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El mar - Miguel Mihura

Cuando se dieron cuenta del olvido, todos lloraron como perros.

El pueblo entero gimió desconsolado. Aquello era la ruina. Era el hambre. Era la muerte. No era para menos. Veréis lo que pasaba, niños míos.

Aquel pueblecito pesquero era un verdadero pueblecito pesquero. En él solamente vivían, con sus mujeres, rudos pescadores de cachimba y barba; miles de pescadores que solamente ese oficio tenían: pescadores, marineros, gente de mar. En las tiendas del pueblo, como en todas las tiendas de los pueblos pesqueros, solamente vendían aparejos y redes y bidones de brea, y pies desnudos de pescadores, y palabras fuertes, envueltas, como bombones, en el papel de plata del aguardiente. Había también una preciosa playa llena de brisa, con casetas de baño preparadas para los veraneantes alegres. También había cangrejos, y mojama, y bacalao. (Pero el bacalao ya era algo caro). Había, en fin, de todo lo que hay en esos pintorescos pueblecitos de pescadores. Lo único que no había era mar. Se les había olvidado ponerlo. En el lugar donde debía estar el mar, había una montaña con pinos y gente debajo comiendo tortilla, que había salido quemada. No tenía mar aquel pueblo y el mar más próximo estaba a setecientos kilómetros de distancia. En Cádiz.

Cuando los pescadores de aquel pueblo se dieron cuenta de este olvido, lloraron como perros muertos. Aquello era la ruina. El hambre. El mausoleo. Los pescadores de aquel pueblo de pescadores sólo sabían pescar, y no podían porque no tenían mar y ni siquiera lo habían visto nunca.

Ya que el que hizo los pueblos, o el Gobierno, no se lo había puesto al lado, como debía, pensaron en hacerlo ellos por su cuenta. Toda el agua que había en los botijos y en las palanganas de la mañana la echaron en un hoyo que hicieron en el monte. Pero no salía bien el mar. Lo más difícil y lo que no podían conseguir era poner salada el agua. Esto era imposible.

Los pescadores se pasaban todo el día en las puertas carcomidas de las tabernas, sin saber qué hacer, muertos de hambre y de indignación. Y ni siquiera les quedaba el recurso de irse a cazar al campo, pues, como ya hemos dicho, aquello era un pueblo exclusivamente de pescadores.

Todas las tardes iban al muelle a ver si por casualidad les habían puesto ya el mar, con la misma ilusión y temor que van los niños al gallinero a ver si las gallinas han puesto un huevo. Pero no lo habían puesto. No lo ponían nunca…

¡Qué asco! ¡Qué asco!

Aumentaba el hambre. Miles de criaturas morían de inanición. Las mujeres daban aullidos de espanto. Era graciosísimo. Daba mucha risa aquello.

Nuevamente fue una comisión de pescadores a charlar un rato con el ministro de Marina, que era el que tenía que poner el mar.

—Pónganos de una vez el mar, señor ministro, si es que nos lo va usted a poner. No podemos trabajar. Nos morimos de hambre.

—Por ahora es imposible —argüía el ministro—. Ya no nos queda mar. No tenemos ni una gota de agua de que disponer. Todo el mar que teníamos, lo hemos puesto ya en otros puertos de mar como el de ustedes.

—¿Y cómo no nos lo pusieron a nosotros, que somos los que más lo necesitamos? ¡Es intolerable!

—Sin duda fue algún olvido. El ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, con barba blanca, que hace los pueblos y las ciudades de todo el mundo, no puede estar en todos los detalles. Sufre, naturalmente, confusiones. Ya ve usted: cuando hicieron el mundo, que ya hace siglos, pusieron la Giralda en Monforte. Fue una gran equivocación que costó mucho rectificar. Tuvieron que quitarla de allí y llevarla a Sevilla, que es donde tiene que estar la Giralda. Si se hubiese quedado en Monforte, figúrese qué compromiso. Hacer todos los pueblos del mundo es muy difícil, caballeros. Hay que tener un poco de tolerancia.

—¡Pero es que esto es nuestra ruina! —gimieron.

—¿Por qué no le piden ustedes un poco de mar a Cádiz? Cádiz tiene mucho a los lados, y en la punta de San Felipe, también.

—Ya se lo hemos pedido, pero no nos lo quieren dar. Dicen que lo necesitan todo para echar dentro sus pescadillas y sus gambas.

—¡Qué lástima!

—Pónganos usted, por lo menos, un río. ¡Cinco o seis metros de río!…

Pero no hubo manera. No quería el hombre. Y entonces, cuatro de los más fuertes pescadores se fueron a América, que tiene mucho mar, y lo cogieron y lo fueron estirando, como el que desenrolla una alfombra, hasta que lo hicieron llegar a su playita.

¡Oh! ¡Qué júbilo! ¡Qué felicidad en todos los rostros! ¡El mar! ¡El mar! ¡El inmenso océano!…

Al principio, todo hay que decirlo, nadie tomaba en serio aquel mar. Hasta los peces se bebían toda el agua. Y por las noches venía gente de los pueblos próximos y lo cogían y se lo llevaban a sus casas metido en botellas y en tazones del chocolate. Quitaban las olas de encima y las metían debajo. Hacía mil diabluras… Y cuando, por la mañana, se levantaban los pescadores a verlo, se encontraban con que lo habían robado y tenían que ir por él a casa de los ladrones. Para evitar estos abusos, le tuvieron que hacer una tapia, rodeándolo. Y una vez hecha la tapia, los pescadores, tranquilos, empezaron a pescar. Pero, como pasa siempre con estas cosas, empezaron a ocurrir desgracias. Hubo naufragios. Mucha gente se ahogaba. Había abundantes tormentas. En fin, un horror de tragedias. Y, entonces, el tabernero del pueblo inventó una cosa para evitar todas estas tonterías. ¡Ya podía la gente bañarse lo que quisiera!… ¡Ya podía haber tormenta!… ¡Ya podía haber naufragios!… Con aquel invento ya no había peligros de ninguna clase.

El inventó consistía en asfaltar todo el mar. Y lo asfaltaron.

Quedó un mar repugnante.

Pero daba gusto pasear por él en carro.


En Gutiérrez, 1929

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