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La viajera- Elisa Mújica

Los domingos por la mañana Catalina salía a dar una caminata. Hacía poco que había llegado a la ciudad y no conocía casi a nadie, por lo que tenía que pasear sola. Además, de las personas se sentía lejos. Hablaban de sucesos en los que ella no había tomado parte e ignoraban los protagonizados por Catalina. No les podía decir simplemente: «Magdalena se casó la semana pasada», porque enseguida preguntaban: «¿cuál Magdalena?», «¿quién es esa Magdalena?». Y aunque les explicara que era una amiga suya que esperó durante diez años que su novio, un violinista de la sinfónica, se casara con ella, no se interesaban realmente porque nunca habían visto a Magdalena, ni compartido la sensación de angustia de aquellos diez años. Verdad que después de oír el relato se aproximaban a Catalina, como si les hubiera hecho una señal; pero resultaba demasiado lento y ambas partes carecían de la confianza de quienes han crecido juntos y no dudan en entregarse.
En cambio, las calles no ofrecían resistencia y se dejaban pisar por todos, cordiales. A Catalina le parecía que las había recorrido en otra ocasión. Allí sí encontraba los motivos que la identificaban con la gente: esa iglesia, por ejemplo, con su aire primitivo y su vieja espadaña, igual a la que había pintado algunas veces para adornar el pesebre de Navidad. Y los monumentos públicos, en los que el mismo héroe la miraba desde lo alto de su bronce con ojos familiares.
En las afueras, las calles añoraban la yerba. Conservaban aún el olor a musgo y a tréboles que habían tenido y que circulaba por ellas como el vaho caliente de una panadería. Allí vivía Catalina en una casa de aspecto modesto, sobre la cual se veía un letrero que decía: «Pensión de familia». Al llegar, empujó la puerta y entró. Frente a ella se elevaba una escalera blanca, con manchas verdes de plantas en los rellenos; pero a estas les faltaba riego, y Catalina corrió a la cocina en busca de agua. Las plantas marchitas la hacían pensar que las mujeres de la casa se hallaban enfermas. Mientras echaba el agua notó que al viejo cactus le había salido un retoño y que parecía muy orgulloso. Cuando extendía las yemas de los dedos sobre sus hojas, creía oír un latido que salía de lo más profundo de ellas.
Al terminar la escalera, se encontraba su habitación. Luego seguían en fila por el pasillo las de los demás huéspedes. Catalina tenía que pasar sola ese domingo, a menos que por la tarde fuera al cine del barrio acompañada por doña Tulia, la patrona. Empezaba a acostumbrarse a su cara ordinaria y, además, por fuerza debía tolerarla. No podía estar siempre sola y, aunque fuera de vez en cuando, necesitaba contar con alguien que le demostrara su aprobación y le sonriera.
En su cuarto, se miró al espejo. El viento de la calle le había alborotado el pelo y unos mechones rubios revoloteaban sobre su frente y le daban aspecto aniñado. Era pequeña y delgada, lo que llevaba a que le atribuyeran menor edad de la que tenía. Rápidamente abrió una gaveta y sacó papel de cartas y estilográfica. Le gustaba el color de esta, verde jaspeado de negro, y la acarició levemente por una especie de gratitud que la unía a cada objeto. Después de pensar un momento, dejó que la pluma se deslizara por el papel como si no le costara ningún esfuerzo.

* * *

Guido y Yolanda, sentados en la sala de su casa, leían la carta que acababan de recibir. A su lado se encontraban sillas forradas en peluche amarillo con ramazones rojas; un piano colocado en una especie de proscenio, separado del resto de la habitación por un par de columnas de yeso; algunos cuadros y dos espejos antiguos y hermosos. Los cuadros representaban castillos y a una mujer despeinada y estupefacta, abrazada a una cruz en lo alto de un promontorio. Nadie perseguía su imagen en los espejos ni averiguaba qué había llevado a la mujer a subirse al promontorio, y sobre todo aquello flotaba el aire de cansancio y tristeza de lo que pertenece a otra época.
Desde la partida de Catalina, Yolanda y Guido vivían solos en la casa, cuya propiedad se salvó milagrosamente de los pleitos en que se enredó la herencia del padre. Catalina aprovechó una oportunidad que se le presentó para realizar su sueño de viajar y tratar de conseguir algún dinero con qué vivir y ayudar a sus hermanos. Lo último no lo conseguía. En cambio, ¡se mostraba tan feliz en sus cartas! Yolanda sostenía en la mano la última que acababa de recibir, mientras Guido se inclinaba sobre el hombro de ella para leerla. Ambos se parecían a Catalina, pero eran más morenos, más duros. La carta decía:


«Hermanos queridos:
»Después de la fiesta de anoche no pude levantarme temprano. Pero eso no importa. Es domingo y les escribo desde la cama. La fiesta resultó espléndida y justificó os preparativos que había hecho mi novio para presentarme a su familia y a sus amigos. Cuando entré en la casa, que desde la calle resplandecía llena de invitados, de luces y de flores, me pareció ir al encuentro de algo misterioso y bello. Hugo me esperaba en la puerta y me llevó al salón. Empezamos a bailar con los acordes de la orquesta, instalada en un rincón tapizado de plantas, de modo que no se sabía de dónde llegaba la música. El baile y la alegría nos aturdían, mientras que en los salones las arañas brillaban, solemnes. Los criados circulaban por el comedor, impecables, transportando la comida que había sido colocada en las fuentes como si se tratara únicamente de que cumpliera un fin decorativo. Solo el cine nos da idea de lo que son esas fiestas, es decir, me la daba, pues ahora ya he asistido a una. Hugo y yo bailamos todas las piezas. ¡No pueden figurarse cómo es de bueno y de gentil! Es el tipo de hombre con que yo había soñado. A su lado me siento mejor y capaz de hacer lo que sea necesario para alcanzar nuestra felicidad. Su familia se mostró encantadora conmigo. Hablamos mucho de ustedes y algún día estoy segura de que podremos reunirnos. Ya ven que tenía razón al aceptar el empleo que me ofrecieron en este país, aunque al principio nos pareciera ridículo el sueldo. Pero mi suerte estaba aquí. A los pocos días de llegar conocí a Hugo, que me ha colmado de atenciones y cariño. Apenas me deja tiempo para escribirles. En este momento me acaba de llamar por teléfono para recordarme que debo salir a pasear con él y asistir al concierto de la noche. Tengo que empezar a vestirme, por lo que me despido. Hasta pronto. Besos para los dos,

»CATALINA».

Un sentido especial, parecido al olfato de un perro, se había desarrollado en Catalina para avisarle cuánto tiempo esperaría la patrona el pago de las mensualidades atrasadas. Aquella mañana oteó el peligro y huyó de puntillas. Pasó largo rato escondida en un portal cercano a la casa, preguntándose si la gruesa señora saldría pronto y le dejaría el campo libre. A lo lejos llamaban a misa las campanas de una iglesia, y cada sonido buscaba su pecho para repetirle que era extranjera. Su situación se había hecho terrible desde que la despidieron del último empleo y hasta ahora no le servía de nada la excelente recomendación que le entregó el embajador. Cuando la presentaba, todos le echaban una ojeada distraída, demasiado absorbidos por sus propios problemas para interesarse en los de una extraña.
Hacía mucho frío y resolvió regresar a la casa. Allí la esperaba una carta de Bogotá. La escritura del sobre recordaba la de Catalina, pero las rayas de las t se marcaban más cortas y firmes y los finales de las palabras no se extendían al capricho, como en la suya. ¿Qué le diría Yolanda? Cada vez que cogía un sobre se dejaba llevar por la idea de que dentro venía oculto lo maravilloso. Leyó:


«Catalina querida:
»Decididamente ha llegado para nosotros una época de buena suerte. La vida está compuesta de segundos buenos y horas malas, ¿no es cierto? Por eso debemos gozar lo más posible con los primeros. Pero basta de preámbulos. Estoy robándote la noticia. Ayer vino a visitarnos el tío Daniel. Tenía el aire de las personas convencidas de que van a producir un cambio decisivo en nuestras vidas, lo que las lleva a obrar con ausencia absoluta de naturalidad. Cuando Guido y yo aparecimos en la sala, se puso solemnemente de pie y nos dijo: “No conviene que dos jóvenes vivan solos. En mi casa hay de todo. No falta sino juventud, y ustedes la pondrán”. Después agregó: “Ya he hablado con María Rosa, y ella los espera con los brazos abiertos”. También nos dijo que desde hacía mucho había pensado pedírnoslo, que Guido podrá estudiar lo que quiera y que yo ingresaré a la academia de ballet. Claro que es entendido que cuando tú regreses tendrás tu sitio allí. Estamos empacando nuestras cosas para marcharnos, felices de dejar esta casa tan vieja. El tío Daniel ha hecho pintar mi habitación de lila, mi color preferido, y esta mañana la tía María Rosa nos mandó regalos. Ambos son muy buenos y les estamos enormemente agradecidos. A su lado Guido se convertirá en un hombre de provecho. Me imagino tu alegría al leer esta carta. Se parecerá a la nuestra con las tuyas. Recuerdos a Hugo, tu novio. ¿Cuándo me mandas su fotografía? Te besa,

»YOLANDA».


El cuarto sin calefacción está helado. A Catalina le parece que el frío no se halla fuera, sino dentro de su cuerpo. La noticia que le da Yolanda es magnífica para el porvenir de sus hermanos, pero ella no ha tenido parte y casi no la cuentan para nada. Lo que ha sucedido le parece igual a contemplar el desenlace feliz de una comedia en el teatro. La alegría no puede compartirse con los personajes de la escena. ¿Será mejor regresar a su tierra? Ahora se convertiría también en una extranjera allá, junto a los hermanos con intereses distintos a los suyos. La verían llegar pobre, enflaquecida, sin porvenir y sin siquiera un vestido nuevo. ¿Qué les contestaría si le preguntaran por sus éxitos, por Hugo? No. Eso no podría soportarlo. Seguirá dónde está. Allí, por lo menos, le pertenece algo: el mundo que se ha creado. Si se va, no lo recuperará nunca.
Con los dedos agarrotados por el frío, escribe:

«Yolanda mía:
»¡Qué feliz me has hecho con tu carta! Debes corresponder con tu cariño a la bondad de tío Daniel y tía María Rosa. Parece que hay que esperar demasiado para encontrar la dicha y, sin embargo, cuando llega nos asombra. Quisiera ir a verlos, aunque fuera por unos días, pero Hugo se opone al viaje. Dice que me necesita a su lado. Por eso me quedo. Además, mi situación económica es muy buena y mis jefes me aprecian. Hasta me han dado vacaciones por unos días y las aprovecho para salir con mi novio. Esta mañana estuve con él en el gran parque de su casa, abandonado y semisalvaje. Pero me gusta así y no con los árboles y las yerbas recortados y compuestos, lo mismo que si acabaran de pasar por la peluquería. Lejos de la casa (el parque es enorme) encontramos un sendero bordeado de sauces que se desmelenaban al viento y me hicieron pensar en las pelucas de inmensas mujeres verdes. Me creía en el parque del palacio descrito en El cumpleaños de la infanta, que leímos el último diciembre, ¿recuerdas? Sobre todo cuando llegamos al pie de una figura deliciosa, de piedra, que representaba a una ninfa, pero medio desportillada y con sombras de musgo. Parecía otro árbol…».



En Ángela y el diablo, 1953

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