Mi compadre Ponciano Bayón es hombre rudo, poco expresivo en su afecto y hasta me temo que un tanto mezquino. Por eso me sorprendió vivamente cuando, a su regreso de la capital, me regaló aquel reloj con apariencia de fino. Yo sé que él me estima. Pero su decisión de traerme aquel obsequio era demasiado abrupta. Y no podía concebir que esa estimación fuera tan alta como para merecerle un regalo que debió costarle algunos cientos de pesos; pues la joya era chapeada de oro, de prestigiada marca y excelente máquina y hasta de un modelo bastante reciente. A él mismo jamás le había conocido otro reloj que el que heredó de su tatita, raspado, viejo y panzudo y de valor harto inferior. Había ido a visitarlo el mismo día de su regreso al pueblo. Y ufano de haber conocido antes que él la metrópoli, le dije: — ¿Quihubo, compadre? ¿Salieron o no atinados los consejos que le di? Me miró unos instantes con una especie de encono. Y luego introdujo la mano en un bolsillo y ofreciéndome con una sonri...