Sarita baja por Campomanes con una botella de petróleo diáfano en la mano. La alcanzo y le digo: —¿Quiere que le cargue el petróleo? Ella, que no me ha visto, se sobresalta, se ruboriza, se turba, se retuerce y hasta después me mira. —¡Ay, pero qué susto me ha dado! —me dice—. Creí que sería uno de esos tipos que se le acercan a una y le dicen cosas. Ahora soy yo quien se siente turbado. Tomo la botella de petróleo y la acompaño a su casa por el pasaje donde venden los churros. Ella me dice que Cuévano está lleno de groseros y degenerados. Hay partes de la ciudad en las que las mujeres sencillamente no pueden caminar sin arriesgarse a que les hagan alguna malcriadez —como la esquina del Ventarrón, por ejemplo—. —El otro día iba yo bajando muy tranquila por la calle de Zacateros, cuando uno que va pasando, se me acerca y me dice "buenos días", y al mismo tiempo, ¡que me baja el cierre! ¿Usted cree que eso es justo? Nunca la había oído decir tantas palabras de un tirón. La escucho atentamente, sin interrumpirla más que para decir, ¡qué barbaridad! o ¡no me diga! Trato, con mucha discreción de verle el paladar —no sé por qué me da la impresión de que lo tiene negro—, pero no alcanzo a ver más que sus dientes poderosísimos. Cuando llegamos a la puerta de su casa, le entrego su botella de petróleo. Ella no me invita a entrar, pero me sonríe muy amable antes de cerrar la puerta. ¿Para qué querrá el petróleo?
En el norte de Turambul, había una vez una señora que era la peor señora del mundo. Era gorda como un hipopótamo, fumaba puro y tenía dos colmillos puntiagudos y brillantes. Además, usaba botas de pico y tenía unas uñas grandes y filosas con las que le gustaba rasguñar a la gente. A sus cinco hijos les pegaba cuando sacaban malas calificaciones en la escuela, y también cuando sacaban dieces.Los castigaba cuando se portaban bien y cuando se portaban mal. Les echaba jugo de limón en los ojos lo mismo si hacían travesuras que si le ayudaban a barrer la casa o a lavar los platos de la comida. Además de todo, en el desayuno les servía comida para perros. El que no se la comiera debía saltar la cuerda ciento veinte veces, hacer cincuenta sentadillas y dormir en el gallinero. Los niños del vecindario se echaban a correr cuando veían que ella se acercaba. Lo mismo sucedía con los señores y las señoras y los viejitos y las viejitas y los policías y los dueños de las tiendas. Hasta los gatos y l...
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