Sarita baja por Campomanes con una botella de petróleo diáfano en la mano. La alcanzo y le digo: —¿Quiere que le cargue el petróleo? Ella, que no me ha visto, se sobresalta, se ruboriza, se turba, se retuerce y hasta después me mira. —¡Ay, pero qué susto me ha dado! —me dice—. Creí que sería uno de esos tipos que se le acercan a una y le dicen cosas. Ahora soy yo quien se siente turbado. Tomo la botella de petróleo y la acompaño a su casa por el pasaje donde venden los churros. Ella me dice que Cuévano está lleno de groseros y degenerados. Hay partes de la ciudad en las que las mujeres sencillamente no pueden caminar sin arriesgarse a que les hagan alguna malcriadez —como la esquina del Ventarrón, por ejemplo—. —El otro día iba yo bajando muy tranquila por la calle de Zacateros, cuando uno que va pasando, se me acerca y me dice "buenos días", y al mismo tiempo, ¡que me baja el cierre! ¿Usted cree que eso es justo? Nunca la había oído decir tantas palabras de un tirón. La escucho atentamente, sin interrumpirla más que para decir, ¡qué barbaridad! o ¡no me diga! Trato, con mucha discreción de verle el paladar —no sé por qué me da la impresión de que lo tiene negro—, pero no alcanzo a ver más que sus dientes poderosísimos. Cuando llegamos a la puerta de su casa, le entrego su botella de petróleo. Ella no me invita a entrar, pero me sonríe muy amable antes de cerrar la puerta. ¿Para qué querrá el petróleo?
A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos. Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida. Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta. —A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan. — ¿Oh noche que juntaste amado con amada, / amada en el amado transformada? —Los diremos a la misma hora. —A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán. —En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua. —A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie. —Creyendo que es tuyo, para no grita...
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