Manuel tenía una cantidad infinita de anécdotas acerca de su abuela loca que tenía una choza y un terrenito a medio kilómetro del Puente de Oro. — Era loca, pero muy emprendedora — sonrió — , estaba orgullosa de su gran puente colgado sobre el Lempa. "Mi puentecito", le decía. Manuel era dirigente de una organización de campesinos salvadoreños que había venido a Europa a dar una serie de charlas. — ¿Qué tenía de loca? — preguntó Luisa. — Bueno, desde que prendió la guerra, el ejército puso retenes a cada extremo del puente para protegerlo. A mi abuela se le ocurrió que iba a hacer fortuna sirviéndole de cocinera a la tropa. Cada mañana se levantaba a las cuatro, para cocinar frijoles, echar tortillas y hacer una olla de arroz. Ponía todo en su carretilla y se iba a servirles el desayuno a los soldados del lado más cercano. Después cruzaba el puente, casi dos kilómetros, ¿se imagina?, para darles el desayuno a los del otro lado. De allí se iba a su casa a preparar...