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Causa ganada - Bernardo Couto Castillo

El acusado conservaba toda su tranquilidad. Las gentes sencillas encontraban una prueba de su inocencia; los jurados la actitud de un criminal consumado.

La causa promovía ese interés novelesco de los asesinatos cuyo origen es el amor. Las gradas estaban casi llenas, los debates duraban desde días antes y en realidad nada claro ni definitivo podía concluirse.

El agente del Ministerio Público, un señor grueso, rojo, sudando a cada momento, hablaba, y con su voz fuerte llenaba la sala de un tono declamatorio, rehacía los hechos, pintaba lóbregamente lo negro de la historia, atraía las simpatías sobre la víctima y el odio sobre el acusado.

—Un joven —decía— que a la edad de las ambiciones nobles y los ideales hermosos sepulta un puñal en el pecho de la mujer amada, no puede vivir en el seno de una sociedad culta; el ánimo se subleva al pensar en el porvenir de esta mil veces infame alma; si a los veinticuatro años asesina a la amada, ¿qué no hará, qué no será capaz de hacer más tarde, señores jurados?

Aquí el orador sacó un gran pañuelo rojo, lo pasó por su frente, lo hundió en su cuello; pero no bien lo hubo guardado, nuevas gotas de sudor asomaron. Quedó en silencio un momento, miró fijamente hacia el banquillo y con su voz fuerte, continuó:

—¡Miradlo! Bajo esa apariencia humilde, bajo esa máscara de dulzura, bajo ese rostro casi imberbe existe un hombre peligroso; no un hombre, pues no merece tal nombre, una bestia sin sentimientos, sin ideas nobles, sin corazón, a quien las leyes humanas no pueden acoger. Reproduzcan ustedes en su memoria la escena de la noche del veinte de enero, piensen en esa joven de veinte años, trabajando para alimentar a su madre enferma, asesinada cobardemente, arrastrada y arrojada a una inmunda atarjea; antes la justicia no pudo obrar, las pruebas faltaban, los hechos se embrollaban, la sombra cubría el delito; hoy, la luz se ha hecho, los testigos han iluminado todo, las pruebas son patentes. Señores jurados —añadió levantando la voz—, en nombre de la sociedad, en nombre de la víctima, os pido justicia. ¡Borrando a este hombre del registro de los humanos, libraréis muchas vidas a quienes amenazan los negros instintos de este viejo y avanzado ya en la siniestra vía del crimen!

El abogado se levantó. Era un joven delgado y pálido, su voz turbada resonaba en todos los rincones de la sala. ¿Podían los jurados condenar a un hombre, a un joven perteneciente al porvenir honrado en el pasado, cuando las pruebas eran tan escasas? El acusado había siempre observado buenas costumbres según lo declaraban sus superiores y sus compañeros; era un trabajador activo, inteligente en su oficio de ebanista; algo violento, es verdad; ¿pero esa violencia no era en muchos casos la prueba de su dignidad? Sus compañeros lo amaban, sus superiores lo apreciaban. Un día en su vida tranquila cruza una mujer; desde entonces sufre, sus compañeros lo ven ser bueno para con ella. Una noche, en las afueras aparece un puñal ensangrentado, en la arena se notan las huellas de un cuerpo arrastrado hasta la acequia. La querida del acusado ha desaparecido, la policía se pone en movimiento, arresta al ebanista, se busca infructuosamente el cadáver, las pruebas faltan, y la justicia, después de mil inútiles pesquisas, se ve obligada a ponerlo en libertad. Siendo culpable, señores jurados, una vez puesto en libertad se hubiera salvado; pero no, ha vuelto a su trabajo y continuado en el aprecio de sus superiores.

El agente del Ministerio Público pidió la palabra y, dirigiéndose al defensor, lo interrogó:

—¿Cómo explica usted, pues, la desaparición de Consuelo García?

—Muy sencillamente —replicó con aplomo el defensor—, Consuelo era conocida en todo el barrio y tenía muchos pretendientes a causa de su belleza.

Aunque oficialmente era la querida de mi defendido, nadie, excepto él, ignoraba cuán pródiga de sus favores era; a los veinte años había tenido ya tres amantes e impúdica rodaba de mano en mano, engañando al hombre que no era sino ternura para con ella; quedan, pues, dos probabilidades: o bien ha huido con alguno de sus amantes de un día, pues, ¿quién prueba que el cadáver arrojado sea el de ella? O bien, si efectivamente fue acuchillada, ¿por qué el que tenéis delante y no otro cualquiera de los muchos, de los anónimos que se sucedían cada día? Hay un testimonio, diréis. Teófilo Cáceres, su enemigo, como algunos han declarado, con el que menos hablaba de sus compañeros, viene un día y asegura haber visto, haber oído al acusado y su llamada víctima reñir. Nos dice que éste, exaltado, la llevó hacia las afueras; un hombre exaltado, señores jurados, un hombre engañado en lo que ama, hiere al instante, en el mismo sitio, sin aguardar a que su cólera haya pasado. Y ustedes, señores jurados, ¿condenarían a un hombre por el solo testimonio de su enemigo? La idea de haber condenado a un inocente, ¿no sería más tarde para ustedes un constante remordimiento? ¿No es preferible perdonar un criminal a condenar un inocente? El perdón es noble, señores jurados, y si el acusado es verdaderamente un criminal, tiempo tendréis más tarde para condenarlo; en cambio, la muerte es definitiva y derramando su sangre, ¿sobre quién pesará, siendo inocente?

El agente replicó, y como hubiera una duda, fue llamada la madre de la víctima.

Era una anciana muy pobremente vestida; como se le pidiera un punto de su declaración, repitió íntegro todo lo que ya tenía dicho. Gutiérrez, el acusado, sostenía relaciones con su hija desde ocho meses antes del crimen; ambos parecían amarse.

Gutiérrez la trataba bien, parecía tener buenas intenciones y aun había llegado a dar todas sus economías a ella, la madre, para que las guardara hasta el día de la boda. Su hija se ausentaba con frecuencia, lo que producía escenas entre ellos. Ese día, el veinte de enero, salieron juntos, pues Gutiérrez vivía en la misma vecindad; como a las siete de la noche, volvió solo, preguntando por Consuelo, que según decía, se había separado de él momentos después de haber salido. “Las horas fueron pasando. Consuelo no volvía y yo comencé a tener cuidado, la esperé hasta la madrugada y no pudiendo más, fui al cuarto de Gutiérrez, le advertí que no había vuelto, y él, aparentando sorpresa, salió a buscarla volviendo dos horas después. Fui a la comisaría, supe habían encontrado un puñal que no conocí, pusieron preso a Gutiérrez hasta que unos meses después volvió muy pálido y cayó enfermo unos días.”

El agente del Ministerio Público habló de nuevo, recordando la declaración de Cáceres que la había visto alejarse riñendo una hora antes de que él volviera a su casa. Las nuevas investigaciones en la acequia habían producido un cráneo roto, ahí presente.

El defensor, con más brío que antes, sostenía la inocencia, evocó recuerdos de inocentes condenados por declaraciones de enemigos, conmovió al público y a los jurados, ganaba un gran terreno en los ánimos.

El acusado continuaba completamente tranquilo, y después de atender largo tiempo a los debates, había inclinado la cabeza sin que pareciera oír más.

Era un joven bajo y delgado, usaba el pelo bastante largo, y un pequeño bigote muy cuidado. Su aspecto era simpático, tenía maneras finas, y parecía algo nervioso.

No escuchaba más. La vista del cráneo, puesto sobre la mesa del juez, la presencia de la madre de su amada, lo había íntimamente turbado, y en su memoria se reproducía todo el drama.

Su falta había sido amar mucho. Consuelo lo dominaba por completo y, a pesar de sus anteriores faltas, estaba dispuesto a hacerla su esposa; pero ella se complacía en reñirlo, en disgustarlo, coqueteando delante de él para exasperarlo, sintiéndose contenta al verlo palidecer de rabia.

¡Ah! Le era tan difícil ocultar sus luchas íntimas, que el jurado se asombraba de su calma. ¡Sufría tan cruelmente en la prisión al sólo recordarla, al tenerla delante noche con noche, siendo su constante pesadilla! Ignoraba cómo había podido vivir hasta entonces, llevando dentro de sí el peso de aquella muerta; porque sí, él era criminal y había sepultado el puñal una, dos, tres veces, ¿cómo?, ¿por qué? Él no podría claramente explicarlo.

Desde días antes ella lo exasperaba más de lo ordinario, sonriendo a los que la cercaban; él, sintiéndose celoso, había comprado ese puñal, pero no para ella, para alguno de ellos, los que se la robaban. Ese día, al salir de paseo, ella comenzó a recriminarlo, a inventar falsedades, haciéndole contestar violentamente.

Pasaban en ese momento cerca de la acequia, y la noche caía, y ella, sin temor a que todo estaba desierto y obscuro, le dijo mirándolo fijamente:

—Te juro que esta noche me voy con Juan; ahora voy a buscarlo. —Y dio tres pasos.

Ciego de ira la alcanzó, la hizo volverse bruscamente, y parándose ante ella, clamoreó:

—Si das un paso, te estrangulo, te…

Ella rio, rio con su risa la más altanera, la más insultante, y él conteniéndose todavía, añadió:

—Te ordeno no moverte, te lo ordeno, ¿lo oyes?

Por toda contestación, Consuelo le volvió la espalda: él la tomó por los cabellos, y sin saber cómo, sacó, Dios sabe de dónde, fuerzas y valor: ¡había golpeado con todas sus fuerzas, con toda su alma! Instantáneamente se detuvo al verla caer, y la contempló tendida, hermosa como nunca.

Todo su amor se sublevó contra el asesinato, se inclinó a su lado, tocó el corazón esperando sentirlo… no latía… se acercó a sus labios… la respiración faltaba… Desesperado, la había removido, y parecía un saco. Le había dado su aliento, la había llamado con los nombres más dulces, ella no respondía, estaba muerta; y pensando que no la vería más, que no la tendría más entre sus brazos, sintió subir a él, a su cabeza ya aturdida, algo abrasador. ¡Oh! ¡La horrenda escena! ¡Cubriéndola de besos, la había violado!

Hasta él llegaba la voz sonora del defensor… las pruebas no eran suficientes… el acusado era inocente… algunos murmullos decían que la causa estaba ganada.

¿Ganada? Es decir, el criminal quedaría libre tal vez; nuevamente le era preciso volver al trabajo, aparentar tranquilidad, reírse a veces, y siempre, a todas horas, a todo momento, llevar en el alma la mancha horrible. Sus noches volverían a ser agitadas, la fiebre lo devoraría de nuevo, y en sus pesadillas, en sus horrendas pesadillas, creería aún abrazar y cubrir de besos aquel cadáver frío, frío, frío.

¡Era inocente! ¡Iba a ver la luz del día, la luz que calienta y reanima, y todo esto estando solo en la Tierra, puesto que todo lo que amaba había muerto y era él su asesino!

¡Libre! ¿Era acaso libertad la que iba a tener? ¿No era el más cruel de los tormentos el que llevaba en sí? ¿La vida? ¿Qué interés tendría para él si en todos sus momentos dulces ese cadáver se interpondría? ¡Era tan hermosa, hubiera podido ser tan feliz!

¡Y ese cráneo amarillo que parecía fijar los dos huecos de sus ojos en él, era ella, todo lo que restaba de ella! Él la había sepultado, arrastrándola como un fardo, y ahora brotaba eso, el cráneo, un nuevo motivo de pesadilla. ¿Por qué, pues, vivir? ¿Podría dar un paso sobre la Tierra sin remordimientos?

Un aplauso estalló en la sala; el defensor, fatigado, recibía orgulloso las aclamaciones; los jurados se hablaban al oído; el acusado levantó la cabeza, pero la vista del cráneo, el cráneo amarillento, le horrorizó.

La causa estaba ganada.

—Acusado —dijo el presidente de los debates fijando en él sus miradas tras el brillo de los lentes—, ¿tiene usted algo que añadir?

El acusado se levantó. Estaba exageradamente pálido; parecía otro hombre. Con la vista fija en el cráneo, dijo:

—Señores, soy culpable del crimen, la he matado… la he matado… Ustedes deben matarme…

Y se dejó caer en el banco.

En la sala resonó un murmullo extraño. Los jurados se miraban sorprendidos. El defensor se había turbado. El agente del Ministerio Público triunfaba.

En vista de esta nueva declaración, el proceso fue aplazado para otra vista. El acusado salió rodeado de gendarmes, y al salir pensaba: “Yo, tal vez, no hubiera tenido fuerzas para matarme”.

En Asfódelos, 1897.

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