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La desconocida del mar - Francisco Tario

Ha transcurrido un tiempo y Aurelia, a instancias de su marido, consiente al fin en abandonar la finca, en busca de aires más propicios y saludables, instalándose, al cabo de varios días de viaje, en un pequeño chalet alquilado a orillas del mar. No lejos existe un balneario de moda y la estación veraniega se encuentra en pleno auge. Sin embargo, el bullicio de la gente, la sensación íntima del bienestar ajeno y el propio mar, luminoso y excesivo, no logran sino acentuar visiblemente su profunda melancolía. Sobresaltada por toda suerte de remordimientos y alucinaciones, acúsase injustamente de la catástrofe acaecida. Mas descubre allí, una mañana de tantas, en la playa, al hombre que con el tiempo tan importante significación habría de tener en su vida. El único que lograría, temporalmente, destruir en ella la fantasmal imagen del hijo muerto. No llegará a hablarle, acercársele, cambiar con él una sola palabra, pues su marido la acompaña siempre, limitándose exclusivamente a sostener a...

La muñeca menor - Rosario Ferré

La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertara con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba a menudo en el río, pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en parihuelas retorciéndose de dolor. El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo, pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de...

La sílfide - Andrés Villa

La etérea silueta apareció por la veranda de la casa. Su cuerpo de sílfide, vestido con blancos ropajes arrastraba una larga y negra cabellera. Las aristas de su figura brillaban como material radiactivo. Lo más asombroso para los que podíamos verla era que sus pequeños pies no tocaban el suelo. Volaba desapareciendo siempre en la esquina de la plaza en dirección de la iglesia. En el pueblo afirmaban que era una bruja. Una mujer que tenía pacto con el averno y que aprovechaba la plenitud de la luna para romper las leyes de la gravedad. Que se transformaba y que no necesariamente tenía el cabello negro. Eso lo decían, pues había varias damas con el cabello de ese color, y para eximirlas de culpa, lo decían. Otra versión, la relatada por el viejo Yoyo, señalaba a un caballero que habitaba en las afueras del poblado como la clave del asunto. Pero el anciano era tacaño con su relato. Sólo mencionaba a Don Tomás como el único capaz en desentrañar el misterio de la bella aparecida que aterro...