La etérea silueta apareció por la veranda de la casa. Su cuerpo de sílfide, vestido con blancos ropajes arrastraba una larga y negra cabellera. Las aristas de su figura brillaban como material radiactivo. Lo más asombroso para los que podíamos verla era que sus pequeños pies no tocaban el suelo. Volaba desapareciendo siempre en la esquina de la plaza en dirección de la iglesia. En el pueblo afirmaban que era una bruja. Una mujer que tenía pacto con el averno y que aprovechaba la plenitud de la luna para romper las leyes de la gravedad. Que se transformaba y que no necesariamente tenía el cabello negro. Eso lo decían, pues había varias damas con el cabello de ese color, y para eximirlas de culpa, lo decían. Otra versión, la relatada por el viejo Yoyo, señalaba a un caballero que habitaba en las afueras del poblado como la clave del asunto. Pero el anciano era tacaño con su relato. Sólo mencionaba a Don Tomás como el único capaz en desentrañar el misterio de la bella aparecida que aterro...