Aquí, Alfredo, debería contar la historia de nosotros dos; decir por ejemplo que en las estaciones de tren siempre tomamos café con leche y medialunas, nos ponemos tristes, y recordamos lúgubres viajes a través de un campo gris. O que una tarde hicimos llorar a un vendedor de muebles y después nos sentíamos como dioses. Algo, un fragmento de nuestra hermosa vida. Porque la vida, si una piensa en ella cuando está alegre (no en noches como ésta, en las que se aprende que es inútil creer que un día se abandonará esta despreciable existencia en borrador y se empezará a ser invulnerable), la vida también puede ser hermosa. Y a lo mejor mañana mismo me parece que es así y cuento La Maravillosa Historia de Nosotros Dos. Pero hoy no. Hoy sé que hay cosas que ya no se pasan en limpio. Por eso necesito acordarme de Isabelita. Ella estaba en casa desde hacía casi un año cuando pasó lo de las monedas. Después de eso y hasta que la echaron, uno o dos años más tarde, seguimos jugando juntas y yo con...