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Muerte en terapia - Nicolás Sack

Tras una larga jornada laboral Marcelo Robledo estaba exhausto, con un cansancio acumulado desde el principio de la semana. Este trabajo es agotador, pensó mientras daba fuego con un pequeño encendedor metálico su anteúltimo cigarrillo del día. En ese día había atendido a nueve pacientes, cada uno con diversos y complejos problemas que a Robledo francamente no le interesaban en lo más mínimo. La realidad es que en los últimos tiempos dudaba de si seguir ejerciendo o no la psicología. Oír conflictos ajenos era desagradable, desgastante. Podría decirse que Marcelo atravesaba una etapa de desamor hacia su trabajo, como si en un abrir y cerrar de ojos la noble carrera estudiada hubiera dejado de ser su vocación. Los horarios eran demasiado extensos, la paga no era buena y las historias de los pacientes comenzaban a deteriorar su salud mental. De hecho había estado cerca de abandonar todo y cumplir su sueño de abrir una cafetería, pero desistió al momento de conocer a su nuevo paciente; algo en aquel individuo despertaba en Robledo una curiosidad que no sentía desde la infancia. Y era entendible, pues este sujeto no era como cualquier otro, sino que se trataba ni más ni menos que de La Muerte. Al principio resultó difícil para Robledo concebir la idea de que la representación física de la muerte pudiese existir, más aún que acudiera a su despacho en busca de asistencia psicológica. “Dame una prueba de que realmente sos quien decís ser”, le había dicho Robledo en su primer encuentro; y la misteriosa figura no hizo más que tocar con uno de sus largos y huesudos dedos una de las plantas del despacho, que de inmediato se marchitó. Aquella era toda la evidencia que el licenciado necesitaba. Tres meses habían pasado desde aquel incidente pero él lo recordaba con gran detalle. Robledo miró la maceta, ahora vacía, donde había reposado su planta, y sintió un leve escalofrío. Después de aquel día La Muerte lo visitaba todos los jueves a la misma hora para su sesión semanal. Sin perdérsela por nada en el mundo y siempre puntual. Pero aquél día La Muerte no había llegado y Robledo ya empezaba a preocuparse. Según su reloj, el paciente debía haber arribado hacía diez minutos. El psicólogo se encontraba sentado en su silla marrón de cuero; la única luz que ingresaba a la lúgubre sala provenía de una ventana a sus espaldas. Mientras fumaba su cigarrillo repasó la ficha de su paciente. Si había un rasgo que definía a La Muerte era sin duda la inseguridad, lo que a él le resultaba sorprendente e incluso un poco gracioso. Como alguien o algo tan intimidante y atemorizante fuera tan inseguro, era insólito. Naturalmente no podía comentar a nadie acerca de este paciente, ya que debía mantener el secreto profesional, sin importar a quién atendiera. Sin embargo Robledo, de alguna forma disfrutaba de la situación. No cualquiera podía ser el terapeuta de la muerte. Le gustaba como sonaba aquello, lo llenaba de orgullo. Pensar que tal vez él algún día podría influenciar las acciones de aquella criatura. Esa idea le daba una sensación inigualable de poder. Mientras el psicólogo se regodeaba la muerte llamó a su puerta. 

—Adelante, está abierto— dijo Robledo. 

De la entrada emergió una figura de alta estatura pero de contextura pequeña vestida por completo de negro, desde su camisa y su pantalón liso hasta sus zapatos de gamuza. Sus ojos tenían algo particular; eran grises, y su mirada se notaba cansada, al parecer, La Muerte también había tenido un largo día.

—Disculpe la demora, hubo una explosión en una fábrica y estuve ocupado... 

Robledo sabía lo que eso significaba. No era bueno que la muerte estuviese ocupada. 

—No hay problema, yo también tuve un día largo. Siéntese y hábleme de su semana. 

La Muerte se dejó caer en el sillón, casi como si se desplomara, pero antes de hablar sobre su vida señaló el cigarrillo de Robledo. 

—¿Qué le dije del cigarrillo Robledo? Apague eso, que el humo tóxico mata y después me echan la culpa a mí.

El terapeuta de inmediato apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal que tenía en su escritorio, y luego hizo un ademán como para que su paciente prosiguiera con su historia.

La muerte comenzó a hablar.

—Siempre lo mismo. Todos me odian o me tienen miedo. Siento el rechazo de la sociedad y creo que nadie me entiende ni me va a entender nunca. 

El psicólogo hacía rápidas anotaciones en su libreta. Cuando atendía a un paciente normal sólo fingía escribir y se limitaba a dibujar garabatos, pero con él era distinto. 

—¿Y por qué siente eso?

—Porque es lo que todos me demuestran. Nadie recibe a la muerte con una sonrisa, siempre hay llanto...

—Bueno, es entendible. Su accionar implica... 

—¿Pero qué culpa tengo yo? Solo hago mi trabajo. No elegí hacer esto. A mí nadie me preguntó si quería ser la muerte. Y lo peor es que esto está empezando a repercutir en mi vida privada. Después de la última sesión quise seguir su consejo y tomarme unas vacaciones por el fin de semana, irme al Caribe, pero no pude ni aterrizar que ya me surgió un tema laboral por culpa de una falla del avión. Me pasé las vacaciones trabajando. Y así siempre, si voy a un restaurante alguien se atraganta con un hueso de pollo y tengo que interrumpir mi almuerzo por trabajo. Ya no aguanto más. 

En el medio del relato al paciente se le quebraba la voz, al final terminó entre lágrimas. Robledo nunca habría imaginado ver a la muerte llorar de esa forma y quejarse de lo complicada que es su vida. Era verdad: no tenía descanso. 

—Mire, sé que debe ser difícil pasar por lo que usted pasa, pero no es nada que no se pueda enfrentar. Después de todo, viene haciéndolo a la perfección desde hace diez mil años. Y la realidad es que a nosotros los humanos nos cuesta aceptar algo tan definitivo como la muerte. Nunca podríamos recibirlo a usted con los brazos abiertos. Pero piense, por otra parte, que pudo hacerle frente a dos guerras mundiales, a la peste negra, a incontables terremotos. No hay nada que usted no pueda superar.

—Tiene razón, doctor Robledo, no hay duda. Pero dígame cómo hacer para que mi trabajo no interfiera con mi tiempo libre. Hoy a la noche voy a ir a ver una obra al teatro. Saqué las entradas con mucha anticipación y resulta que el actor principal tiene “programada” una visita mía en el mismo horario. 

Robledo pensó un poco antes de responder:

—Se me ocurre algo, podría reprogramar la visita para cuando finalice la obra, así puede disfrutar de su tiempo libre y también hacer su trabajo.

Una leve sonrisa nacía del pálido rostro de la muerte.

—Excelente idea, Robledo, no se me había ocurrido.

—Para eso estoy, para ayudarlo. 

El terapeuta miró su reloj: la sesión debía terminar. —Ya es la hora, así que parece que es todo por hoy— dijo satisfecho. —Creo que hicimos grandes avances a pesar del poco tiempo que tuvimos.

—Estoy de acuerdo, doctor muchísimas gracias.

—Ya le dije, estoy para ayudarle.

El psicólogo acompañó a la muerte hasta la puerta y le estrechó la mano. Al tacto el paciente estaba muy frío, pero Robledo ya se había acostumbrado.

—Bueno, me despido, nos veremos mañana Robledo— dijo con cierta alegría el paciente. 

El psicólogo emitió una leve risita aunque estaba extrañado ya que el paciente bien sabía cuando tenía sus sesiones. 

—¿Mañana? La próxima sesión es la semana que viene... 

—Ya lo sé— respondió la muerte a secas y sin decir una palabra más abandonó el despacho dejando al terapeuta a solas.

Robledo volvió a mirar la maceta vacía y con resignación encendió su último cigarrillo.

En Antología Itaú de Cuento Digital, 2019.

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