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Entradas

Un misterio en el aire - Edmundo Valadés

La aeromoza, arreglándose el cabello, llegó con retraso al aeropuerto y con prisa nerviosa, cuidando la estabilidad de sus pasos, se dirigió al avión en que daría servicio. Los pasajeros, ya instalados en sus sitios, cerraban los cinturones de seguridad, pues acababan de subir al bimotor Hawter Sidley, que los llevaría de Seattle a Miami en un viaje particular. Reprendida por el piloto, que esperaba, en punto de impacientarse en lo alto de la escalerilla, pero más en actitud amistosa que severa, asumió sus tareas. Comprobó el número de personas enlistadas, diez nada más, y acomodadas a su gusto, ante las opciones que permitían asientos vacíos.           Ella había pasado la noche en una larga reunión muy divertida, casi destrampada, con consumo excesivo de bebidas y pase de cigarrillos de mariguana. El ambiente, tanto por la intención provocativa de las conversaciones, casi siempre en el tema de las cuestiones sexuales o eróticas, como por incitaciones en l...

Bolso de viajes cortos - Mario Benedetti

Querida: cuando me fui, cuando por fin decidí irme, porque ya no me era posible convivir con los antídotos del miedo, y sentía que de a poco iba odiando mis esquinas predilectas o los árboles cabeceadores, y ya no tenía ni tiempo ni ganas de guarecerme bajo la glorieta del barrio Flores, y los amigos de siempre comenzaron a ser de nunca, y había más cadáveres en los basurales que en las funerarias. Entonces abrí el bolso de los viajes cortos (aunque sabía que este iba a ser largo) y empecé a meter en él recuerdos al azar, objetos insignificantes pero entrañables, imágenes sintéticas de lo feliz, letras que juntándose narraban sufrimientos, últimos abrazos en la primera frontera, atardeceres sin ángelus y con tableteos, sonrisas que habían sido muecas y viceversa, desvanecimientos y corajes. En fin, una antología de la hojarasca que el viento de la costumbre no había conseguido borrar de la faz de la guerra.           Con ese bolso de los viajes cortos anduv...

El pueblo en la cara - Miguel Delibes

Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: «¿Dónde va el Estudiante?». Y yo le dije: «¡Qué sé yo! Lejos». «¿Por tiempo?», dijo él. Y yo le dije: «Ni lo sé». Y él me dijo con su servicial docilidad: «Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?». Y yo le dije: «Nada, gracias Aniano». Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba de ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): «Isidoro, ¿de qué pueblo eres tú?». Y también me mortificaba que los externos se dieran de codo y cuchichearan entre sí: «¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?» o, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente: «Ese no; ese es ...