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Tomasa – Cristina Pacheco


Tomasa es de Oaxaca. Chaparrita, morena, ancha de huesos, las cejas pobladas se juntan con el arranque de su cabellera, intensamente oscura. Los ojos y la boca tienen una expresión de asombro constante y dan a su rostro un aire infantil pese a que “ya’stoy grandi”. Tomasa ignora las inquietudes que causa en algunas mujeres el paso de los años. Concibe la existencia como un todo que empieza y acaba por voluntad divina. Absorta en cuanto ocurre a su alrededor, se interesa por todos y por todo, menos por su persona. 

Hace nueve años su esposo la trajo a la capital. Viudo, con hijos grandes a los que Tomasa nunca ha visto, Anselmo la trata, más que como a una esposa, como a una huérfana que está a su cuidado. Él se ocupó de mostrarle el rumbo, de marcarle los puntos de referencia. “Fíjate bien: allí donde está ese edificio grandote das la vuelta a la derecha y luego te vas de filo hasta que encuentres la casa”; y también de enseñarle el español, que ella ha dominado con increíble facilidad. Una de las cosas que la fascina es ver cómo en su cabeza —que le parece un espacio tan pequeñito— han ido acumulándose nombres para designar nuevas cosas, lugares, personas. Esto la hace feliz, la divierte; pero lo que más le gusta en la vida es ir a la escuela donde todos los días, a las once de la mañana, vende la nieve que su esposo la enseñó a preparar. 

2

En el patio de la escuela no hay árboles, ni juegos, ni la clásica tiendita. Seis aulas fueron construidas alrededor de esa plancha de concreto siempre azotada por ráfagas de viento. Un viento incontenible y feroz que se lleva las nubes, que arranca las hojas de los cuadernos y levanta las faldas de las niñas provocando, tal vez, las primeras inquietudes entre los Luises y los Jorges y los Eusebios que, a causa de esas visiones momentáneas, vuelven sus juegos más violentos. 

Pegaditas a la pared, frente a los baños de los que emana un olor agrio, se colocan diariamente las tres mujeres que van hasta la escuela para vender tostadas y taquitos de arroz: “Tortas no, porque el pan está caro y a los niños les gusta menos que la tortilla”. Allí se coloca Tomasa con su carrito llamado La lucha, y espera que salga al patio el profesor Pichardo para gritar —a falta de campana—: “Es hora del recreo”. 

Entonces aparecen los niños, que de inmediato se dirigen al sitio donde están las vendedoras. La lucha los atrae más que nada. Llegan hasta allí entre empellones y gritos. Se asoman para ver “¿de qué trajo hoy, eh?” y entonces, con su tono cantado, la nevera les dice: “De limón, de jamaica, de naranja, de piña: todos a tres pesitos”. Conforme va diciendo esas palabras siente cómo crece el apetito de los niños, su antojo de cosas dulces en el mundo árido y difícil de la colonia edificada sobre basureros y charcos de aguas negras. 

3

De niña, Tomasa nunca fue a la escuela: “En el rancho no había, y en la mera Oaxaca tuve que trabajar desde ansinita”. Quizá por eso le gusta tanto ir diariamente al plantel donde las ventas son mínimas, pero en cambio cree mirarse a sí misma cuando niña. Ella no se molesta por los cristales rotos de las ventanas, las puertas desvencijadas, los muros carcomidos por la sal, el mal olor que sale de los baños. Va a la escuela como a un lugar mágico. 

En cuanto puede, Tomasa se acerca a los salones vacíos. Sin atreverse a entrar, desde el umbral, mira las hojas que los maestros colocan en la pared con símbolos o frases que deletrea orgullosa: “La ne-na tiene su na-na”. Más difícil le resultan las agrupaciones de números, apenas visibles sobre pizarrones desgastados. 

Durante la media hora que dura el descanso, Tomasa se siente confundida entre los niños —hijos que no tuvo ni tendrá. Una suave amargura la inunda cuando en el patio reaparece el profesor Pichardo que entre palmadas grita: “Se terminó el recreo. A formarse y luego al salón”. Cuando el patio está ya completamente vacío, la nevera se despide de las otras vendedoras y más para sí misma que para ellas formula una promesa: “Ai nos vemos mañana”. 

Despacito, sorteando baches, perros y maloras, la nevera camina, como siempre, en línea recta. El viento incontenible que arrastra por igual la basura y las nubes dispersa hacia todos los rumbos el aroma frutal de Tomasa: “De limón, de jamaica, de naranja, de piña: todos a tres pesitos...”.

En Sopita de fideo, Océano, 1984.

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