Todos debían hallarse dormidos en la casa, menos María Fernanda, que velaba, aunque se había acostado temprano con la intención de descansar un poco antes de que él llegara. Cuando él iba a visitarla tenía la costumbre de hacerlo al filo de la medianoche. Antes de ese momento ella habría podido, pues, dormir una o dos horas. Pero no había pegado los ojos a causa de su inquietud. Siempre le ocurría igual. Deseaba que él entrara, saltara rápidamente por la ventana que ella le acababa de abrir y se arrojara en sus brazos; pero, al mismo tiempo, nada en el mundo era más temible que eso. Cuando él se hallaba en la habitación, el aspecto de las cosas cambiaba. Parecía que su presencia encendía una gran luz y que ella veía claramente lo que debía hacer. Luego se marchaba y ella quedaba ofuscada, débil y entontecida, como una persona que ha sido encandilada. En la habitación permanecían los muebles que conocía tan bien: la lámpara con sus tres brazos, las sillas desordenadas, los pomos del...