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El conejo en la luna - Luis Leal

Hace mucho tiempo no había astros en el cielo. Todo estaba oscuro. No existía el día. No había ni sol ni luna ni estrellas.
Entonces se reunieron los dioses en el lugar que se llama Teotihuacán y dijeron:
— ¿Quién se encargará de dar luz al mundo?
A esas palabras respondió un dios que se llamaba Tecuci. El dios dijo:
— Yo me encargo de dar luz al mundo.
Luego hablaron los dioses otra vez y dijeron:
— ¿Quién quiere ayudarlo?
Al instante se miraron los unos a los otros y ninguno quería ofrecerse para hacer aquella tarea. Todos tenían miedo.
Entre los dioses había uno llamado Nanahuatzin, a quien nadie hacía caso. Era pequeño, muy feo y tenía una desagradable enfermedad de la piel, que algunos creen que era lepra. Además, casi nunca hablaba. Sólo oía lo que los otros dioses decían y casi nunca daba su opinión. No le gustaba intervenir en las conversaciones de los otros dioses. Pero esa vez, uno de ellos le habló y le dijo:
— Tú, Nanahuatzin, debes de ser el otro dios que se encargue de dar luz al mundo.
Y Nanahuatzin respondió:
— Obedezco de buena voluntad lo que me ordenan. Yo seré el otro dios. Yo también me encargaré de dar luz al mundo. Tecusi y Nanahuatzin comenzaron a prepararse haciendo penitencia. Los otros dioses encendieron un gran fuego, pues ya habían creado la lumbre.
El dios Tecuci, como era rico, ofreció cosas muy valiosas como oro, plata, plumas de quetzal de muchos colores y varias preciosas joyas, entre las que resaltaban las apreciadas piedras verdes. 
Nanahuatzin, como era pobre, sólo ofreció flores del campo, ramas que tomaba de los árboles y algunas legumbres.
Cuando acabaron de hacer la penitencia, los dos dioses comenzaron la ceremonia para dar luz al mundo.
Los otros dioses vistieron a Tecuci con una chaqueta muy fina y le adornaron la cabeza con plumas de quetzal de ricos colores. A Nanahuatzin le pusieron una corona de papel mate y una simple camisa de algodón. Luego todos los dioses se sentaron en círculo alrededor del fuego. Tecuci y Nanahuatzin se colocaron enfrente con la cara hacia el fuego. Entonces los otros dioses dijeron:
— ¡Adelante, Tecuci! ¡Entra en el fuego!
Inmediatamente Tecuci se preparó para entrar en el fuego. Pero como el fuego era grande y estaba ardiendo, sintió un gran calor y tuvo miedo. Otra vez trató de entrar en el fuego, pero otra vez tuvo miedo. Cuatro veces probó, y cuatro veces se detuvo y no pudo entrar. Según las reglas establecidas por los dioses, nadie podía probar más de cuatro veces.
Así, los dioses hablaron a Nanahuatzin y le dijeron:
— ¡Nanahuatzin, ahora te toca a ti! Nanahuatzin cerró los ojos, corrió y entró en el fuego. Y cuando Tecuci vio a su rival entrar en el fuego, él también cerró los ojos y entró en el fuego.
Cuando los dos dioses se quemaron, los otros con gran ansiedad esperaban a ver qué pasaba. Después de algún tiempo, el cielo comenzó a ponerse rojo, y en todas partes apareció la luz.
Dicen que después de esto los dioses escudriñaban en el cielo para ver por dónde vendría Nanahuatzin a traer la luz al mundo. Miraron por todas partes, pero no se atrevían a decir por dónde saldría la luz. Algunos pensaban que saldría por el sur. Otros decían que saldría por el norte; otros miraban hacia el oeste, y otros hacia el este.
Por fin salió el sol por el este. Estaba tan brillante con rayos de luz por todas partes, que nadie podía mirarlo. Y poco después salió la luna por la misma parte por donde había salido el sol. Nanahuatzin, que entró primero en el fuego, salió primero, convertido en sol. Y Tecusi, que entró después, se convirtió en la luna.
Y dicen que los dos, el sol y la luna, tenían la misma luz, brillaban de la misma manera. Y cuando los dioses vieron que los dos brillaban igual, hablaron entre sí otra vez y dijeron:
— ¡Oh, dioses! ¿Cómo puede ser esto? ¿Está bien que los dos, el sol y la luna, den la misma luz?
Y los dioses decidieron unánimemente:
— No, no está bien. Tecuci debe dar menos luz.
Uno de ellos, corriendo, le dio un golpe a Tecuci en la cara con un conejo y se la oscureció. Y así quedó la luna como está ahora, con la figura de un conejo en la cara.
Un día el sol se detuvo. No quería moverse. Otra vez, los dioses se reunieron en Teotihuacán, donde habían construido dos pirámides, una para el sol y otra más pequeña para la luna. Uno de los dioses exclamó:
— El sol tiene que seguir su camino. ¿Qué vamos a hacer? Si el sol no se mueve, todos moriremos. Entonces otro dios tuvo una idea.
— Cuando a uno le pican los mosquitos, no se puede estar quieto.
¿Por qué no le enviamos un mosquito para que le pique?
Y así lo hicieron. El mosquito voló hasta donde el sol estaba detenido y le picó. Inmediatamente el sol comenzó a moverse y siguió su camino. Hasta hoy no se ha detenido, ya que tiene miedo que el mosquito vuelva a picarle.

*En Cuentos Mexicanos. De los Orígenes a la Revolución., Stockcero, 2007

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