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Desde el manicomio - Pilar Dughi

Eran casi las siete de la noche cuando Milton Peña bajó la cortina de la sala y encendió el decimocuarto cigarrillo del día. Levantó el auricular del teléfono y vaciló unos segundos antes de volver a colgarlo. Se levantó inquieto y comenzó a pasear por el recinto.

—Papá, ¿Por qué está todo oscuro?— preguntó su hija de siete años.

Milton echó una larga bocanada de humo.

—Vete a tu cuarto— dijo secamente.

—Tengo miedo. Todo está oscuro— repitió la niña.

Milton prendió una de las velas que estaban encima del aparador y se la entregó a la niña.

—Ahora ya no tendrás miedo— le dijo. Le acarició la cabeza y la empujó hacia el pasillo—. Anda, espérame en tu cuarto.

La niña cogió la vela y titubeó.

—¿Vendrás?

—Claro, espérame allá—contestó él.

Su hija caminó lentamente por el pasillo e ingresó a una habitación del fondo. Milton cerró la puerta de la sala que comunicaba con los dormitorios y se dirigió de nuevo al teléfono. Marcó un número.

—¿Aló?— dijo en voz baja.

—¿Sí?

—Mamá, soy yo, ya terminé de cerrar las puertas.

—¿Terminaste qué? Hijo, no te entiendo, debe ser el teléfono, nunca te escucho bien.

—Todos vamos a estar tranquilos.

—Habla más alto. No sé por qué te empeñas en vivir en Cienaguilla. Todas las líneas telefónicas están pésimas.

—¿Recuerdas lo que te dije ayer?

—Estoy preocupada, hijo, no me gusta que estés allá, tan lejos y tan solo.

—Nadie nos va a molestar en el futuro.

—Hijo, ¿Por qué no te vienes? ¿Dónde está Enriqueta?

—En su dormitorio.

—¿Y la empleada?

—Se fue, mamá.

—Pero, ¿Por qué no me has avisado? ¿Estás solo con Enriqueta?

—Sí mamá, ya te dije.

—Vente inmediatamente.

—No mamá, estoy donde debo estar y nadie me va a sacar de aquí.

—Yo no digo eso hijo, es que debes venir a vivir aquí conmigo.

—Estás equivocada.

—Pero si ya te han cortado la luz y el agua, es peligroso que estés allá. Hijo, por favor, escúchame, obedéceme. Tienes que venir.

—Adiós mamá, quería despedirme de ti.

—Hijo, ¿aló?

La mujer escuchó el clic del teléfono, su hijo había colgado. Entonces ella marcó otro número.

—¿Aló? ¿Marina?

—Si, ¿quién habla?

—Soy Edelmira— exclamó la mujer—. Estoy preocupada, no sé qué hacer. Milton ha despedido a la empleada y se ha quedado en la casa con Enriqueta.

—Bueno, pero ¿qué tiene de malo?

—Después del episodio de los cuadros me parece que no está bien. ¿Cómo va a vivir a oscuras, solo con una niña de siete años?. Además se ha comido todas las uñas de las manos.

—¿Quién?

—Milton.

—Ah. ¿Tienes el teléfono del médico que lo ve?

—Sí. Tengo miedo. Marina, ¿se estará volviendo loco?

—¿Sabes si lleva el arma?

—Claro, nunca la abandona.

—Llama al doctor y cuéntale. Él te puede decir qué hacer. Me llamas después.

—¿No puedes ir tú en el carro?

—¿Ahora? ¿A Cienaguilla?

—Sí, por favor, Marina, puede pasar una desgracia.

—Pero me va a echar de ahí. ¿Con qué pretexto me aparezco?

—Dile que yo te mandé.

—Mejor primero llama al médico. Tal vez te estés precipitando.

La mujer comenzó a buscar en su agenda el número de teléfono del médico. Recordaba haberlo anotado en un papel suelto.

—No encuentro el teléfono— dijo.

—Cálmate— contestó la otra—, ahora cuelgo. Busca el teléfono, llámalo e inmediatamente me vuelves a llamar.

Colgaron. La mujer no encontraba el papel. Estaba sentada en una silla de ruedas porque sufría de artritis desde hacía más de quince años. Sus piernas, inutilizadas, estaban adelgazadas y encogidas. Hizo rodar la silla diestramente hacia un anaquel en el centro de la sala y revisó algunos cuadernos donde también solía anotar teléfonos. Encontró el número y regresó al teléfono.

—¿Aló? ¿El doctor Ruiz?

—Un momento, por favor.

Esperó unos segundos y rogó que el doctor se encontrara en su consultorio. Sabía que atendía hasta tarde porque una vez su hijo había tenido una cita a las nueve de la noche.

—¿Aló?— una voz masculina le contestó.

—Doctor Ruiz, soy la madre de su paciente, Milton Peña. Doctor, disculpe que lo llame para molestarlo, pero creo que mi hijo está mal. Se ha comido todas las uñas de las manos. Ahora se ha quedado solo en su casa de Cienaguilla con mi nieta y están a oscuras. Después de lo que hizo la semana pasada tengo miedo de que se esté volviendo loco.

—¿Qué hizo la semana pasada?

—Lo de los cuadros, doctor.

—Ah, eso. Sí, claro. No, no es conveniente que esté solo.

—¿Qué hago entonces doctor?

—¿Lo ha llamado por teléfono?

—Sí, me dice que todo va a estar bien. Pero me parece raro que me llame para eso.

—¿Qué más le dijo?

—Que quería despedirse de mí.

—Bueno, a ver, déjeme pensar. ¿Cuándo lo ha visto usted por última vez?

—Hace una semana, doctor, estoy desesperada, ¿llamo a la policía?

—Espere, yo lo voy a llamar por teléfono.

—¿Se puede volver loco, doctor? Él tiene un arma, doctor.

—Hablaré con él y después la llamo, señora.

La mujer colgó. Empezó a dar vueltas alrededor de la sala con la silla de ruedas. Miró su reloj. Eran las siete y veinte de la noche. Había pasado ya demasiado tiempo. La campana del teléfono repicó. Se dirigió velozmente hacia él y levantó el auricular.

—Soy el doctor Ruiz, señora. Acabo de hablar con su hijo. Dígame, ¿tiene usted algún pariente que pueda ir a verlo?

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Nada, nada. Pero es mejor que no esté solo allá. No lo digo por hoy sino que en realidad me parece que no debe vivir en esa soledad por el momento. Y menos si está armado.

—¿Está loco? Por Dios, dígamelo.

—Señora, ¿Usted tiene algún pariente con el que podamos contar?

—Una amiga va a ir. Pero ¿no sería mejor llamar a la policía?

—Su amiga, ¿no puede ir acompañada?

—Voy a llamar a la policía.

—Yo acompañaré a su amiga. Deme el teléfono de ella.

La mujer se lo dio.

—Usted espere. Yo iré con ella dentro de media hora.

—Pero va a ser demasiado tarde.

—Lo haré lo antes posible.

Colgó. El teléfono volvió a repicar.

—¿Edelmira?

—Marina, cuelga, por favor. Acabo de hablar con el doctor. Yo creo que Milton está loco. Cuelga porque el doctor te va a hablar enseguida.

—Ya. Pero Milton está armado. Nos va a disparar.

—Marina, cuelga. Anda con el doctor allá.

—Creo que hay que llamar a la policía.

—¡Marina son casi las ocho!

—Edelmira, llama primero a radio patrulla. Después a Milton, entretenlo. Convérsale. Dile cualquier cosa para hacer tiempo.

—Está bien.

Edelmira colgó el teléfono y volvió a marcar el número de Milton. Nadie contestaba. Quizás me he equivocado de número, pensó. Volvió a marcar.

—¿Aló?

—Enriqueta, hijita ¿estás bien?, ¿dónde está tu papá?

—En mi cuarto.

—¿Qué está haciendo?

—Nada.

—¿Cómo que no hace nada? ¿Cómo está?

—Sentado, me lee un cuento.

—Enriqueta, llámalo rápido.

La mujer esperó. Estuvo así un buen rato pero luego escuchó el clic del teléfono. Se ha cortado la línea o él ha colgado, se dijo. Malditas líneas, siempre pasa lo mismo, se corta la comunicación, pensó. Volvió a llamar pero sonaba ocupado. Colgó. El timbre del teléfono volvió a sonar.

—¿Aló?

—Edelmira, el doctor no me ha llamado todavía. Dame su teléfono, yo lo llamo.

—Espérate un segundo, aquí está. Por favor, vayan inmediatamente.

—¿Has llamado a la policía?

—Voy a llamar en este instante. Aunque tengo miedo, ¿y si se pone mal si ve a los policías?

—¿Y si nos dispara a nosotros?

—No creo. Acabo de hablar con Enriqueta. Dice que su papá le está leyendo un cuento. Voy a volver a llamarlo.

—Edelmira, llama a la policía por favor.

—Pero creo que es mejor que ustedes lleguen primero.

—Cienaguilla está muy lejos y ni siquiera sé cuánto tiempo se va a demorar el doctor en venir. ¿Por qué no va él solo?

—Es que él no sabe cómo llegar a la casa. Tú, en cambio, conoces.

—Bueno, voy a llamar al doctor.

Marina colgó. Edelmira volvió a marcar el teléfono. Seguía sonando ocupado. ¿Lo ha dejado descolgado?, pensó. Insistió y volvió a escuchar el irritante sonido. Abrió la guía telefónica y buscó. Patrulla de Emergencias.

—¿Aló? Por favor, se trata de una urgencia, es urgente.

—¿Sí? Dígame que pasa.

—Mi hijo está loco, señorita. Está encerrado en una casa a oscuras con una niña y está armado. Por favor, tienen que ir inmediatamente. Puede ocurrir una desgracia.

—Espérese señora. ¿Cómo se llama usted?

—Edelmira Quintana.

—¿Dónde vive?

—Señorita, mi hijo vive en Cienaguilla, por favor no se demoren. Es de vida o muerte.

—Señora, tiene que llamar a la comisaría de Cienaguilla. Ellos pueden ir más rápido.

—¿Cuál es el teléfono?

—Espérese un ratito.

Edelmira miró el reloj. Ocho y cuarto. Qué estúpidos, siempre es lo mismo, dijo furiosa.

—Tome nota, señora.

La mujer le dio dos teléfonos. Edelmira colgó y llamó inmediatamente. Estaban ocupados. ¿Y ahora qué hago? Marina debe haber hablado con el doctor. Ya estarán en camino. Por lo menos tardarán media hora en llegar hasta allá pensó. Volvió a insistir con la línea telefónica.

—¿Aló?

—¿Sí?

—Señor, llamo por una emergencia. Mi hijo está loco, está armado y va a matar a su hija, mi nieta.

—¿Quién es usted?

—Su madre, estúpido.

—Oiga señora, no me insulte.

—Escúcheme, si no van inmediatamente va a ocurrir una tragedia.

—Pero no le entiendo señora. ¿Me puede explicar de qué se trata?

La mujer dio un largo suspiro.

—¿Señora?

—Mi hijo vive en La Floresta, segunda cuadra, número trescientos quince. Vayan allá, por favor.

—¿Pero por qué?

—Porque está encerrado con un arma.

—Está bien, señora. Pero explíqueme, ¿por qué dice que está loco?

—Porque me lo ha dicho su médico. Y además está armado y yo acabo de hablar con él y me ha dicho que va a matar a su hija y él se va a matar también.

—Repita la dirección.

Edelmira volvió a darle las indicaciones.

—¿Van a ir ahorita?

—No tenemos ninguna patrulla en este momento, pero nos comunicaremos con radio y en pocos minutos estaremos ahí.

—Ya, gracias.

Colgó. El reloj daba las ocho y media de la noche. Volvió a llamar por el teléfono. Esta vez escuchó el timbre habitual.

—¿Aló?

—Enriqueta, hijita, ¿Dónde está tu papá?

—Se ha quedado dormido abuelita.

—¿Estás segura?

—Está roncando.

—Qué raro— la mujer quedó pensativa.

—Hijita, escucha, es muy importante lo que te voy a decir.

—Sí, abuelita.

—No tengas miedo. Pero vas a hacer exactamente lo que yo te digo, ¿Ya?

—Bueno.

—Tu papá tiene una pistola, ¿no?

—Sí.

—¿Dónde la tiene?

—Ya no la tiene, abuelita.

—¿Cómo?

—Sí, la semana pasada me dijo que la iba a vender porque ya no tenía plata. La sacó de la caja y la vendió al señor Martínez, el que vive al lado.

—¿Tú viste que se la entregó?

—Sí, yo fui con él.

—Ah, ya.

—¿Por qué abuelita?

—Por nada, hijita, por nada. Escucha, van a ir a visitar a tú papá. Así que cuando lleguen les abres la puerta, ¿Ya?

—Ya.

—Chau hijita.

La niña colgó. Se dirigió a su dormitorio. Su papá estaba sentado sobre un sofá. Ya no roncaba. Tenía la boca abierta. Al lado de él, sobre la cómoda, había dejado un vaso de gaseosa para ella. La niña terminó de tomar el líquido mientras contemplaba el frasco vacío de pastillas que su padre había echado en los vasos. La niña se echó en la cama. Su papá le había dicho que se acostara después de tomar la gaseosa. Iba a tener mucho sueño.

En Todos los cuentos, 2017

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