Distinguió a lo lejos la capota roja del taxi, lo enfocó y persiguió luego en la curva donde el verde húmedo de los jardines resplandecía al sol, emplazó entonces su mirada en el parachoques delantero y lo atrajo hasta la entrada del edificio. Se abrió la portezuela de la izquierda… y no era él. Un cuerpo repulsivo —tan pequeño, tan escuálido, tan distinto al de él— cruzó la entrada cargando una maleta y subió el empinado pasadizo que conducía a la sala de espera. No vendrá, pensó . Le bastó con un simple apretón de manos en el porche, siempre pendiente de los ojos de Inés y mamá. Canalla. Cobarde. No… Probablemente Inés, sin siquiera darse cuenta, lo mantiene a raya con sus encargos: Nene, necesito ajos. Tomates, nene. Nene… Y seguramente ese renacuajo también lo hace pensar. Aunque me quiera —¡y me quiere!—, no querrá dejarlo. Cobarde. Yo puedo darle hijos de más, un buen hogar, hacerle felicidad, maldita Inés, estar contentos en una eterna luna de miel, es mío, Inés; yo puedo y si e...