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La pregunta - Justo Arroyo

Lo primero son sus ojos.

De pupilas tan quemantes que la primera reacción es la de apartar la vista. Pero el viejo lo sabe, y te mira hasta cuando no tienes más remedio que mirarlo también, hasta cuando el fuego de sus ojos te obliga a reconocer su existencia, que es de lo que se trata en primer lugar.

Desde antes de entrar al restaurante el viejo empieza a cazar miradas. Primero de los clientes, a su derecha, que al principio no lo toman en cuenta, entretenidos como están en sus comidas o en conversación. Luego de los cocineros, a su izquierda, que vestidos de blanco sirven y alientan apetito con buen humor, preguntando con qué quieres el lomo o el pollo o el cerdo, que si con arroz, papas o espaguetti, sirviendo su porción diminuta y ostentando la estafa en cada plato, recalcando la inutilidad de toda protesta porque ya los quiero ver, yéndose hasta sus casas en medio del descomunal tranque, a ver si regresan a tiempo para el turno de la tarde.

De modo que pague caro, coma poco y aguántese: ¿Con qué quiere el lomo?

El viejo no.

Desde que aparece en la puerta los cocineros pierden el humor, despachan tensos y cada uno ruega que no le toque atenderlo. Las ropas del viejo son humildes pero limpias, y hay algo en su forma de llevar el cuerpo que indica que está dispuesto a cualquier enfrentamiento, que, es más, lo necesita.

El viejo nota cómo los cocineros reconocen su existencia en el endurecimiento de los hombros y en su repentina falta de ritmo, en la descoordinación entre platos, cucharas y comida. El viejo entonces toma su bandeja y ocupa su puesto en la fila. Está erguido, dueño de su territorio mientras pasa la vista por el restaurante, los cocineros, el tablero con el menú y la lista de precios.

Pero nada de esto tiene importancia: lo que cuenta es que ya los cocineros han reconocido su existencia. Él, en esa fila, con su bandeja en la mano, ha dejado de ser el viejo que todos desdeñan, que se le pasa al lado como si fuera una molestia, casi reclamándole el aire que respira y el espacio que ocupa, casi invitándolo a que se muera de una buena vez y deje su lugar a los jóvenes.

Al paso lento, entonces, el viejo se coloca frente a uno de los cocineros. Su mirada quema más y la orden es seca, el índice derecho apuntando al lomo. Cautivo de la mirada, el cocinero maldito se adelanta a servirle, en la mano izquierda un plato y en la derecha una cuchara. Para entonces se hace un gran silencio en la fila, en tanto que los otros cocineros sirven aliviados.

El cocinero que atiende al viejo busca con la cuchara en la bandeja del lomo. De allí, con mucho cuidado, extrae dos telitas de lomo: una... dos.

Ni una más.

Dos: delgadas, transparentes.

Salen cien telitas por cada libra de lomo y, a cuatro dólares la libra y a cuatro dólares el plato, la ganancia del restaurante es de un millón por ciento en este bravo ejemplo de capitalismo salvaje.

Pero cuando el cocinero se adelanta a mojar las telitas en salsa, la mano le tiembla, porque está consciente de que llegó la hora.

El silencio es total. El restaurante en pleno: comensales, meseros y cajeras responden a la quietud que llega de la fila, idos el rumor de platos y cubiertos, de conversación, de los pedidos de lomo, pollo o cerdo. Cada tenedor, cada cuchara y cada cuchillo suspende su accionar a medida que todos dirigen la mirada en dirección al viejo y a la fila detenida.

Entonces todos reconocen la existencia del viejo y nadie puede decir que no lo ve, que es sólo una sombra a la que se le pasa al lado. Porque cuando los ojos quemantes del viejo ceden la palabra a la voz, una voz que no tiene nada de antigua sino mucho del joven que fue y que dominaba con sólo entrar a un cuarto, aquel joven dentro de este cuerpo que hoy pretenden ignorar, la voz del viejo revienta el silencio del restaurante con la pregunta misteriosa, aquella que nadie antes de él se había atrevido a formular:

—¿Cuatro dólares por dos telitas de mierda?

El silencio sigue espesándose en lo que parece una película detenida, en todas las mesas un corte sin terminar o una mordida sin tragar o un vaso sin beber. Lo único que se mueve son los cien ojos de los clientes, que van del viejo al cocinero y del cocinero al viejo, en espera de la respuesta a la pregunta que todos se habían hecho desde la apertura del restaurante pero que, por temor o vergüenza, habían callado.

Pero el cocinero no contesta, tampoco se atreve a levantar la vista y sigue mojando en salsa las dos telitas de lomo. Entonces, en un intento por salvarse, como último recurso desesperado hacia la normalidad de su vida y la convivencia humana, el cocinero hace un esfuerzo supremo, sube la cara y mira directamente a los ojos del viejo, para, ante el impacto de la mirada, dejar escapar un graznido al contestar su pregunta con otra pregunta que creyó salvadora:

—¿Con qué quiere el lomo, señor, con arroz, papa o espaguetti?

Pero el viejo se ha preparado bien para cualquier táctica dilatoria, especialmente una tan infantil como ésta; y no es verdad que con la atención completa del restaurante, con el silencio que él ha provocado y con todas las miradas en su dirección, reconociendo su existencia, él va a dejar escapar el momento con este recurso patético del cocinero.

Por eso, la voz del viejo retumba invicta en cada oído, en cada mesa, en cada silla y en cada rincón del restuarante cuando exclama:

—Te hice una pregunta, maricón: ¿dos telitas de mierda por cuatro dólares?

El cocinero no puede más. Y en franca aceptación de su derrota, tira el plato con las telas de lomo sobre una mesa y huye llorando del campo de batalla. El viejo, mientras tanto, mantiene su sitio en la fila, erguido, bandeja en mano, esperando el próximo contrincante, ése que le aclare el secreto de las dos telitas de lomo por cuatro dólares, todo el respaldo del restaurante en sus hombros, los otros cocineros congelados en su sitio hasta cuando de adentro de la cocina sale corriendo el chef en persona para atenderlo.

Entonces, retomando el plato del viejo, el chef agrega una telita de lomo más.

—Y con bastante salsa en mi arroz— dice por último el viejo, mientras la fila avanza y el ritmo de platos y cubiertos, de gente que corta, mastica, traga y conversa, vuelve a llenar el restaurante.

A partir de ese día, en el restaurante sirven tres telitas de lomo.

Y a partir de ese día, también, todos están atentos a cuando el viejo pida pollo.

En Héroes a medio tiempo, 1998

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