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Conejos blancos - Leonora Carrington

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York. Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor. La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente. Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento per...

El monstruo - Mariana Enríquez

Pablo supo que Carlitos no iba a volver cuando vio a su mamá entrar al rancho a los gritos, mientras las tías la sostenían para que no se cayera al piso o se arrancara los pelos. Después le dieron una pastilla con vino y la pusieron a dormir. A él le dijeron que se portara bien, y lo abrazaron mucho, porque sabían cuánto quería a su hermano. A Carlitos lo habían matado, y el cuerpo apareció flotando en el Riachuelo, boca arriba —cosa bastante rara, porque los ahogados solían quedar boca abajo—. Pablo se fue corriendo al fondo de la isla, y se metió a llorar en una de las casillas abandonadas. Ya estaba desobedeciendo a su madre, porque a ella no le gustaba que fuera para el fondo, donde vivían los densos, que tomaban mate en los pasillos todo el día y después salían a la noche todo mal, o se los llevaba la policía, o los mataba la policía o se tiroteaban entre ellos y con la policía. La gente de adelante les tenía miedo, porque en Montaña, la calle principal, se andaba bastante tranqui...

Caín - Virgilio Díaz Grullón

El mensajero de la oficina colocó la tarjeta sobre el escritorio, Vicente la miró distraídamente y la rodó hacia un lado con el dorso de la mano, concentrándose de nuevo en la lectura del documento que tenía enfrente. Aunque había posado por un instante los ojos sobre las letras impresas en la pequeña cartulina, su significado apenas rozó la superficie de su conciencia y fue solo un rato después cuando las letras parecieron ordenarse en su cerebro y formar el nombre que ahora surgía con pleno significado para él. —Leonardo Mirabal —dijo en voz alta complaciéndose, como antes, en la sonoridad de las palabras. Reclinándose en el respaldar de su lujoso sillón de cuero, Vicente se sumergió en recuerdos antiguos mientras se acariciaba la mejilla con el canto afilado de la tarjeta. ¡Qué lejanos le parecieron de pronto aquellos tiempos del colegio! El primer día de clases: los muchachos corriendo hacia las puertas enormes, gritando y riendo mientras él, esquivo y huraño, se pegaba a las pared...