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Mostrando las entradas etiquetadas como República Dominicana

Matar a un ratón - Virgilio Díaz Grullón

El niño recogió una pesada piedra de las que abundaban en el pequeño patio trasero de la casa, calculó cuidadosamente la puntería y la arrojó con fuerza contra el ratón que parecía observarlo atentamente a pocos pasos de distancia. La piedra, describiendo una corta parábola en el aire, cayó pesadamente sobre el espinazo del animal produciendo un ruido sordo. El ratón se arrastró un poco hacia el fondo del patio, se detuvo luego y haciendo una grotesca voltereta quedó por fin inmóvil con el vientre al sol. Dando media vuelta, el niño corrió velozmente hacia la casa. Abrió de un empujón la puerta y cruzó como una ráfaga de viento fresco la habitación semioscura donde la anciana dormitaba. Esta despertó sobresaltada y al comprobar la causa que la había sustraído de su sueño, cambió ligeramente de posición y cerró de nuevo los ojos. —¡Qué muchacho este! —murmuró… Ahora le sería difícil conciliar otra vez el sueño. Y el médico le había advertido que necesitaba dormir mucho y no preocuparse ...

Luis Pie - Juan Bosch

A eso de las siete la fiebre aturdía al haitiano Luis Pie. Además de que sentía la pierna endurecida, golpes internos le sacudían la ingle. Medio ciego por el dolor de cabeza y la debilidad, Luis Pie se sentó en el suelo, sobre las secas hojas de la caña, rayó un fósforo y trató de ver la herida. Allí estaba, en el dedo grueso de su pie derecho. Se trataba de una herida que no alcanzaba la pulgada, pero estaba llena de lodo. Se había cortado el dedo la tarde anterior, al pisar un pedazo de hierro viejo mientras tumbaba caña en la colonia Josefita.  Un golpe de aire apagó el fósforo, y el haitiano encendió otro. Quería estar seguro de que el mal le había entrado por la herida y no que se debía a obra de algún desconocido que deseaba hacerle daño. Escudriñó la pequeña cortada, con sus ojos cargados por la fiebre, y no supo qué responderse; después quiso levantarse y andar, pero el dolor había aumentado a tal grado que no podía mover la pierna.  Esto ocurría el sábado, al iniciar...

La rebelión - Virgilio Díaz Grullón

—¿Por qué no te casas, tía Julia? —Porque nadie ha querido casarse conmigo, Pedrito. Ella estaba sentada en la mecedora que impulsaba suavemente, tratando de adormecer al niño recostado en sus rodillas. —Yo me casaría contigo —dijo él—, pero soy muy chiquito, ¿verdad? La mujer sonrió con dulzura y le acarició el pelo mientras respondía: —Sí. Ahora estás muy chiquito; pero cuando crezcas, tal vez... —Creceré pronto, tía Julia, y entonces nos casaremos. —Sí, mi hijito, y seremos muy felices los dos, como en los cuentos. Pero ahora duérmete, que ya es tarde y mañana tendrás que madrugar. Bajó con lentitud la mano desde la cabeza del niño hasta su frente y desde allí a los ojos, forzándole suavemente a cerrarlos. Se meció durante un rato más, y cuando estuvo segura de que él dormía ya, se puso en pie y lo acostó en la cama. Tan pronto apagó la luz, comenzó a escucharse claramente dentro de la casa el ruido del hierro golpeando acompasadamente sobre el cuero. “¡Otra vez aquel hombre trabaja...

Más allá del espejo - Virgilio Díaz Grullón

Todo comenzó aquella tarde lluviosa de noviembre, cuando visité en compañía de mi esposa una pequeña tienda de antigüedades cerca del puerto en ocasión de nuestro último viaje a la capital. Mientras ella curioseaba unas miniaturas renacentistas y regateaba su precio con el dueño, yo pasé a la trastienda y me dediqué a observar varios espejos que estaban en el suelo, recostados de la pared. Uno entre todos llamó poderosamente mi atención. Era un espejo ovalado, de mediano tamaño, con marco dorado de madera labrada en estilo rococó, en el cual pequeños querubines semidesnudos, de caritas sonrientes, enmarcaban una luna que apenas se adivinaba bajo la espesa capa de polvo que la cubría. Me incliné para limpiarla con el pañuelo y allí mismo, en cuclillas frente a aquel curioso objeto, sentí el primer escalofrío de los que habrían de sacudirme a lo largo de los últimos meses. El rincón en que me hallaba estaba sumido en la semioscuridad y mi visión no podía ser clara. Sin embargo, tuve la i...

La mujer - Juan Bosch

La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera. Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas. La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris. A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen...

La mancha indeleble - Juan Bosch

Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel. Debo confesar que el espectáculo me produjo un miedo súbito e intenso. Durante cierto tiempo me sentí paralizado por el terror. Pero era el caso que aún incapacitado para pensar y para actuar, yo estaba allí: había pasado el umbral y tenía que entregar mi cabeza. Nadie podría evitarme esa macabra experiencia. La situación era en verdad aterradora. Parecía que no había distancia entre la vida que había dejado atrás, del otro lado de la puerta, y la que iba a iniciar en ese momento. Físicamente, la distancia sería de tres metros, tal vez de cuatro. Sin embargo lo que veía indicaba que la separación entre lo que fui ...

La broma póstuma - Virgilio Díaz Grullón

Durante toda su vida había sido un bromista consumado. De modo que aquel día en que visitaba el museo de figuras de cera recién instalado en el pueblo y se encontró frente a frente con una copia exacta de sí mismo, concibió de inmediato la más estupenda de sus bromas. La figura representaba un oficial del ejército norteamericano de principios del siglo pasado y formaba parte de la escenificación de una batalla contra indios pieles rojas. Aparte de que el color de sus propios cabellos era algo más claro, el parecido era tan completo que sólo con teñirse un poco el pelo y maquillarse el rostro para darle la apariencia cetrina del modelo, lograría una similitud absolutamente perfecta entre ambos. En la madrugada del siguiente día, luego de haberse transformado convenientemente, se introdujo a escondidas en el museo, despojó a la figura de cera de su raído uniforme vistiéndose con éste y escondió aquélla, junto con su propia ropa, en una alacena del sótano. Luego tomó el lugar del soldado ...