El México Lindo estaba en la esquina de la rue des Canettes y la rue Guisarde, a un paso de la place Saint Sulpice, y en mi primer año de París, en que pasé apuros de dinero, muchas noches fui a apostarme a la puerta falsa de ese restaurante, a esperar a que Paúl se apareciera con un paquetito de tamales, tortillas, carnitas o enchiladas, que yo me iba a despachar en mi buhardilla del Hotel du Sénat antes de que se enfriaran. Paúl había entrado a trabajar en el México Lindo como pinche de cocina, y al poco tiempo, gracias a sus habilidades culinarias, fue ascendido a ayudante del chef y cuando lo dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma a la revolución ya era cocinero titular del establecimiento. En esos comienzos de los años sesenta París vivía la fiebre de la Revolución Cubana y pululaba de jóvenes venidos de los cinco continentes que, como Paúl, soñaban con repetir en sus países la gesta de Fidel Castro y sus barbudos y se preparaban para ello, en serio o en juego, en conspiraciones de café. Además de ganarse la vida en el México Lindo, cuando yo lo conocí, a los pocos días de mi llegada a París, Paúl tomaba unos cursos de Biología en la Sorbona, que abandonó también por la revolución. Nos hicimos amigos en un cafecito del Barrio Latino, donde nos reuníamos un grupo de esos sudamericanos que Sebastián Salazar Bondy llamó en un libro de cuentos Pobre gente de París. Paúl, al enterarse de mis apuros, me propuso echarme una mano en lo concerniente a la comida, pues en el México Lindo ella sobraba. Que, a eso de las diez de la noche, me pasara por la puerta falsa y me ofrecería «un banquete gratis y caliente», algo que había hecho ya con otros compatriotas menesterosos. Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años a lo más, y era un barrilito con pies —muy, muy gordo—, simpático, amiguero y conversador. Andaba siempre con una gran sonrisa en la boca que le inflaba los cachetes. En el Perú había estudiado varios años de Medicina y pasó algún tiempo en la cárcel por ser uno de los organizadores de la célebre huelga de la Universidad de San Marcos del año 1952, cuando la dictadura del general Odría. Antes de llegar a París estuvo un par de años en Madrid, donde se casó con una chica de Burgos. Acababan de tener un hijo. Vivía en el Marais, que, entonces, antes de que André Malraux, ministro de Cultura del general De Gaulle, emprendiera la gran limpieza y rehabilitación de las antiguas mansiones desvencijadas y arrebozadas de mugre de los siglos XVII y XVIII, era un barrio de artesanos, ebanistas, zapateros, sastres y judíos pobres, y gran número de estudiantes y artistas insolventes. Además de esos rápidos encuentros en la puerta de servicio del México Lindo, solíamos reunirnos también, al mediodía, en La Petite Source del Carrefour del Odeón o en la terraza de Le Cluny, en la esquina de Saint Michel y Saint Germain, para tomar un café y contarnos nuestras andanzas. Las mías consistían exclusivamente en múltiples gestiones para conseguir un trabajo, algo nada fácil, pues mi título de abogado de una universidad peruana no impresionaba a nadie en París, ni tampoco que me desenvolviera bastante bien en inglés y francés. Y las de él, en los preparativos de la revolución que haría del Perú la segunda República Socialista de América Latina. Un día en que de improviso me preguntó si me interesaría ir con una beca a Cuba a recibir instrucción militar, le dije a Paúl que, aunque tenía toda la simpatía del mundo por él, la política no me interesaba lo más mínimo; más, la detestaba, y todas mis ilusiones se cifraban —perdón por la mediocridad pequeñoburguesa, compadre— en conseguir un trabajito estable que me permitiera pasar sin pena ni gloria el resto de mis días en París. Le dije también que no se le ocurriera contarme nada de sus conspiraciones, no quería vivir con la angustia de que se me fuera a escapar alguna información que pudiera perjudicarlos a él y a sus compañeros. —No te preocupes. Tengo confianza en ti, Ricardo.
A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos. Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida. Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta. —A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan. — ¿Oh noche que juntaste amado con amada, / amada en el amado transformada? —Los diremos a la misma hora. —A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán. —En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua. —A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie. —Creyendo que es tuyo, para no grita...
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