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Un misterio en el aire - Edmundo Valadés

La aeromoza, arreglándose el cabello, llegó con retraso al aeropuerto y con prisa nerviosa, cuidando la estabilidad de sus pasos, se dirigió al avión en que daría servicio. Los pasajeros, ya instalados en sus sitios, cerraban los cinturones de seguridad, pues acababan de subir al bimotor Hawter Sidley, que los llevaría de Seattle a Miami en un viaje particular. Reprendida por el piloto, que esperaba, en punto de impacientarse en lo alto de la escalerilla, pero más en actitud amistosa que severa, asumió sus tareas. Comprobó el número de personas enlistadas, diez nada más, y acomodadas a su gusto, ante las opciones que permitían asientos vacíos.
        Ella había pasado la noche en una larga reunión muy divertida, casi destrampada, con consumo excesivo de bebidas y pase de cigarrillos de mariguana. El ambiente, tanto por la intención provocativa de las conversaciones, casi siempre en el tema de las cuestiones sexuales o eróticas, como por incitaciones en los momentos bailables, propicios a los apretones corpóreos y a los besos y a los tocamientos audaces, estimulaba convertirse en orgía.
        La hora avanzada, —casi amanecía—, y el compromiso de cumplir un vuelo poco después, la armaron de resistencia —con gran esfuerzo— para no irse al departamento de quien acabó por ser su pareja, oponiendo un no desesperado a la invitación para acostarse juntos.
        Encanto preparaba el servicio, su ánimo, por la resaca alcohólica, el estímulo de la yerba y la desvelada era, al mismo tiempo, como estar en una irrealidad y mantener una lucidez capaz de ver su entorno con otros ojos, con el deseo de acercarse a experiencias fascinantes —así fueran inconcretas— y confundirse con la novedad existencial que parecía rodearla ahora, en dilatada dimensión, allí en el aire, en el espacio lejos de lo terreno, de lo rutinario, del mundo estrecho de abajo. Era tener la llave para abrir las puertas de lo dionisiaco, de lo mágico, en donde lo más inesperado podría suceder.
        Después de que el avión se elevó, recorrió el pasillo ofreciendo bebidas, café y sandwiches. Los pasajeros, en grupos aislados de conversaciones, indicaban una familiaridad o relaciones amistosas de quienes se reúnen para un viaje de placer o de negocios. Poco a poco, los fue ubicando, sin poner atención especial en alguno de ellos, salvo en el pasajero instalado en uno de los últimos asientos, cerca del lavabo, porque a pesar de los grandes anteojos oscuros que le velaban media cara, tuvo la impresión momentánea, ante ciertos rasgos perceptibles, de recordarle a alguien conocido. Su duda fue fugaz, sin atinar en la identidad de quien le había despertado volátil curiosidad, incapaz de concentrarse en averiguarla, curiosidad que se disipó del todo, atraída por sus íntimas sensaciones.
        Cuando uno de los pasajeros le solicitó un café, al volver con la charola en que puso la jarra y la taza, le pareció extraño que no estuviera en su asiento. No lo había visto pasar, si es que había ido al baño. Regresó al gabinete de servicio, y desprendida de lo cercano, con ganas de salir del avión y flotar sobre las sedantes nubes, las contempló un instante por una de las ventanillas, viendo cómo navegaban en el espacio, y calculando en ellas colchones prodigiosos que alentaban a caer en ellas y compartir su bello viaje.
        La sensación de irrealidad que seguía invadiéndola, tuvo un corte súbito: mirando hacia el pasillo cayó en extraña confusión, pues las cabezas salientes en el borde de los asientos ocupados y visibles desde su sitio, no aparecían ya. No era posible que los pasajeros estuvieran juntos en el baño. No. Con azoro, su desconcierto le produjo un sobresalto, inicial alarma, porque lo que pudo verificar, al recorrer el pasillo en urgente averiguación, era que los pasajeros habían desaparecido, esfumados increíblemente, con excepción del único localizable: el de los grandes anteojos, y a quien pensó recurrir para juntarle la ausencia absurda de los demás. Sin cumplir su impulso, por una involuntaria reserva de último momento, y en trance de vivir lo más incomprensible, con un temor creciente de quizás padecer una alucinación o de estar perdiendo el control de los sentidos, se encaminó casi corriendo, exhausta, hacia el comando de la nave, para frenar el alud de la angustia que la torturaba, en busca de una explicación liberadora.
        Lo más terrible, y que la empujó al umbral de la histeria, fue lo que vio: la cabina estaba vacía, vacíos los asientos del piloto y el copiloto. El avión volaba por sí solo, sin guía humana, como fantasma metálico en la inmensidad del cielo. Haciendo un esfuerzo inconmensurable, porque cerrar los ojos o caer desvanecida era como morir, sin tener respuesta que equivalía a su razón de vivir, la última esperanza de no gritar y perderse en el pánico, tuvo ánimos para volver a la última y única posibilidad de librar la locura y el espanto: al hombre de los anteojos oscuros.
        Él estaba allí, en su asiento, y se los había quitado, viéndola con una semisonrisa entre apenada y explicativa, como pidiendo excusas. De golpe, con el corazón para estallarle, al poder ella ver su rostro entero, su identidad se le restituyó, íntegra, cabal, esa identidad difundida en la televisión tantas veces. En una vuelta resucitadora a la realidad, a la lógica del mundo conocido, a su comprensión, disuelto el turbador misterio, sólo pudo balbucir, como oración salvadora:
        —¡David Copperfield, el mago!

A Mempo Giardinelli

En La muerte tiene permiso, 2017

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