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Entradas

El puritano - Horacio Quiroga

Los talleres del cinematógrafo, esos estudios a cuyo rededor millones de rostros giran en una órbita de curiosidad nunca saciada y de ensueño jamás satisfecho, han heredado del muerto taller de pintura su leyenda de fastuosas orgías sobre el altar del arte. La libertad de espíritu habitual a los grandes actores, por una parte, y sus riquísimos sueldos de que hacen gala, por la otra, explican estos festivales que no pocas veces tienen por único objeto mantener vibrante el pasmo del público, ante las fantásticas, lejanas estrellas de Hollywood. Concluida la tarea del día, el estudio queda desierto. Tal vez los talleres técnicos prosigan por toda la noche su labor, y acaso a uno o diez kilómetros el tumulto diario se prolongue todavía en una fiesta oriental. Pero en los sets, en el estudio propiamente dicho, reina ahora el más grande silencio. Este silencio y esta impresión de abandono desde semanas atrás se exhalan más particularmente del guardarropa central, vasto hall cuya p...

Las cosas que perdimos en el fuego - Mariana Enríquez

La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte solo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba. Su método era aud...

La balada del pollo sin cabeza - Ignacio Padilla

 ¿En qué mal punto el pollo de los hermanos Olsen dejó de ser un pollo para convertirse en otra cosa? Historias así sólo corroboran que en el tirabuzón del tiempo gobierna la casuística del huevo y la gallina, o en este caso, del pollo y su leyenda. Cuando ahora releo mis notas sobre la historia de Mike, el pollo sin cabeza, comprendo mejor que nunca por qué aseguran que la línea de lo narrado es siempre una aporía. No puedo evitarlo: cada vez que me pregunto cómo acabó esta historia termino por hablar del día en que decapitaron al pollo. Y siempre, también, enmiendo el rumbo: puede ser que aquel día haya sido, en efecto, el día de la muerte del pollo tal cual era, digamos, su final en tanto pollo. Pero con esa muerte, de haber sido otro el orden de las cosas, ninguna historia digna de contarse habría arrancado: el pollo habría sido sólo un ave muerta y anónima, un pollo más o menos comestible, como cualquier otro pollo. Bien vista, la decapitación del ave esa mañana de julio es ...

Elio - Leonardo Gutiérrez Arellano

Estoy tendida aquí, a mitad de mi cuerpo. Me separan del fuego unos cuantos pasos que no soy capaz de emprender. Tullida entre la carne, lo miro. Él, pleno de dientes, mordisquea con calma. Nunca su hocico había alcanzado esa extensión, nunca su tráquea engullido como en esta noche. Roe sin prisas, con la parsimonia del agua que se destila sobre una piedra. Tras las llamas —henchidas de centellas, de breves sobresaltos— alcanzo a ver cómo encandece su pelaje. Es hermoso. Hermosa su mirada ambarina y hermosa también la curvatura de su lomo. La sangre se le escurre por el cuello hasta asentarse sobre el lodo que sus garras remueven entre cada contorsión. Quisiera acompañar sus mordidas. Pero sólo puedo mirarlo desde acá. Lo encontramos poco después de que Elio terminó de agonizar. Acaso eso —el fallecer constante, sin acabar de hacerlo— fue lo único de lo que se ocupó durante su paso de mi vientre a la tumba. Cansados todos de vagar por hospitales y consultorios, su muerte llegó a la cas...

Déjà Vu - Mauricio Molina

A veces nos detenemos en la orilla de la eternidad sin saberlo. A mí me sucedió una madrugada lluviosa en una cafetería. Debían ser más de las tres de la mañana. Había llegado ahí por casualidad, ya que nunca acudía a esos deprimentes restaurantes que permanecían abiertos durante toda la noche, de muebles tapizados en colores exaltados y potentes luces dispuestas ahí para espantar vampiros y turbias intenciones. Esos lugares, frecuentados por ancianas que padecen insomnio, empleados que tratan de bajarse la borrachera a golpes de café, grupos de Alcohólicos Anónimos o muchachos que comienzan a descubrir los misterios de la noche, siempre me habían provocado una sensación de soledad sórdida y sin escapatoria. Sin embargo, aquella noche llovía estrepitosamente sobre la ciudad y venía llegando de un viaje largo y muy cansado, así que resolví detenerme a tomar algo caliente antes de llegar a casa. Al cabo de unos minutos, mientras escuchaba el tintineo de las cucharas, las voces de los com...

El otro - Jorge Luis Borges

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ...

Causa ganada - Bernardo Couto Castillo

El acusado conservaba toda su tranquilidad. Las gentes sencillas encontraban una prueba de su inocencia; los jurados la actitud de un criminal consumado. La causa promovía ese interés novelesco de los asesinatos cuyo origen es el amor. Las gradas estaban casi llenas, los debates duraban desde días antes y en realidad nada claro ni definitivo podía concluirse. El agente del Ministerio Público, un señor grueso, rojo, sudando a cada momento, hablaba, y con su voz fuerte llenaba la sala de un tono declamatorio, rehacía los hechos, pintaba lóbregamente lo negro de la historia, atraía las simpatías sobre la víctima y el odio sobre el acusado. —Un joven —decía— que a la edad de las ambiciones nobles y los ideales hermosos sepulta un puñal en el pecho de la mujer amada, no puede vivir en el seno de una sociedad culta; el ánimo se subleva al pensar en el porvenir de esta mil veces infame alma; si a los veinticuatro años asesina a la amada, ¿qué no hará, qué no será capaz de hacer más tarde, señ...