Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Panamá

Guayacán de marzo - Bertalicia Peralta

La noche hervía y el aire que entraba por los ojos abiertos de las paredes venía caliente, caliente como la sangre de los habitantes del pueblo. Dorinda no dormía. Pensaba. No soñaba. A veces soñaba. Soñaba cosas lindas y dulces que nunca tuvo. Ahora no soñaba. No dormía. Solo pensaba. Y los pensamientos eran como ramas de veranera que se le retorcían en la mente y le estrujaban los sesos y le hacían brillar en seco los ojos negros y rasgados. Se movió en el camastro. Fue un movimiento leve, pero sin embargo el hombre a su lado pareció sentirlo porque se achicó más y trató de arrimarse. Dorinda lo esquivó. Sentía un asco infinito por ese cuerpo duro y sudado que durante tantos años había permanecido sobre el suyo, contra el suyo, exprimiéndole los senos, los muslos, jadeando sobre su vientre, rasgándole el mismo sexo, abriéndola siempre,  abriéndola, tratando de destruirla, pensó. Se movió hacia el otro lado del camastro. “Vamos al baile”, le dijo un día, hacía mucho ti...

La sílfide - Andrés Villa

La etérea silueta apareció por la veranda de la casa. Su cuerpo de sílfide, vestido con blancos ropajes arrastraba una larga y negra cabellera. Las aristas de su figura brillaban como material radiactivo. Lo más asombroso para los que podíamos verla era que sus pequeños pies no tocaban el suelo. Volaba desapareciendo siempre en la esquina de la plaza en dirección de la iglesia. En el pueblo afirmaban que era una bruja. Una mujer que tenía pacto con el averno y que aprovechaba la plenitud de la luna para romper las leyes de la gravedad. Que se transformaba y que no necesariamente tenía el cabello negro. Eso lo decían, pues había varias damas con el cabello de ese color, y para eximirlas de culpa, lo decían. Otra versión, la relatada por el viejo Yoyo, señalaba a un caballero que habitaba en las afueras del poblado como la clave del asunto. Pero el anciano era tacaño con su relato. Sólo mencionaba a Don Tomás como el único capaz en desentrañar el misterio de la bella aparecida que aterro...

La pregunta - Justo Arroyo

Lo primero son sus ojos. De pupilas tan quemantes que la primera reacción es la de apartar la vista. Pero el viejo lo sabe, y te mira hasta cuando no tienes más remedio que mirarlo también, hasta cuando el fuego de sus ojos te obliga a reconocer su existencia, que es de lo que se trata en primer lugar. Desde antes de entrar al restaurante el viejo empieza a cazar miradas. Primero de los clientes, a su derecha, que al principio no lo toman en cuenta, entretenidos como están en sus comidas o en conversación. Luego de los cocineros, a su izquierda, que vestidos de blanco sirven y alientan apetito con buen humor, preguntando con qué quieres el lomo o el pollo o el cerdo, que si con arroz, papas o espaguetti, sirviendo su porción diminuta y ostentando la estafa en cada plato, recalcando la inutilidad de toda protesta porque ya los quiero ver, yéndose hasta sus casas en medio del descomunal tranque, a ver si regresan a tiempo para el turno de la tarde. De modo que pague caro, coma poco y agu...