tarea casi hipnótica para mí. Llevo una nota mental de cómo la traspasa, de sus pigmentaciones y de sus sombras. Nunca antes le había prestado demasiada atención, pero ahora ya soy toda una experta. He medido cómo varía, un poco todos los días, y sé que mañana será diferente. Ésa es mi única certeza, pero certeza al fin. Sucede que allá afuera la vida sigue, a pesar de todo, y la variación de la claridad es una prueba de ello. Por la mañana ingresa tenue, apenas sombrea mi catre. Hacia el mediodía comienza a ca...