Pasó su décimo cumpleaños en el pueblo de su madre. Todas las vacaciones volvían a ese pueblo de la selva donde no había autos sino motos que daban vueltas alrededor de la plaza e insectos gigantes que se achicharraban en los postes de luz. Su padre compraba mara para llevar a la ciudad y hacer con ella muebles laqueados: con el tiempo había más madereros en la selva y menos árboles de mara, y más muebles laqueados con cabezas de cisne en las casas elegantes. A Ofelia le gustaba el pueblo porque la dejaban jugar con los niños del barrio hasta pasada la medianoche. Casi todos los niños andaban también en moto, como una pandilla de pequeños repartidores de pizza. En el único cine proyectaban películas de samuráis, y en la plaza había una heladería donde compraban helados de frutas de nombres misteriosos y sonoros: motojobobo, cacharana, pitanga, ocoró, asaí…
El día de su cumpleaños sus padres la llevaron a comer a El Palacio del Dragón, el único restaurante chino de la zona. Del techo colgaba un biombo rojo y dorado y la entrada estaba custodiada por dos dragones de estuco. En la puerta sus padres saludaron con deferencia a un hombre rubio y de semblante estragado por las ojeras: era el señor T., quien alguna vez fuera un cantante conocido. Ahora era alcohólico y cantaba en karaokes y en las fiestas de cumpleaños de los estancieros. El señor T. saludó a su madre con un explosivo beso en la mejilla que la dejó aturdida y sonrojada. Luego abrazó a Ofelia por su cumpleaños envolviéndola con su aliento a whisky: Es una chica guapa, dijo, una lástima que no haya sacado los ojos de su padre.
Antes de que los padres de Ofelia pudieran reaccionar el señor T. se había marchado y un mesero de falsos bigotes largos y sombrero rojo de papel los conducía a una mesa redonda al lado de una pecera donde daban vueltas unos bagres atónitos. Pero el ánimo de Ofelia se había ensombrecido por el comentario. No pudo reponerse ni cuando le trajeron la torta de durazno.
Después de soplar las velas el mesero dejó una bandeja de galletitas de la suerte envueltas en papel aluminio con el dibujo de un crisantemo. La de Mariano, su hermano mayor, decía «La superstición es la poesía de los pobres». A su madre le salió «El que nace tatú muere cavando», mensaje que le agrió el humor. La galleta de la suerte de Ofelia, en cambio, llegó cargada de promesas: «Se cumplen todo tipo de deseos. Llame al 666-666». Ofelia se guardó el papelito en el bolsillo sin mostrárselo a nadie.
Se fue a dormir con los pensamientos saltando en su cabeza como monos en las copas de los árboles. Pensó que hubiese querido haber nacido con los ojos verdes de su padre, hijo de campesinos italianos que llegaron al país huyendo de la guerra. Pero tanto a ella como a sus cinco hermanos les tocaron los ojos rabiosamente oscuros de su madre, la novena hija de un maestro rural borracho y de una mujer muy pobre. La madre de Ofelia había eludido el destino de la gente del pueblo casándose con ese hermoso extranjero de ojos verdes y si regresaba era porque el negocio de su marido la obligaba. De lo contrario nunca habría mirado atrás. Cuando los niños del pueblo le preguntaban a Ofelia de dónde era, ella contestaba sin vacilar: de Italia. Aunque nunca hubiera visitado ese país, y aunque hubiera heredado la nariz chata de su tía Amanda y los ojos chocolate oscuro de casi todo el mundo.
Al día siguiente se acercó al teléfono color mostaza en la sala de la casa que alquilaban, al lado de la libreta de cuero negro donde su padre guardaba las tarjetas de los clientes y de los aserraderos. Ofelia marcó el número del papelito. Una música de ascensor precedió a la voz elegante de una secretaria:
—¿En qué la puedo ayudar?
La voz modulada y cálida de la secretaria la convenció de que se trataba de un lugar serio y no de un tumbe.
—El anuncio dice que se cumplen todo tipo de deseos —dijo Ofelia, y explicó en qué consistía el suyo—: Yo quiero tener ojos verdes. ¿Es posible?
—Eso lo tiene que discutir directamente con el Jefe —dijo la secretaria.
Ofelia anotó la dirección. El lunes fue con el dinero que había recibido por su cumpleaños guardado en un monedero de plástico. El lugar era un salón de tatuajes en el segundo piso de un mercado. En la sala de espera había un joven metalero haciendo crucigramas. La secretaria era increíblemente bonita, pensó Ofelia, tal y como la había imaginado. Su pisapapeles era una bolita de cristal que contenía una minúscula casa sobre la que no cesaba de nevar. La secretaria levantó los ojos hacia ella y sus pestañas postizas se alzaron como un abanico.
—El Jefe te está esperando —le dijo.
Cuando Ofelia entró al despacho el Jefe estaba inclinado sobre el escritorio aspirando un polvo de cristales de un espejito de bolsillo. Se limpió la nariz con el dorso de la mano, escondió el espejo en un cajón y se acomodó el cabello negro engominado: tenía una sonrisa blanquísima. A Ofelia le gustó su camisa a rayitas negras, blancas y anaranjadas bien ajustada al torso y arremangada a la altura de los codos. Era un día caluroso pero la habitación estaba helada, pese a que no veía por ninguna parte la instalación del aire acondicionado. En la pared colgaba un cuadro tropical de un tucán posado sobre una palmera, de esos que se conseguían en los puestos de los Cachivacheros.
El Jefe la invitó a sentarse y la contempló de arriba abajo:
—Ya me estaba preguntando por qué tardabas tanto en venir —le dijo.
Acercó su rostro al de Ofelia: en su perfume se sentía la fuerte presencia del anís, un olor que a ella le desagradaba. Le preguntó cuál era el deseo de su corazón. Ella se lo susurró en la oreja, aliviada de quitárselo del pecho. El Jefe asintió sin inmutarse.
—Cosas más raras me han pedido otras niñas —comentó.
Ella sintió una enorme simpatía por el Jefe.
—¿Cuánto cobra? —preguntó, y apretó nerviosa el monedero entre sus manos.
—Solo voy a necesitar una pequeña firma.
Le puso delante un libro de tapas gruesas con páginas llenas de las firmas irregulares de muchas otras niñas. Para ser quien era, pensó Ofelia, el Jefe tenía las manos temblorosas y las uñas muy largas y sucias. Ella había visto ya la escena muchas veces en los libros de catecismo del colegio y le sorprendió cuán fácil resultaba renunciar al Cielo. ¿A quién le importaba el coro de ángeles si podía tener los ojos color menta con los que soñaba…? Agarró con firmeza el lapicero plateado y estampó su firma en letras grandes y redondas: en el lugar donde correspondía el punto de la «i» dibujó un corazón. No sintió nada extraordinario. En verdad, poquita cosa: apenas el suave aleteo en la memoria de aquello que se escapa, la incapacidad de evocar las texturas de las frutas del monte y los rostros de los niños del barrio, el olvido de imágenes largamente acariciadas como la franja de estrellas entre las ramas de los árboles… Pero no es posible echar de menos aquello que ya no se recuerda, y ella tenía prisa por convertirse en otra.
—Ahora mírame —dijo él, cogiéndola por la barbilla.
Ofelia alzó la vista para recibir el mundo con esos ojos nuevos. Quería creer que allá, sobre el lienzo torpe del tucán, empezaría a hacerse nítido el paisaje soñado de la tierra de su padre. Pero solo vio la luz oscura emanando de los ojos del Jefe como de un cántaro volcado.
Encandilada con su propio reflejo, se acercó para besarlo.
El día de su cumpleaños sus padres la llevaron a comer a El Palacio del Dragón, el único restaurante chino de la zona. Del techo colgaba un biombo rojo y dorado y la entrada estaba custodiada por dos dragones de estuco. En la puerta sus padres saludaron con deferencia a un hombre rubio y de semblante estragado por las ojeras: era el señor T., quien alguna vez fuera un cantante conocido. Ahora era alcohólico y cantaba en karaokes y en las fiestas de cumpleaños de los estancieros. El señor T. saludó a su madre con un explosivo beso en la mejilla que la dejó aturdida y sonrojada. Luego abrazó a Ofelia por su cumpleaños envolviéndola con su aliento a whisky: Es una chica guapa, dijo, una lástima que no haya sacado los ojos de su padre.
Antes de que los padres de Ofelia pudieran reaccionar el señor T. se había marchado y un mesero de falsos bigotes largos y sombrero rojo de papel los conducía a una mesa redonda al lado de una pecera donde daban vueltas unos bagres atónitos. Pero el ánimo de Ofelia se había ensombrecido por el comentario. No pudo reponerse ni cuando le trajeron la torta de durazno.
Después de soplar las velas el mesero dejó una bandeja de galletitas de la suerte envueltas en papel aluminio con el dibujo de un crisantemo. La de Mariano, su hermano mayor, decía «La superstición es la poesía de los pobres». A su madre le salió «El que nace tatú muere cavando», mensaje que le agrió el humor. La galleta de la suerte de Ofelia, en cambio, llegó cargada de promesas: «Se cumplen todo tipo de deseos. Llame al 666-666». Ofelia se guardó el papelito en el bolsillo sin mostrárselo a nadie.
Se fue a dormir con los pensamientos saltando en su cabeza como monos en las copas de los árboles. Pensó que hubiese querido haber nacido con los ojos verdes de su padre, hijo de campesinos italianos que llegaron al país huyendo de la guerra. Pero tanto a ella como a sus cinco hermanos les tocaron los ojos rabiosamente oscuros de su madre, la novena hija de un maestro rural borracho y de una mujer muy pobre. La madre de Ofelia había eludido el destino de la gente del pueblo casándose con ese hermoso extranjero de ojos verdes y si regresaba era porque el negocio de su marido la obligaba. De lo contrario nunca habría mirado atrás. Cuando los niños del pueblo le preguntaban a Ofelia de dónde era, ella contestaba sin vacilar: de Italia. Aunque nunca hubiera visitado ese país, y aunque hubiera heredado la nariz chata de su tía Amanda y los ojos chocolate oscuro de casi todo el mundo.
Al día siguiente se acercó al teléfono color mostaza en la sala de la casa que alquilaban, al lado de la libreta de cuero negro donde su padre guardaba las tarjetas de los clientes y de los aserraderos. Ofelia marcó el número del papelito. Una música de ascensor precedió a la voz elegante de una secretaria:
—¿En qué la puedo ayudar?
La voz modulada y cálida de la secretaria la convenció de que se trataba de un lugar serio y no de un tumbe.
—El anuncio dice que se cumplen todo tipo de deseos —dijo Ofelia, y explicó en qué consistía el suyo—: Yo quiero tener ojos verdes. ¿Es posible?
—Eso lo tiene que discutir directamente con el Jefe —dijo la secretaria.
Ofelia anotó la dirección. El lunes fue con el dinero que había recibido por su cumpleaños guardado en un monedero de plástico. El lugar era un salón de tatuajes en el segundo piso de un mercado. En la sala de espera había un joven metalero haciendo crucigramas. La secretaria era increíblemente bonita, pensó Ofelia, tal y como la había imaginado. Su pisapapeles era una bolita de cristal que contenía una minúscula casa sobre la que no cesaba de nevar. La secretaria levantó los ojos hacia ella y sus pestañas postizas se alzaron como un abanico.
—El Jefe te está esperando —le dijo.
Cuando Ofelia entró al despacho el Jefe estaba inclinado sobre el escritorio aspirando un polvo de cristales de un espejito de bolsillo. Se limpió la nariz con el dorso de la mano, escondió el espejo en un cajón y se acomodó el cabello negro engominado: tenía una sonrisa blanquísima. A Ofelia le gustó su camisa a rayitas negras, blancas y anaranjadas bien ajustada al torso y arremangada a la altura de los codos. Era un día caluroso pero la habitación estaba helada, pese a que no veía por ninguna parte la instalación del aire acondicionado. En la pared colgaba un cuadro tropical de un tucán posado sobre una palmera, de esos que se conseguían en los puestos de los Cachivacheros.
El Jefe la invitó a sentarse y la contempló de arriba abajo:
—Ya me estaba preguntando por qué tardabas tanto en venir —le dijo.
Acercó su rostro al de Ofelia: en su perfume se sentía la fuerte presencia del anís, un olor que a ella le desagradaba. Le preguntó cuál era el deseo de su corazón. Ella se lo susurró en la oreja, aliviada de quitárselo del pecho. El Jefe asintió sin inmutarse.
—Cosas más raras me han pedido otras niñas —comentó.
Ella sintió una enorme simpatía por el Jefe.
—¿Cuánto cobra? —preguntó, y apretó nerviosa el monedero entre sus manos.
—Solo voy a necesitar una pequeña firma.
Le puso delante un libro de tapas gruesas con páginas llenas de las firmas irregulares de muchas otras niñas. Para ser quien era, pensó Ofelia, el Jefe tenía las manos temblorosas y las uñas muy largas y sucias. Ella había visto ya la escena muchas veces en los libros de catecismo del colegio y le sorprendió cuán fácil resultaba renunciar al Cielo. ¿A quién le importaba el coro de ángeles si podía tener los ojos color menta con los que soñaba…? Agarró con firmeza el lapicero plateado y estampó su firma en letras grandes y redondas: en el lugar donde correspondía el punto de la «i» dibujó un corazón. No sintió nada extraordinario. En verdad, poquita cosa: apenas el suave aleteo en la memoria de aquello que se escapa, la incapacidad de evocar las texturas de las frutas del monte y los rostros de los niños del barrio, el olvido de imágenes largamente acariciadas como la franja de estrellas entre las ramas de los árboles… Pero no es posible echar de menos aquello que ya no se recuerda, y ella tenía prisa por convertirse en otra.
—Ahora mírame —dijo él, cogiéndola por la barbilla.
Ofelia alzó la vista para recibir el mundo con esos ojos nuevos. Quería creer que allá, sobre el lienzo torpe del tucán, empezaría a hacerse nítido el paisaje soñado de la tierra de su padre. Pero solo vio la luz oscura emanando de los ojos del Jefe como de un cántaro volcado.
Encandilada con su propio reflejo, se acercó para besarlo.
En Ustedes brillan en lo oscuro, 2022
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