Escribo este relato de la destrucción de mi ciudad para el Times de Londres. Pertenecí a la Sociedad de Geografía y Estadística de México, y no tengo otro título para implorar un poco de credulidad hacia esta narración. Desde niños nos es familiar la literatura de terremotos, naufragios y demás calamidades, y así, omitiré todo pormenor que sea propio del género. No diré, además, sino lo que vi, que fue bien poco, pues mi salida de la ciudad ocurrió cuando las lavas llegaban a las primeras casas, por el rumbo de San Antonio Abad. Declaro, finalmente, que abandoné a México sin ejecutar ningún acto heroico; y me daría, en consecuencia, mucho pesar verme mañana en libros de primeras lecturas con algún heroísmo grotesco a cuestas. Ante todo, ha causado profunda extrañeza el comportamiento del viejo Popocatépetl, que tras muchos siglos de hipocresía bajo los crepúsculos tuvo la chochez de una erupción. En las le...